Una imponente y vieja águila real levanta el vuelo desde uno de los grandes cortados rocosos que dominan los macizos de Prenj y Čvrsnica. Aprovechando las corrientes térmicas, asciende con elegancia sobre el valle del Neretva. Había visto nacer y morir generaciones enteras de pastores. Había contemplado incendios, avalanchas y tormentas. Pero aquella mañana del 25 de abril de 1993 sería distinta. (...)
Pronto distingue una estrecha carretera que serpentea entre las montañas. Sobre ella permanecen inmóviles cinco vehículos blindados. A su alrededor se apiñan más de un centenar de personas, la mayoría civiles, aunque también alcanza a distinguir a un reducido grupo de legionarios españoles. Frente a ellos, a escasa distancia, otro grupo mucho más numeroso mantiene una actitud claramente hostil.
Desde las alturas observa cómo los hombres gesticulan con vehemencia. No alcanza a comprender sus palabras, pero sí percibe el lenguaje universal del miedo: cuerpos tensos, miradas fijas, manos aferradas a las armas y niños refugiados bajo el amparo de los blindados. Intrigada por aquella escena impropia de un valle que conoce desde hace décadas, el águila desciende lentamente, aprovechando las corrientes que ascienden desde el río.
Entonces, entre el eco de las voces que rebotan en la roca, una frase consigue abrirse paso hasta ella:
—En dos minutos comenzamos a disparar.
El intérprete, con la voz entrecortada, traduce el ultimátum al teniente José Luis Monterde. Tiene veintiocho años. A sus órdenes hay treinta y cinco legionarios y cinco blindados de Naciones Unidas. Tras ellos se refugian hombres, mujeres, ancianos y niños que han huido durante la noche de la cercana aldea de Radešine, convencidos de que aquellos soldados españoles representan su última esperanza.
Para el contingente español, todo había empezado unos meses antes. España había iniciado su despliegue en Bosnia a finales de 1992 dentro de la Fuerza de Protección de las Naciones Unidas (UNPROFOR). Como parte de su misión, debían proteger convoyes humanitarios, reconocer y mantener abiertas las carreteras, evacuar heridos y civiles y actuar como fuerza de interposición entre los distintos contendientes.
El día concreto que nos ocupa, Monterde y sus legionarios parten de Jablanica a las cinco de la mañana, aún de noche, para comprobar el estado de la carretera que une la propia Jablanica con Sarajevo. El contingente, tras superar Konjic, se encuentra con un grupo de soldados del HVO, el ejército de los croatas de Bosnia-Herzegovina, cubriendo la evacuación de la cercana aldea de Radešine. Comenzó a llegar entonces una multitud procedente de dicha localidad. Los refugiados huían precipitadamente y, ante la cercanía de sus perseguidores, buscaron desesperadamente refugio junto a los blindados españoles; algunos llegaron incluso a esconderse bajo ellos. Eran, aproximadamente, las 7:15 de la mañana.
Pasadas un par de horas, comienza a divisarse la llegada de una numerosa fuerza bosniomusulmana. Algunos relatos posteriores identificarían a aquellos hombres como los llamados Pañuelos Verdes, por las cintas verdes que portaban algunos de estos combatientes, aunque las fuentes contemporáneas no permiten identificar con certeza a la unidad. Sí los vinculan, en cambio, con un cabecilla bosniomusulmán al que la prensa española de la época denominó Zulca, bajo cuyas órdenes operaban. Se presentan con varios disparos al aire y exigen la entrega inmediata de los croatas.
La situación es de máxima tensión y el contingente español se encuentra, en la práctica, rodeado: con la carretera cortada, el río Neretva a un lado y un grupo muy superior y fuertemente armado bloqueando cualquier otra salida. Los españoles son únicamente treinta y cinco. Nadie sabe cuántos hombres tienen enfrente; solo que son muchos más y que bastaría un disparo para desencadenar una matanza.
Monterde, pese a lo delicado de la situación, no pierde la compostura. Quiere ganar tiempo. Mantiene las negociaciones por medio del intérprete mientras sitúa sus blindados de forma que ofrezcan la máxima protección posible a los civiles croatas. Informa a los bosniomusulmanes de que los refugiados se encuentran bajo el amparo de las Naciones Unidas y que cualquier agresión contra ellos será considerada una agresión contra la comunidad internacional. En paralelo, solicita que le pongan en comunicación con el mando superior, ubicado en Medjugorje. La respuesta llega pocos minutos después y resulta tan clara como exigente: asegurar la zona, mantener la posición, dar protección en la medida de lo posible y no entregar a nadie.
Hay un detalle del que apenas se habla y que, probablemente, sea una de las mayores muestras del liderazgo de Monterde. Resulta relativamente sencillo imaginar el valor necesario para enfrentarse a un enemigo superior; mucho más difícil es comprender lo que supone mantener la sangre fría durante horas con treinta y cinco hombres armados, rodeados, bajo amenazas constantes y con decenas de civiles aterrorizados buscando refugio tras sus vehículos. Bastaba un disparo, un gesto mal interpretado o que cualquiera de aquellos legionarios cediera a la tensión para que la situación desembocara en una auténtica carnicería, pero nadie lo hizo. Sus hombres esperaron las órdenes de su teniente que, pese a su juventud, supo gestionar heroicamente uno de los momentos más difíciles de su carrera.
Tras horas de tensión, finalmente se alcanza un acuerdo. Los combatientes del HVO deben deponer las armas y entregarse. Los civiles, más de ciento setenta, quedarían a salvo bajo la protección de Monterde y de sus legionarios. Habían transcurrido casi doce horas desde que aquella columna de refugiados apareciera junto a los blindados españoles.
Nuestra vieja águila real, que ha permanecido planeando sobre el valle durante toda la jornada, asiste entonces a una escena tan inesperada como reveladora. Los croatas suben a varios autobuses que han llegado para evacuarlos. Su destino son distintas aldeas de la zona. Allí, algunas familias bosniomusulmanas abren las puertas de sus casas para acoger a quienes, apenas unas horas antes, huían precisamente de otras fuerzas bosniomusulmanas.
El ave contempla la escena con la misma curiosidad con la que había observado el enfrentamiento. A lo largo de su larga vida había visto a los hombres incendiar pueblos, levantar fronteras donde antes solo había montañas y matarse por banderas, credos o lenguas. Pero también los veía ahora compartir un techo, un plato de comida y un poco de calor con quienes, en teoría, eran sus enemigos.
Nunca dejarían de sorprenderla. Los seres humanos eran capaces de las mayores atrocidades, pero también de gestos de extrema generosidad. Qué curiosa especie...
Aquel día, el portavoz de la Fuerza de Protección de las Naciones Unidas en Sarajevo, Barry Frewer, resumió lo ocurrido con una frase que ha pasado a la historia: «Se ha comportado como un verdadero héroe». Monterde se limitaría a decir: «Solo cumplí con mi trabajo».
Años después, ya convertido en teniente coronel, escribiría: «Son las situaciones difíciles las que nos ponen realmente a prueba y las que nos deben hacer superarnos como militares y como personas».
Pero quizá haya una anécdota todavía más reveladora. Tiempo después, recordando otra situación especialmente complicada, uno de sus viejos cabos legionarios le dijo: «Mi teniente, que sepa que estamos con usted hasta la muerte». No existe mayor reconocimiento para un oficial que el respeto y la confianza de los hombres a los que manda. Y probablemente ese, más que cualquier condecoración o titular, fue el verdadero legado de aquel joven teniente que, durante doce interminables horas, se interpuso entre la barbarie y más de ciento setenta vidas inocentes.
¡Honor y gloria!