La palabra felicidad no hace referencia a un estado de ánimo circunscrito a un tiempo breve, como pueden sugerir la alegría o la tristeza pasajera, sino a una permanencia prolongada que un ser humano puede relacionar con su vida o con partes de su vida cuando se pregunta: ¿he sido feliz?, ¿seré feliz los días que me quedan?, ¿fui feliz la década que viví en Londres con Margarita? La felicidad es una palara que todos creemos entender hasta que intentamos definirla. (...)
Y, curiosamente, cuanto más ha pensado la filosofía sobre ella, menos unánimes han sido sus definiciones. La felicidad es un concepto subjetivo que también puede ser objetivo. Donde uno puede sentirse infeliz repasando su vida y sus frustraciones, otro podría sentirse muy feliz si hubiera conseguido los logros del primero. Pero si a alguien le diagnostican una enfermedad incurable o pierde a un ser muy querido, podríamos hablar de un condicionante objetivo (y externo) que le alejará de la felicidad y marcará su vida de forma muy profunda y acaso definitiva. La felicidad es un desiderátum cercano al concepto de utopía, una falacia platónica, un invento creado por la imaginación. Los placeres son las percepciones más físicas de la felicidad. Cuando era joven, recuerdo que un día imaginé el cielo como un estado de orgasmo permanente. Un orgasmo incansable y eterno… También recuerdo a un tipo que conocí en Sitges que me dijo que la heroína le producía una sensación muy parecida a la del clímax sexual. Murió poco después de una sobredosis. Los paraísos artificiales de Baudelaire.
Epicuro ha sido muy mal interpretado al difundirse su filosofía como precursora de los placeres exquisitos. Porque lo que él buscaba era un placer sereno, no una vida de excesos. Sus recomendaciones consistían sobre todo en tratar de evitar el miedo, el dolor innecesario, y disfrutar de las cosas sencillas compartidas con amigos y familiares. La palabra felicidad procede del latín felicitas, que originalmente tenía relación con la fertilidad, la fecundidad y la buena fortuna. Para Aristóteles, la felicidad (eudaimonía) no es un estado de ánimo. Es una forma de vivir. No consiste en sentir placer, sino en desarrollar plenamente capacidades humanas como la inteligencia, la amistad, la justicia, la prudencia o la bondad. Cuando Aristóteles habla de la eudaimonía, normalmente se traduce por "felicidad", aunque se refiere más bien a una vida lograda desde una perspectiva ética. Para utilitaristas como Bentham, el criterio de cualquier legislación debería tener como objetivo "la mayor felicidad para el mayor número de personas." John Stuart Mill añadió que el Estado debe crear las condiciones para que el mayor número posible de ciudadanos pueda desarrollar el máximo de felicidad a través de la educación, la libertad de expresión y la protección frente a la pobreza extrema. Son los pilares del futuro “estado de bienestar”.
Los que ya somos viejos recordaremos aquella simpática canción popularizada en España en 1966 (partiendo de una composición del argentino Rodolfo Sciammarella en 1941) por el grupo Cristina y los Stop que decía: "Tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor". Qué lucida me parece esa frase con aspiraciones a brillante aforismo del gran Cioran. Porque sin salud, el mundo es otro. Imagino la suerte que tendría yo de llegar a los noventa años, pero también el triste final de una vida que terminase en una enfermedad lenta, dolorosa e irreversible. Es la perspectiva desde la cama de un hospital, desde la angustia por conocer unos resultados clínicos horribles, es una experiencia que nos humilla con un dolor físico y psíquico extremo, un castigo sin culpa, es el fin, el peaje por haber vivido… El segundo requisito de Cristina y los Stop para ser feliz es el dinero, es decir, lo material. Sin un mínimo de esa sustancia, la felicidad no se puede alcanzar porque la vida se hace indigna y la libertad zozobra hasta el hundimiento y la desaparición. Como me dice mi socorrido Chat GPT (hemos pactado que yo le llamo Gepeto y él a mí Pinocho, creo que esa máquina tiene sentido del humor) los últimos informes de las Naciones Unidas señalan que alrededor de 645 millones de personas padecieron hambre en el mundo durante 2025. Eso equivale aproximadamente al 7,8 % de la población mundial. Todas esas personas viven en un infierno incompatible con la felicidad. También lo tienen muy difícil los millones de jóvenes que en todo el mundo no pueden pagar el alquiler de un pisito de cuarenta metros para albergar a una proyectada familia. El tercer requisito de Cristina y los Stop para ser feliz es el amor. Una vida emocionalmente inestable es algo que ha hecho muy infelices a muchos supuestos grandes triunfadores. Me viene a la cabeza la película Ciudadano Kane. Kane es un superhombre nietzscheano que termina fracasando emocionalmente. Esa debilidad, al filósofo alemán, le hubiera parecido muy cristiana, muy débil y, por tanto, muy ajena a la moral feliz del superhombre. También me viene a la cabeza la figura de Pablo Picasso, un creador indiscutible que enturbió su vida ética con todas las mujeres que fueron sus “compañeras”. Picasso parece responder mejor que Kane al ideal nietzscheano porque crea sin cesar, rompe con la tradición, afirma su voluntad sin pedir legitimidad moral y convierte su propia vida en una obra de arte. Para este monstruo genial, el amor y la moral no debieron de ser asuntos que le preocuparan mucho. No me cabe ninguna duda de que debió de ser muy feliz cuando trabajaba.
Como Nietzsche utilizaba metáforas en casi todos sus aforismos, no sé qué pensar cuando Zaratustra dice: “¿Vas con mujeres? No olvides el látigo.” Dejando al margen a estos supuestos triunfadores, me parece claro que el ser humano necesita al menos una dimensión afectiva mínima para ser feliz. Dudo mucho que la felicidad se pueda encontrar en un ser radicalmente huraño, sin amigos, sin hijos, sin compañera o compañero. Seguro que Casanova se lo pasó en grande con sus conquistas amorosas. ¿A quién no le hubiera gustado ejercer de apuesto y seductor varón? Pero el erotismo victorioso no es necesariamente un camino afectivo. En La conquista de la felicidad, Bertrand Russell no hace una defensa doctrinaria de la monogamia por motivos religiosos o morales. Lo que sostiene es que para la mayoría de las personas, una relación amorosa profunda, estable y recíproca es una de las mayores fuentes de felicidad. Russell insiste en que el mejor afecto es aquel en el que ambos amantes se enriquecen mutuamente. Critica las relaciones donde uno "vampiriza" al otro y afirma que la ambición y el triunfo, cuando excluyen el afecto, son un lastre para alcanzar la felicidad.
Bertrand Russell no fue precisamente un modelo de monogamia. Se casó cuatro veces y mantuvo diversas relaciones amorosas extramatrimoniales. Además, en Marriage and Morals defendió ideas muy avanzadas para su época como la aceptación del divorcio y la crítica de la moral sexual victoriana. Consideraba que las normas sobre el matrimonio deben responder a la felicidad de las personas y no a dogmas religiosos. Sin embargo, eso no significa que propugnara la promiscuidad. Russell distingue entre la mera excitación sexual y el amor profundo. Llega a decir que la mayoría de las relaciones sexuales carecen de verdadero afecto y que sólo alcanzan un valor emocional cuando existe una entrega recíproca y positiva. Nietzsche valora sobre todo la creación, la afirmación de la propia fuerza, la construcción de valores propios lejanos al rebaño originado en el resentimiento cristiano. En su obra, el amor ocupa un lugar muy secundario y a menudo aparece como una relación de poder. Russell, en cambio, piensa que una vida de éxitos sin afecto es, en el fondo, una vida muy pobre e incompleta. Tiene muy claro que la capacidad genuina para el afecto es una condición esencial para acercarse a la felicidad.
La felicidad, además de permitir una proyección pretérita (la memoria, la conciencia), necesita también mirar hacia el futuro. Aquí aparecen las ilusiones y los proyectos. Un nuevo amor, un viaje, escribir un libro, crear una empresa o alcanzar un trabajo estupendo han sido todos, al principio, proyectos fraguados en una imaginación feliz. Recuerdo que un hispanista norteamericano me dijo que la expresión española “me hace ilusión” es muy difícil de traducir al inglés.
Algunos elementos como el odio dificultan mucho el acceso a la felicidad. Uno no puede dormir bien si se acuesta cada noche con el odio pegado a su cabeza. Tampoco puede ser feliz el egocéntrico que solo puede hablar sobre él y sus logros, o el autoritario que impone normas familiares o sociales. Entiendo también que existe una predisposición estructural en el carácter de las personas que facilita o dificulta la felicidad. El optimista ve el futuro con menos curvas que el pesimista. En la literatura, la lucidez y el realismo tienden a ser considerados atributos de los pesimistas. El caso del eufórico crónico es sospechoso porque la euforia suele verse por los psicólogos como un estado de ánimo pendular que alterna el optimismo extremo con la depresión. En el ámbito de la psiquiatría se han estudiado factores biológicos que afectan tanto al optimista como al pesimista. Siguiendo a su maestro Cioran, Fernando Savater me dijo un día que, en el fondo, el suicidio es el acto de un optimista, de un gran amante de la vida que se rebela contra ésta en un momento de ofuscación.
La vida y la obra de Jorge Luis Borges me hacen reflexionar sobre un factor que me parece importante. El escritor argentino declaró y escribió muchas veces que se imaginaba el paraíso en una inmensa biblioteca, y que encontraba la felicidad en pequeñas cosas como una conversación entre amigos, un paseo por Buenos Aires, la lectura de un gran libro o al escuchar un tango. Yo añadiría que escribir también le proporcionó muy buenos momentos de felicidad. En el mundo de hoy, sobre todo entre las generaciones más jóvenes, esos placeres están siendo sustituidos por la hiperactividad descontrolada, los videojuegos, el móvil, las comunicaciones en las redes y los conciertos, con frecuencia de muy poca calidad, en grandes estadios. Los placeres de Borges requieren una sensibilidad y un talento muy compatibles con el sosiego que parece pedirnos la vejez. Una de las ventajas que tienen las personas cultivadas está en que pueden eludir el aburrimiento quedándose en casa leyendo, viendo una película o escuchando música. Además, tal vez sea la forma más barata de pasar los días ociosos. Borges escribió una enigmática frase sobre el asunto que nos ocupa que no puedo dejar de citar: "He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz."
Foucault planteaba la vida como una obra de arte cuando escribía: "¿Por qué una lámpara o una casa pueden ser una obra de arte y no nuestra vida?" Por eso hablaba de “la estética de la existencia”. Nietzsche pensaba sobre todo en la creación de nuevos valores. Foucault se centra en las prácticas cotidianas mediante las cuales un ser humano puede aprender a evolucionar y a transformarse. El filósofo francés, en un acto de modestia, declaró que esa idea ya estaba en los filósofos griegos porque “ellos entendían que la filosofía no consistía solo en escribir tratados, sino en aprender un modo de vivir”. Sócrates podría ser, en este sentido, el primer artista de su propia existencia, y Diógenes, que vivía filosóficamente en un barril, el gran precursor del arte conceptual y las performances. Esa tradición que llega a Foucault de convertir la propia vida en una obra de arte no estoy seguro de que no implique un alto nivel de egocentrismo y de elitismo aristócrata. Porque ¿no corro el riesgo de convertir en personajes secundarios de mi propia creación a todos los demás? La ética siempre debería preceder a la estética.
Schopenhauer no veía en la felicidad un estado positivo. Para él, lo único que podemos conseguir es la desaparición temporal del sufrimiento. Creía que la felicidad es apenas un tiempo de descanso entre dos insatisfacciones o dolores. Para Schopenhauer, nuestra esencia fundamental es el deseo, y el deseo nunca se satisface. Su filosofía es tan pesimista como la de Freud, quien postulaba que el propósito de la vida es la felicidad, pero la cultura hace imposible alcanzarla plenamente. Pensaba que vivir en sociedad exige renuncias. Por eso nunca podremos satisfacer nuestras pulsiones y deseos. El inventor del psicoanálisis estaba convencido de que la civilización tiene un precio que solo dejamos de pagar en la infancia.
Vivimos en una época obsesionada con la felicidad. Hay encuestas de felicidad que comparan países, libros de autoayuda, aplicaciones para medir el bienestar y contabilizar nuestros pasos en un paseo, mindfulness a todo velamen, infinitos anuncios publicitarios que nos prometen la felicidad si compramos un coche. Sin embargo, es curioso que casi ningún gran escritor ha considerado que la felicidad sea el objetivo principal de nuestra existencia.
A ver si el azar (palabra persa que significa dados) nos depara un final feliz. Un infarto mientras uno duerme, perfecto. Pero un epílogo con dolor progresivo y prolongado durante años de sufrimiento, no, por favor, no. Que se legalizara la eutanasia en todo el mundo me haría muy feliz.
Carlos Cañeque es profesor de Teoría Política, escritor (premio Nadal 1997), músico y director de cine.