Nos faltaba el amor. Con tantas preocupaciones, tantos discursos y tanta propaganda, no habíamos comprendido que España estaba siendo gobernada mediante un procedimiento sentimental. Ha tenido que llegar Óscar Puente para explicarlo: el PSOE es el partido del amor. La revelación se produjo en Valladolid, y conviene agradecer que tuviera lugar ante los micrófonos, porque comunicada por otros medios habría resultado difícil de creer. Cupido llevaba siglos esperando una renovación de su imagen. Demasiada alita, demasiada flecha y muy poca presencia institucional. Ahora tiene ministro. (...)
La elección del mensajero merece un reconocimiento. Cualquier vulgar asesor habría buscado una voz meliflua, una figura conciliadora, alguien capaz de anunciar la primavera sin que las flores pidieran protección. El socialismo ha preferido confiar su evangelio sentimental a Óscar Puente. Hay audacia en esa decisión. Es como encargar a una excavadora que acaricie una margarita. Pero el ministro ha asumido la encomienda con entusiasmo. El amor lo une todo, lo construye todo y lo puede todo. Cabría esperar que semejante descubrimiento figurase inmediatamente entre las prioridades de Transportes. Una infraestructura emocional de esas características merece, cuando menos, un estudio de viabilidad. Si además consigue conectar promesas con resultados, estaríamos ante una obra verdaderamente histórica.
Lo interesante, sin embargo, es la nueva clasificación de los españoles. Hasta ahora podíamos discrepar por razones económicas, jurídicas o políticas. A partir de Valladolid, la discrepancia corre el riesgo de convertirse en una insuficiencia afectiva. Uno cree estar formulando una crítica al Gobierno y resulta que está confesando una infancia sin abrazos. La ventaja electoral es extraordinaria. Si el partido representa el amor, el adversario queda colocado en una posición incómoda: tendrá que presentar su programa mientras demuestra que alguna vez quiso a su madre. Se acabaron las discusiones sobre gestión. Comienza la inspección de los sentimientos. Y todo ello después de que el beso público de Pedro Sánchez y Begoña Gómez adquiriese rango de acontecimiento político. Nada hay que objetar a un beso entre esposos. No, no es el Amor Brujo de Falla, aunque en este caso, también hay que romper un hechizo, el judicial.
Lo pintoresco es que alrededor aparezca toda una organización dispuesta a tramitarlo como doctrina. Donde dos personas se besan, el aparato descubre una estrategia, la comunicación encuentra un lema y el dirigente de turno vislumbra una oportunidad para aplaudir un poco más fuerte. El amor conyugal tiene estas sorpresas: uno cree que pertenece a dos personas y termina administrándolo una ejecutiva. La escena merece un lugar en nuestra historia parlamentaria. Otros partidos han construido su identidad alrededor de una idea de España, una doctrina económica o un proyecto social. Aquí avanzamos hacia el sentimentalismo orgánico: el líder siente, la dirección interpreta y la militancia ovaciona. Si alguien pregunta por el contenido político, siempre puede recomendarse que vuelva a ver el beso.
Convendría que los españoles fuéramos tomando precauciones. En adelante, cuando un portavoz anuncie que comprende nuestras inquietudes, habrá que comprobar si viene a resolverlas o a dedicarnos una balada. El ciudadano entra en la oficina pública buscando una solución y podría salir con la letra de una canción y el mismo problema. Gobernar exige una prosa bastante menos agradecida que la del mitin. Exige plazos, cuentas, responsabilidades, explicaciones. Son palabras poco románticas. Ninguna sirve para cerrar una intervención con la mano sobre el pecho, pero todas resultan de alguna utilidad cuando se administra un país. El contribuyente, por ejemplo, suele mostrar una lamentable inclinación a los detalles. Quiere saber cuánto paga, para qué y con qué resultados. Es un hombre difícil de seducir: donde el propagandista coloca un corazón, él pide una factura.
También es incómodo el ciudadano que distingue entre la solidaridad y la publicidad de la solidaridad. Acepta que una política pueda beneficiar a los más débiles, pero pretende examinarla. Incluso se permite preguntar si funciona. Una frialdad insoportable. En plena efusión amorosa, aparece este aguafiestas con una calculadora. El hallazgo de Puente permite, además, perfumar la habitual exaltación del jefe. La adulación, presentada sin adornos, tiene algo embarazoso; envuelta en amor, aspira a parecer una virtud. Ya no se celebra al dirigente por disciplina, conveniencia o ambición. Se le quiere. Y al que consigue quererlo delante de más cámaras se le supone una sensibilidad especialmente desarrollada.
Habrá que revisar los procedimientos internos. Las candidaturas podrían acompañarse de una declaración afectiva y los congresos terminar con intercambio de anillos. Para las discrepancias quedaría la terapia de pareja, siempre que el discrepante aceptase de antemano que la culpa es suya. La sátira casi se escribe sola porque la escenificación ha hecho el trabajo previo. Un partido político se atribuye un sentimiento universal, lo convierte en distintivo electoral y espera que el ciudadano confunda la emoción del escenario con la calidad del gobierno. El público debe enternecerse antes de preguntar.
Pero el amor merece mejor suerte que acabar de apoderado electoral. No necesita carné, secretario general ni gabinete de comunicación. Y los españoles conservamos el derecho a querer a nuestra familia, a nuestros amigos y a nuestro país sin que nadie nos reclame por ello una papeleta. Puente puede seguir ejerciendo de Cupido de Ferraz. Nosotros podemos seguir exigiendo explicaciones.
Y si el PSOE insiste en pedirnos una prueba de amor, convendrá recordarle algo elemental: en una democracia, aunque parezca mentira, también se puede romper.