El Mediterráneo no fue siempre un espacio de tránsito pacífico. Durante buena parte del siglo XVI fue escenario de guerra constante, una línea de confrontación armada entre dos potencias imperiales con proyectos incompatibles. Esa confrontación tenía una dimensión militar, política y religiosa y se materializaba en puntos concretos. Uno de los más expuestos, costosos y difíciles de sostener fue Orán. Durante décadas, la plaza vivió en un estado de alerta permanente. Cada amanecer podía traer una incursión. Cada noche exigía redoblar las guardias, revisar las murallas, contar la pólvora. Los hombres destinados allí sabían que no servían en una retaguardia cómoda, sino en el umbral mismo del conflicto mediterráneo. Orán era frontera en el sentido más literal: si caía, el mar se abría. (...)
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Orán no ofrecía riqueza ni prestigio, como tampoco botín ni recompensa cortesana. Era una plaza dura, aislada, exigente. Desde su conquista por España a comienzos del siglo XVI, se convirtió en una posición avanzada que reclamaba hombres, recursos y atención constante. Su valor no residía en lo que producía, sino en lo que impedía. Mantener Orán no era rentable. Era estratégico. Era una fortaleza de defensa adelantada en la costa norteafricana, sostenida frente a un enemigo permanente y frente a un entorno hostil. Durante décadas la ciudad vivió en estado de alerta continua. La guarnición sabía que no estaba destinada a una plaza cómoda ni a una frontera estabilizada. Cada jornada exigía vigilancia, mantenimiento de murallas, control de la pólvora y disciplina estricta. Orán era una posición de contención. Si caía, el equilibrio del Mediterráneo occidental se alteraba de forma inmediata.
En 1563 esa posición fue atacada con una determinación inédita. El Imperio otomano se encontraba en uno de los momentos de mayor capacidad militar de su historia. Las plazas españolas de Orán y Mazalquivir representaban el principal obstáculo a la consolidación de su dominio en el Mediterráneo occidental. Hasan Pasha, gobernador de Argel e hijo de Barbarroja, actuaba bajo la lógica estratégica heredada de Solimán El Magnífico quien ya anciano conservaba la capacidad táctica de sus ejércitos para eliminar los enclaves cristianos que interrumpían la continuidad entre Argel, Túnez y el Levante. Orán debía ser neutralizada. No bastaba con hostigarla. Había que tomarla o forzar su abandono.
El ejército concentrado ante la ciudad estaba bien dotado con artillería pesada, ingenieros especializados, tropas regulares y contingentes auxiliares norteafricanos. El objetivo no era un golpe rápido sino un asedio prolongado, metódico, orientado al desgaste. Frente a ese despliegue, la guarnición española apenas superaba los cuatro mil hombres. Al frente de la plaza se encontraba Martín de Córdoba y Velasco, marqués de Cortes, gobernador de Orán y Mazalquivir. Junto a él actuaba el maestre de campo de la guarnición, veterano de campañas africanas, responsable de la cohesión de las compañías, de la distribución de fuerzas y del mantenimiento de la disciplina. Su función no era visible, pero era decisiva: impedir que el cansancio, la escasez y la presión continua se tradujeran en desorden.
Martín de Córdoba conocía bien el terreno y el precio del error. Era hijo del conde de Alcaudete, muerto pocos años antes en Mostaganem tras una expedición mal planificada. Esa experiencia marcó su manera de mandar. Gobernó como se gobierna una plaza sitiada: con control, cálculo y presencia constante. Su objetivo no era derrotar al enemigo en campo abierto, sino resistir sin colapso.
Cuando comenzaron los primeros bombardeos, el estruendo se hizo constante. Día tras día, la artillería otomana golpeó las murallas con una regularidad casi mecánica. No buscaba el derrumbe inmediato, sino el desgaste. Cada impacto era una pregunta lanzada a los defensores: ¿cuánto más podéis resistir? Dentro de Orán, la vida se redujo a lo esencial. Comer, vigilar, reparar. Martín de Córdoba recorría las defensas con frecuencia, comprobando brechas, hablando con oficiales, imponiendo orden sin necesidad de discursos.
Las primeras brechas no fueron bastante amplias para un asalto general, pero obligaron a concentrar hombres, a redistribuir recursos, a improvisar defensas interiores. Cada metro cedido se pagaba caro. De noche se levantaban parapetos, se acumulaban sacos de tierra, se apuntalaban muros, se reorganizaban posiciones. Nadie dormía más de lo imprescindible. Nadie hablaba de relevo.
El enemigo intensificó entonces la presión mediante ataques parciales y hostigamiento nocturno. El objetivo era quebrar la resistencia psicológica. La respuesta fue disciplina estricta. Los turnos se cumplieron. Las órdenes se ejecutaron. Los castigos se aceptaron como parte del servicio. Orán no fue una plaza heroica. Fue una estructura militar diseñada para resistir. Con el paso de las semanas, la situación interna se agravó. El agua escaseó. Las enfermedades aparecieron. Las heridas se infectaban. Cada baja era definitiva. Las raciones se ajustaron. El agotamiento se volvió permanente. Pero la ciudad no cedió. Y esa resistencia prolongada comenzó a alterar los cálculos del sitiador.
El asedio se extendió más de lo previsto. Las bajas otomanas aumentaron. El material se desgastó. El verano avanzaba y el tiempo dejó de favorecer al atacante. Cada día ganado era decisivo. Alonso de Córdoba y Velasco, responsable superior de la defensa del conjunto de plazas, lo sabía. Y lo sabían los soldados que sostenían cada lienzo de muralla sin esperar reconocimiento.
En ese contexto, comenzaron a circular noticias de socorro. Felipe II había ordenado organizar una expedición desde la península, asumiendo los riesgos reales que ello conllevaba en muchos aspectos. No fue una decisión precipitada. Pero permitir la caída de Orán era inaceptable desde el punto de vista estratégico.
La organización del socorro recayó en García Álvarez de Toledo y Osorio, IV marqués de Villafranca, capitán general del Mar Océano. Militar experimentado, con amplia trayectoria naval y conocimiento del Mediterráneo, asumió la misión con un objetivo concreto: forzar el levantamiento del cerco. No acudía en busca de gloria personal, sino a ejecutar una operación necesaria. La noticia del socorro no alivió la presión inmediata pero cambió el ánimo. Resistir dejó de ser una condena sin horizonte y volvió a ser una espera. Cada jornada ganada acercaba la posibilidad de supervivencia. El enemigo también lo percibió. Intensificó los ataques. Buscó un golpe final antes de que la balanza se inclinara definitivamente.
El socorro se organizó con cuatro mil soldados, transportados en treinta y cuatro galeras, bajo el mando de Francisco de Mendoza, con el apoyo de Álvaro de Bazán y Juan Andrea Doria. Su sola aproximación alteró el equilibrio de fuerzas. Antes de su llegada, el enemigo intentó un último esfuerzo. Una brecha pareció suficiente para un asalto decisivo. El combate se concentró allí durante horas. Fue un enfrentamiento cerrado, sin maniobra, sin retirada posible. Alonso de Córdoba dirigió la defensa con firmeza. Su hermano Martín de Córdoba estuvo presente, sosteniendo la autoridad cuando el agotamiento amenazaba con quebrarla. El ataque fue rechazado. El coste fue elevado. Pero la muralla resistió.
Poco después, la flota de socorro apareció en el horizonte. García Álvarez de Toledo no buscó un combate naval innecesario. Bastó con demostrar fuerza suficiente para que el cerco dejara de ser viable. El ejército otomano, desgastado y consciente del cambio de situación, ordenó la retirada. No fue una huida pero tampoco una victoria. Orán había resistido.
No hubo celebraciones. Hubo recuento de bajas, reparación de daños y reorganización defensiva. La ciudad siguió siendo una plaza difícil, costosa y exigente. Pero siguió siendo española. Y mientras lo fue, el Mediterráneo occidental no quedó bajo control otomano. La historia avanzó. Otras campañas ocuparon el primer plano. Orán quedó relegada. Pero en 1563, España sostuvo una posición que nadie más estaba dispuesto a sostener. No conquistó territorio. No obtuvo prestigio inmediato. Hizo algo más difícil: no se retiró.
Y en ocasiones, eso es lo que decide el curso de la historia. Si una nación, abandona la soberanía territorial o su concepto, al poco, nadie recuerda que le perteneció.
Iñigo Castellano y Barón
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