Fernando Álvarez Balbuena

Laicismo

15 Noviembre 2016

Fernando Álvarez Balbuena | Lunes 14 de noviembre de 2016
Bajo el falso eslogan de la neutralidad del Estado y del respeto escrupuloso a todas las creencias, los ataques contra la Iglesia católica, por parte de ciertos colectivos que se reclaman de “progresistas”, son cada día más intensos...

Bajo el falso eslogan de la neutralidad del Estado y del respeto escrupuloso a todas las creencias, los ataques contra la Iglesia católica, por parte de ciertos colectivos que se reclaman de “progresistas”, son cada día más intensos.

Laicidad o laicismo o sea: separación política de la Iglesia y del Estado, es una cosa con la que sin mengua de las propias creencias se puede estar de acuerdo. Pero agresividad contra la Iglesia es otra muy distinta. En virtud de esta etiqueta de laicidad, no parece sino que cristianismo y laicismo son dos formas de ser irreconciliables y, desde luego, nada tiene que ver el ser laico con una conducta de animosidad beligerante contra la Iglesia. No parece otra cosa sino que la Iglesia es una corporación de corruptos y de malvados que engañan al pueblo en provecho de oscuras mentiras, tales como la creencia en Dios, en la moral cristiana y en las enseñanzas de una religión que no predica otra cosa que el amor al prójimo y el buen comportamiento familiar, social e incluso político.

Se le reprocha a la Iglesia que no pague el IBI, por ejemplo, o que en la declaración sobre la renta se ofrezca a los contribuyentes la posibilidad de dedicar un 0,7% para el sostenimiento del culto, amén de otras muchas cosas que no puedo etiquetar sino de ignorancia o, lo que es peor, de maldad, por parte de aquellos que sostienen tales afirmaciones.

No pretendo entrar en polémicas estériles, ni menos aún, trato de convencer a quienes no quieren oír razones sensatas, pero téngase en cuenta que el IBI de los edificios religiosos ni significaría un ingreso formidable para el Estado, ni sería una exacción justa, porque su conservación ya le cuesta a la Iglesia un buen dinero y su valor histórico-artístico atrae a multitud de visitantes tanto nacionales como extranjeros que contribuyen a fortalecer al sector turístico, tan importante para nuestra economía.

En cuanto a las obras sociales de la Iglesia, tales como Cáritas, Misiones en el Tercer Mundo, Manos Unidas y muchas más, todas efectuadas en virtud de la cardad y del amor al prójimo, bien merecen que el Estado destine parte de la recaudación tributaria (bien poco por cierto) a estas ayudas que cumplen un eminente beneficio social. Y sobre todo, téngase en cuenta que estas cantidades fueron concordadas entre la Iglesia y el Estado como compensación de las llamadas “Leyes desamortizadoras” del siglo XIX, tales como las de Mendizábal y Madoz, que, en realidad, fueron simplemente un expolio sin compensación adecuada de las propiedades de la Iglesia. De este despojo, además, en vez de beneficiarse el Estado, sirvió para que aumentaran sus fortunas gentes burguesas que ya eran ricas antes, comprando por cuatro cuartos en pública y amañada subasta, tierras y fincas que valían millones.

Tampoco parece que la tan cacareada “riqueza” de la Iglesia sea tanta. Si nadara en la abundancia, como algunos pregonan, los seminarios estarían llenos de gentes que buscarían en la pertenencia a ella el bienestar y la vida regalada.

La verdad, como es bien sabido, es muy otra. Faltan sacerdotes, la mayoría son ancianos que se ven forzados a regentar dos, tres o cuatro parroquias y el relevo generacional no se produce. Esto se debe a muchas causas, pero la mayor y más importante es que servir a la Iglesia, significa negarse a sí mismo, por amor a Dios, amor al prójimo, vocación, sacrificio y entrega incondicional a una misión cuyo premio no se da en ésta vida.

Y además de la soledad moral y material del sacerdote, se gana poco dinero, mucho menos que en cualquier otra actividad. Basta ver a quien asista a Misa, la escasa cuantía de las recaudaciones de la colecta.

Y, para terminar, la manía iconoclasta de suprimir crucifijos en escuelas, hospitales, centros públicos etc. etc., no revela más que ignorancia y resentimiento (¿hacia qué?) porque, quiérase o no, ahora que tanto queremos presumir de Europeos, sepan los enemigos del Cristo crucificado, que sin Él, Europa ni existiría ni tendría sentido.

Ya sé que decir estas cosas hoy día sirve para que algunos te etiqueten de “facha”, pero sepan estos, por si no lo supieran, que “facha” viene de “fascismo” y, mire Vd. por donde, el fascismo es ateo e igualmente beligerante contra la Iglesia.

¿Verdad que es lamentable tanta ignorancia?

Fernando Álvarez Balbuena