HISTORIA Y CULTURA

Doña Leonor de Toledo, la matriarca española de la familia Médici

Leonor Álvarez de Toledo y Osorio, por Bronzino. (Foto: https://es.wikipedia.org/wiki/).

LA ESPAÑA INCONTESTABLE

LA CRÍTICA, 29 ABRIL 2023

Hugo Vázquez Bravo | Sábado 01 de abril de 2023

No es habitual que en esta sección dé continuidad a un relato con otro y, sin embargo, es tal la trascendencia de padre e hija, en este caso, y tan desconocida la vida de ambos, que me ha parecido interesante dar un salto de Nápoles a Florencia, y relatar la increíble historia de una de las mujeres de origen español que fue más poderosa en la Italia del Renacimiento: doña Leonor Álvarez de Toledo y Osorio, hija primogénita de Pedro Álvarez de Toledo y Zúñiga, virrey de Nápoles. Este último personaje, segundo hijo del II duque de Alba y de quien me ocupé en el artículo anterior, dio origen a un linaje con una relevancia no mucho menor en aquel entonces que el de sus más inmediatos parientes. (...)



...


Los Médici, como muchas otras familias notables de la Italia del momento, poseían un origen incierto, nada aristocrático y de cuño muy distinto al de la nobleza española y francesa. Su poder emanó de la potestad para recabar los impuestos del papado, de las guerras intestinas con otras familias con las que competían, como en este caso fueron los Pazzi, y de un negocio que a los españoles y franceses de noble cuna estaba vedado por ser considerado usura, la actividad bancaria. Con todo, justo cuando su poder parecía haberse consolidado, se encontraron con una guerra por la supremacía de Europa entre el reino de Francia y la unión de Coronas aragonesa y castellana, que escogieron como tablero de ajedrez el reino de Nápoles. El paso por la república de Florencia del ejército francés en 1494 se saldó con la expulsión de esta familia y con la conversión de lo que había sido un Estado independiente en un mero satélite de la política gala.


A pesar de este destierro, en la contienda entre las dos grandes potencias los Médici apostaron por el bando francés, que a priori toda Italia daba como vencedor. No obstante, quiso la fortuna que el pater familias en ese momento, Piero de Médici, hijo y sucesor de Lorenzo el Magnífico, falleciese tras la batalla del Garellano. Esto permitiría una vez terminó la guerra y aún a pesar de haberla perdido, que su hijo Lorenzo II pudiese iniciar un acercamiento a las autoridades españolas, lo cual fue determinante para que la familia recuperase el poder en su ciudad en 1512. Con todo, no había en ese momento una personalidad en el clan que pudiera suplir la gloria perdida de tiempos de Cosme el Viejo o del propio Lorenzo el Magnífico, ni autoridad suficiente como para regir la república de Florencia sin ser contestada.


Los pilares de la política que habría de sostener el prestigio y lograr la promoción de los integrantes de la familia Médici fueron principalmente tres:


El primero, ampliamente reconocido, el opulento mecenazgo a las Artes. No obstante, el gasto desmedido en este concepto posee una serie de rasgos que por justicia han de ser señalados. Se trataba de trasmitir la idea de grandeza del mecenas, no de la ciudad y del Estado al que pertenecían y representaban, ligando la imagen del progreso al próspero devenir de su propio linaje. En España y Francia, los nobles ordenaban incluir su heráldica personal en las obras que sufragaban, principalmente edificios, haciendo gala de escudos de armas compuestos de muchos apellidos y muy complejos. Su principal motivación era la de resaltar sus méritos para tratar de dar inicio y fundar una rama distintiva de una determinada familia, siendo por tanto ésta una conducta más individualista. En Italia, en cambio, se usaba predominantemente el escudo de la familia y su apellido más representativo, con la intención de mostrar la fortaleza del conjunto, una perspectiva realmente clánica que reforzada ese símbolo común. Por otro lado, la inversión se hacía de manera casi exclusiva en Arte, y no entendían como la aristocracia ibérica, por ejemplo, que parte de la riqueza que acumulaban debía retornar a la propia sociedad de la que provenía a través de obras pías, desatendiendo de tal modo, lo que hoy denominaríamos la vertiente de obra social. Y, por último, que la temática de las obras encargadas y sufragadas se ciñe básicamente a dos objetivos, ligar el origen de la familia a los grandes personajes de la antigüedad, tratando de presentarse ante la sociedad del momento como sus sucesores y ennoblecer su dudoso pasado, y promover los hechos más trascendentes en que tomaron parte alguno de sus integrantes, a través de una lógica reinterpretación de los mismos bajo la cual, obviamente, quedan sobredimensionados y distorsionados en su beneficio.


La segunda estrategia consistió en hacer gala del casi total monopolio que por entonces tenían las familias italianas de imponer sus candidatos en los cónclaves de la Iglesia católica. En este caso tres miembros de la familia se convirtieron en Papa a lo largo del siglo XVI y uno justo al comienzo del XVII. ¿Quién podría dudar de la legitimidad de su apellido, si el mismo Dios les permitía acceder a la antigua cátedra de san Pedro?


Y, por último, el diseño de una política de enlaces matrimoniales que progresivamente fueran aportando la pátina de nobleza de la que carecían, lo que terminaría de blanquear su apellido por completo.


Dicho esto, no se puede entender la trascendencia de esta familia, sin atender al personaje que realmente obtuvo el total control sobre Florencia mediante el ejercicio de la tiranía, algo que sus antepasados Cosme el Viejo y Lorenzo el Magnífico únicamente pudieron imaginar; e igualmente situó a su linaje y parentela entre los más poderosos de Occidente: Cosme I de Médici. Así mismo, a su esposa Leonor Álvarez de Toledo y Osorio, prima hermana del III duque de Alba.


Resumiendo mucho, con apenas 17 años, en 1537, Cosme se impuso a la línea primogénita de los Médici y se hizo con el gobierno de la ciudad-Estado, amparándose para ello, como habían hecho sus más inmediatos antecesores, en el poder de Carlos V, que les había permitido retornar de nuevo a la capital tras el conocido saco de Roma diez años antes. Buscaba sobresalir en la esfera política continental y, para ello, trató de contraer matrimonio con Margarita de Austria, hija natural del emperador, si bien, ante una rotunda negativa, se hubo de conformar con la unión a Leonor, lo cual no estaba del todo mal, pues su padre era una de las autoridades con más influencia en aquella Italia.


Este enlace funcionó a las mil maravillas desde el primer momento. Ambos se instalaron en el Palazzo Vecchio, sede del gobierno de la ciudad. En la decoración del mismo se puede apreciar el calado de las cuestiones a las que antes he aludido. Por un lado, por cómo el programa decorativo cambia en la parte masculina y la femenina de sus estancias. Mientras en la primera las alusiones son constantes a los héroes de la antigüedad y a los antepasados notables, bien por el ejercicio de gobierno o por haber ocupado la sede pontificia, en la que correspondía a la noble castellana prima la temática religiosa, siendo, de hecho, donde se ubica la capilla del palacio. Y, aún más significativo, que Leonor hubiera logrado que, a diferencia del resto de edificios de la ciudad erigidos por los Médici, en los escudos heráldicos que figuran en éste por doquier, aparezcan representadas sus armas junto a las de su marido, siendo éstas las mismas que porta la casa ducal de Alba.


Cosme ya se había convertido en II duque de la república de Florencia y, además, recibió del Papa Pío V el nombramiento de I gran duque de la Toscana. Los títulos y su matrimonio daban prueba de su total ennoblecimiento, aunque su idea de lograr la independencia de su Estado y el proyecto de promocionar su casa ducal a real fracasaron estrepitosamente. A la par, sus servicios a Felipe II de España, como en la batalla de Lepanto, le valdrían poder codearse con la aristocracia europea a un nivel que en su mocedad, como hemos visto, le fue imposible. Sin embargo, como los propios autores italianos señalan, la que ponía orden por detrás era Leonor, ocupándose incluso de las finanzas. Suyo fue el proyecto de la compra del Palazzo Pitti, de su reforma y de la primera adecuación de los jardines de Boboli. La alta significación que posee este hecho rara vez se suele tratar. Trasladarse a este edificio denota, por un lado, que estaban buscando una residencia que estuviese a la altura de lo que pretendían, a menor escala, crear una especie de palacio y corte reales, lo que demuestra que el antiguo Palazzo Médici, ubicado en el centro de la ciudad, no cumplía esa función; y, por otro, dejar de usurpar al pueblo el Palazzo Vecchio, que había albergado formas de gobierno bien distintas y muy alejadas de la tiranía que ahora Cosme les había impuesto. Ella fue la responsable de poner fin a esa paradoja. Cuestión aparte, es más que probable que gracias a su mediación, se lograse el enlace de su primogénito con una hija de Fernando I, archiduque de Austria.


Los once hijos que tuvieron no llegaron del todo a garantizar la supervivencia del linaje, ya que la malaria y la tuberculosis hicieron estragos en su descendencia y sesgaron muy pronto la vida de Leonor, cuando apenas había superado los cuarenta. Se dice que Cosme se sumió deprimido en sí mismo tras su pérdida y el carácter le cambió. No obstante, en una época muy turbulenta y agitada, ambos habían podido culminar el proceso de ennoblecimiento del apellido Médici. El esplendor de esta familia, que tanto había coqueteado con Francia, nunca había brillado tanto ni había estado tan unido a España y, de no ser por el éxito de su unión, podría no haber sobrevivido más allá del siglo XVI.


Hugo Vázquez Bravo

TEMAS RELACIONADOS: