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HODIO: La falta de originalidad del pensamiento vigilado

(Foto: https://www.xn--sosradioespaa-tkb.es/).

LA CRÍTICA, 14 MARZO 2026

Leonardo G. Llamas | Sábado 14 de marzo de 2026

“Ódiame por piedad, yo te lo pido / Ódiame sin medida ni clemencia… / Odio quiero, más que indiferencia…/ Porque solo se odia lo querido” (F. Barreto y Bambino)


Se dice que en política nada se crea, todo se copia, y el reciente estreno de HODIO en España es la prueba de que el autoritarismo blando también tiene sus franquicias. Bajo el barniz moderno de la Inteligencia Artificial, el Gobierno nos vende una herramienta para “limpiar” la convivencia, pero lo cierto es que el guion ya estaba escrito. Solo han tenido que añadirle una «H» de hipocresía a una idea que ya fracasó —o triunfó, según se mire— al otro lado del Atlántico. (...)



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Hace apenas unos años, el kirchnerismo en Argentina nos presentó a su criatura: el NODIO. Aquel “Observatorio de la desinformación” nació con la misma excusa angelical de combatir la “violencia simbólica”. En la práctica, fue el intento de un poder asustado por monitorizar el humor social y decidir qué críticas eran legítimas y cuáles eran “odio”. Hoy, el gobierno de España, pretendiendo luchar contra una supuesta crispación y tensión social que antes buscaba y le parecía interesante, calca el modelo cambiando el acento, pero manteniendo el mismo vicio: la obsesión por fiscalizar el sentimiento.

El truco de magia es tan viejo como peligroso. Se confunde deliberadamente el delito (la injuria, la calumnia o la amenaza, que ya están en el Código Penal) con el sentimiento (el odio, que es tan humano, íntimo e inaprensible como el amor). Al intentar regular el odio, el Estado no busca proteger a la víctima, busca disciplinar al emisor. Quieren que el ciudadano, antes de teclear o hacer un video, sienta ese frío en la nuca que produce saberse observado por un algoritmo oficial.

Lo más preocupante no es la falta de originalidad de nuestros políticos, sino nuestra propia docilidad adquirida. Estamos cayendo en una suerte de anestesia social donde, por miedo a ser etiquetados como “odiadores”, aceptamos que se levanten muros alrededor de lo opinable. El peligro real no es solo el algoritmo, sino nuestra renuncia a la discrepancia por pura comodidad o agotamiento. Si normalizamos que el Estado sea el conserje de nuestra conciencia, terminaremos entregando las llaves de nuestra libertad personal a cambio de una paz social ficticia y vigilada.

Estamos permitiendo que la libertad de expresión deje de ser un derecho natural para convertirse en un “permiso administrativo” sujeto a la interpretación de un software ministerial. Si consentimos que el Estado defina qué es odio, terminaremos odiando solo lo que el Estado nos permita. Y eso, se escriba con “H” o sin ella, tiene un nombre que no necesita algoritmos para ser identificado: censura de diseño.

Leo G. Llamas

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