...Este hecho tiene su eco en la política y da lugar a lo que vengo a denominar la política de segunda pantalla. La mayoría de nosotros no escucha una intervención completa. Lo que consume son mensajes breves, sesgados y descontextualizados, difundidos por los propios partidos, sus cuentas afines y, por qué no decirlo, por ejércitos de bots. (...)
Es notoria y perceptible la degradación de la figura del político durante los últimos cien años. La pregunta que me formulo es: ¿a qué se debe? A priori, los políticos actuales cuentan, por término medio, con un mayor número de titulaciones universitarias. Esto es un reflejo de la propia sociedad española, donde hay muchos más licenciados que en los primeros decenios del siglo XX. En principio, esto debería llevarnos a pensar que los políticos actuales poseen, al menos sobre el papel, un mayor conocimiento técnico que sus predecesores. Sin embargo, por el camino han perdido otras capacidades igualmente útiles y posiblemente fundamentales para el ejercicio de la política. Me refiero a la cultura general, el dominio del lenguaje, la formación humanística o el sentido institucional que caracterizaba a las antiguas élites.
No hace falta acudir a personalidades de extraordinaria talla intelectual de nuestro pasado, como Azaña, Ortega o Marañón, para darse cuenta de su clara superioridad cultural. Existe toda una constelación de figuras, tanto de izquierdas como de derechas, en las que resulta fácil advertir la distancia que las separa de la mayoría de nuestros ministros actuales. Tampoco se trata únicamente del vocabulario o de la solemnidad propia de la época. La diferencia se percibe en la construcción de las frases, la precisión de los conceptos, la amplitud de las referencias y, sobre todo, en la capacidad para desarrollar un razonamiento complejo (aunque, como veremos, esto parece que ha dejado de ser relevante).
Una mezcolanza de circunstancias nos ha conducido hasta este punto. Una de ellas es la desaparición de la educación humanística de las élites —gramática, literatura, historia, filosofía, etc.—. También ha perdido peso la exposición oral en la formación y en las oposiciones. Influyen, por supuesto, la creciente especialización universitaria y la inflación de títulos académicos. Otro factor, en mi opinión determinante, son los cambios en la selección de los políticos, con un mayor predominio de quienes proceden de juventudes, gabinetes y aparatos de los partidos que no solo ascienden por méritos cuestionables, sino que además lo hacen en muchas ocasiones con poca experiencia en la vida real. A todo ello se suman la simplificación deliberada del mensaje para llegar a un público más amplio y, posiblemente, una menor exigencia social.
El resultado es una paradoja interesante: tenemos posiblemente un mayor conocimiento vertical, pero un conocimiento horizontal notablemente inferior. O, dicho de otro modo, somos buenos viendo los árboles, pero no tanto el bosque. Sabemos más de parcelas concretas y, sin embargo, disponemos de menos referencias para relacionarlas entre sí y situarlas dentro de una visión general de la sociedad, del hombre y de la historia; y, en nuestro caso particular, de España.
El deterioro cultural es, en todo caso, un fenómeno transversal. En la izquierda contemporánea se agrava por la convicción de la supuesta superioridad moral de su causa. Una superioridad que la dispensaría de argumentar. En la derecha, el mismo empobrecimiento suele manifestarse mediante la simplificación o el abuso de la hipérbole.
Sería injusto limitar esta crítica a nuestra clase política. Lo que sucede es también reflejo de una sociedad española que, en determinados aspectos, se ha embrutecido. Las generaciones de nuestros padres, y no digamos las de nuestros abuelos, compartían, si habían tenido la fortuna de estudiar, un corpus cultural semejante y, en muchas ocasiones, extenso. Estaban acostumbradas a razonamientos más complejos. Buena parte de las lecturas que formaban aquel canon exigían un esfuerzo mayor que muchas de las que alcanzan hoy el éxito comercial.
Esto no significa que la sociedad española de hace cien años estuviera más formada que la actual. Sería absurdo afirmarlo en un país que todavía padecía altos niveles de analfabetismo y en el que solo una minoría podía acceder a la universidad. La diferencia era otra. Aquella sociedad, mucho menos formada en su conjunto, exigía a su reducida clase dirigente una cultura muy superior a la media. La sociedad actual está más escolarizada, pero su clase política sobresale culturalmente mucho menos sobre el entorno del que procede. La distancia cultural entre los gobernados y los gobernantes en muchos casos ha desaparecido o al menos se ha reducido en gran medida.
El político no solo posee menos cultura general, sino que se dirige a un público que también adolece de esa carencia. Conocedor de que el ciudadano anda “despistado” en su atención, recurre hábilmente a un lenguaje simplón, reiterativo y mitinero, con el que cualquiera pueda reengancharse al discurso en cualquier momento.
En el mundo audiovisual existe un fenómeno conocido como casual viewing o consumo de segunda pantalla. Varios guionistas que habían trabajado para Netflix contaron haber recibido indicaciones para que los personajes explicasen verbalmente lo que estaban haciendo. Esto permite que el espectador pueda seguir la historia aunque esté mirando el móvil. Netflix ha negado que exista una directriz general en este sentido, pero el fenómeno es difícil de negar para cualquiera con dos ojos.
Este hecho tiene su eco en la política y da lugar a lo que vengo a denominar la política de segunda pantalla. La mayoría de nosotros no escucha una intervención completa. Lo que consume son mensajes breves, sesgados y descontextualizados, difundidos por los propios partidos, sus cuentas afines y, por qué no decirlo, por ejércitos de bots. Se trata de clips de corta duración —la mayoría no llega al minuto— en los que valoramos desde el mejor «zasca» hasta el puyazo más ingenioso o la metedura de pata más clamorosa. Los telediarios, contagiados de la misma tendencia, hacen, desgraciadamente, tres cuartos de lo mismo. El objetivo no es tratar de convencer al ciudadano o al adversario con la fuerza del propio razonamiento, sino lograr los suficientes fragmentos que puedan viralizarse más tarde.
De ello se desprende inmediatamente la necesidad de acortar los mensajes -ya decíamos que la atención está fragmentada- y también la de reiterarlos como martillo pilón. Como el ciudadano puede incorporarse al discurso en cualquier momento, el político debe repetir constantemente la trama: la ultraderecha, la mafia, nos roban la democracia, el Gobierno progresista, el PP privatiza… No importa haberse perdido los veinte minutos anteriores ni importará perderse los posteriores. Cuando uno vuelve a mirar la pantalla, reconoce enseguida quiénes son los buenos, quiénes son los malos y qué debe sentir.
Esto altera también la propia selección de los políticos. Quien pretende argumentar con matices necesita tiempo y atención. Quien insulta o acuña una etiqueta obtiene un fragmento inmediatamente reconocible y fácil de compartir. Basta con escuchar cualquier sesión de control del Congreso o del Senado y comparar sus Diarios de Sesiones con los de generaciones anteriores para advertir la diferencia. Los unos formulan preguntas concebidas como acusaciones que no esperan una verdadera respuesta. Los otros las eluden mediante chascarrillos, consignas o descalificaciones. No existe un debate real ni intención de rebatir los argumentos del adversario, se trata exclusivamente de un escaparate público en el que los políticos compiten por producir el mejor clip, aquel que después podrá compartirse en X, TikTok o WhatsApp. Al final, se premia menos al político que mejor razona que al que consigue producir el fragmento con mayor difusión.
Buena parte de la producción cultural se concibe también para un consumo rápido y adictivo. En la literatura, las obras que exigen atención, paciencia e interpretación son sustituidas por superventas construidos mediante capítulos breves, revelaciones frecuentes y un estímulo narrativo constante, al modo de las series.
Autores como Dostoievski obligan al lector a convivir con conflictos sin solución sencilla y con personajes moralmente ambiguos, cuyas motivaciones son muchas veces contradictorias. También emplean un lenguaje al que ya no estamos acostumbrados. Vi recientemente el caso de una influencer que, a raíz del estreno de una nueva adaptación de Cumbres borrascosas, había querido leer la imponente novela de Emily Brontë. Explicaba que había tenido que abandonarla en las primeras páginas porque no era capaz de comprender bien el texto. La anécdota puede parecer menor, pero me parece bastante significativa. Cada vez estamos menos acostumbrados a que una obra exija algo de quien la consume.
Y, por ser claro, la lectura de esos superventas como entretenimiento es fantástica. El problema surge cuando sustituyen por completo a aquellas lecturas que educan la atención, amplían el lenguaje y nos obligan a enfrentarnos a la complejidad moral.
Podemos hablar, por tanto, a semejanza de Netflix, de una política de segunda pantalla. La política se ha adaptado al ciudadano distraído del mismo modo que las plataformas audiovisuales lo han hecho con el espectador que mira el móvil. El razonamiento se sustituye por la repetición de la trama; los conceptos, por etiquetas; y la oratoria, por frases pensadas para buscar el máximo impacto viral. Es la pescadilla que se muerde la cola. Los políticos se adaptan a un público distraído y, a fuerza de tratarlo como tal, contribuyen a mantenerlo en ese estado.
Se podría argumentar, no sin razón, que muchos políticos cultos del pasado también se equivocaron. Es cierto. La cultura no garantiza que se tomen buenas decisiones. Pero, a igualdad de las demás condiciones, creo que aumenta las probabilidades de acertar. No consiste únicamente en acumular datos. Proporciona herramientas que pueden ser muy útiles a la hora de gobernar.
Para empezar, permite conocer precedentes. Los grandes maestros en ajedrez lo son, fundamentalmente, por su inmensa capacidad de detectar patrones: posiciones en el tablero que han visto o que se asemejan a otras conocidas. De igual forma, resulta más sencillo anticipar los siguientes movimientos si se es capaz de identificar situaciones parecidas.
La cultura es, además, posiblemente una de las mejores formas de comprender la naturaleza humana. Un economista, por poner un ejemplo y simplificando, puede calcular correctamente una serie de incentivos materiales y, aun así, equivocarse. Las personas no se mueven solo por dinero. También importan la identidad, la religión, las emociones, la dignidad o el sentido de pertenencia. Ignorar todo eso puede conducir a realizar un cálculo impecable sobre el papel y completamente equivocado en la realidad.
Lo mismo sucede con el lenguaje. Quien dispone de un vocabulario más amplio y distingue mejor entre unos conceptos y otros puede formular en su mente un mayor abanico de posibilidades. Un lenguaje preciso no garantiza un pensamiento inteligente, por supuesto, pero ayuda a pensar con mayor precisión.
En pocas palabras: el técnico actual puede ser impecable en la ejecución de las medidas (ve el árbol), pero el hombre culto tendrá más posibilidades de comprender cuál conviene aplicar, por qué y qué puede suceder después (ve el bosque). Deberíamos exigir ambas cosas a quien pretende gobernarnos.
No quiero decir con esto que deban establecerse unas oposiciones para acceder a la política. Sería absurdo. La cultura no puede reducirse a un temario ni acreditarse mediante una suerte de superinflación de títulos. Debería hacérsenos evidente al observar la forma de pensar y expresarse de una persona, en el número y calidad de sus referencias y en su capacidad para comprender posiciones diferentes e incluso opuestas. También, naturalmente, en su conocimiento de la historia y de la condición humana.
La democracia se funda en la igualdad política de los ciudadanos, pero no exige que consideremos igualmente apto a cualquiera para gobernar. Sería interesante recuperar, dentro de la propia democracia y en el sentido original del término, cierta aspiración aristocrática: aquello que los griegos denominaron el gobierno de los mejores. No me refiero a los mejores por nacimiento, riqueza o pertenencia a un colectivo determinado, sino a los mejores por su preparación, inteligencia, carácter y prudencia. Tampoco se pretende que nuestros gobernantes sean mejores personas que nosotros —aunque no estaría mal que lo fueran—. Bastaría con que estuvieran mejor preparados para ejercer una responsabilidad que afecta a todos.
La selección de la clase política comienza en los partidos, en sus aparatos y entre sus afiliados, pero termina en las urnas. Si los ciudadanos premiamos la consigna, el insulto y el vídeo de diez segundos, los partidos nos ofrecerán exactamente eso. No debería sorprendernos. Si, por el contrario, valoramos el conocimiento, la independencia de criterio, la precisión en el lenguaje y la capacidad para defender un razonamiento complejo, contribuiremos a aumentar las posibilidades de que esas virtudes estén presentes en quienes aspiran a gobernarnos.