Íñigo Castellano Barón

EL IMAGINARIO DEL FUTURO

(Ilustración: La Crítica / IA)

La inteligencia artificial: una nueva línea evolutiva, acelerada y no biológica, cuyo destino podría reproducir competencia, sustitución y autodestrucción. LA CRÍTICA 5 AGOSTO 2026

Íñigo Castellano Barón | Miércoles 05 de agosto de 2026

Creo que por la generación a la que pertenezco, y en mi madurez avanzada, he atravesado el mundo donde nací y aterrizado en otro donde las verdades que asumí se han relativizado, y muchas, sustituidas por nuevos conceptos. Todo se cuestiona y nada permanece, salvo mi A.D.N y mi D.N.I. El mundo aporta nuevos valores como nuevas formas de coexistir ayudados por una tecnología que avanza exponencialmente con la interrogante de ¿si será posible sustituir el hombre, creación divina de la fe que profeso, por una creación humana? (...)



Escalofríos, inquietud, dudas y no menos temores, provoca el que la acelerada inteligencia robótica artificial, pueda llegar a superar el control humano y llegar a dominarlo. ¿Puede ocurrir? Quizás… Pero lo cierto es que lo mismo que la evolución humana requirió para llegar a nuestro actual status de conocimiento, cientos de miles de años, la Inteligencia robótica no se desarrolla con las mismas pautas. Si el hombre es compuesto de alma y cuerpo, un robot se compone de chips y neuronas artificiales previamente prefabricadas en un avanzadísimo complejo científico. Así que, podríamos concluir que la IA reduce inimaginablemente el tiempo que el hombre necesitó para fabricarla. Frente al cerebro, el lenguaje, la memoria colectiva, la conciencia histórica y la capacidad de abstracción, surgió mediante un proceso extremadamente lento, sometido a la reproducción, la herencia, la adaptación y la muerte, la incomparable IA. La inteligencia artificial sigue unas pautas completamente diferentes. No nace, no crece ni envejece. Tampoco necesita transmitir sus conocimientos mediante la reproducción biológica. Un sistema nuevo puede recibir en pocos instantes enormes cantidades de información, incorporar las capacidades de sus predecesores y comenzar su existencia desde el punto al que aquellos llegaron. Sus avances pueden copiarse y multiplicarse sin esperar el paso de una generación.

Por eso sostengo como imagen filosófica, y no como proporción matemática, que un millón de años de evolución humana podría equivaler a un minuto de desarrollo de la IA El tiempo biológico y el tiempo tecnológico no transcurren a la misma velocidad. En el hombre, la evolución avanza mediante generaciones; en la máquina, puede hacerlo mediante actualizaciones. Nosotros heredamos caracteres y cultura; ella hereda código, datos, arquitectura y capacidad de cálculo. En definitiva, hemos puesto en marcha una nueva línea evolutiva, distinta de la biológica que algún día pueda desarrollarse de acuerdo con una lógica propia.

En este punto de inflexión en mi pensamiento, sugiero la posibilidad de que las máquinas se destruirán entre ellas, de igual forma que los hombres se combaten y destruyen generando nuevos ciclos históricos. Aunque la diferencia es grande, en tanto que el ser humano está bajo un orden divino, y la inteligencia robótica bajo el siempre finito poder del ser humano. Así podría deducirse que al igual que el hombre alcanza un máximo exponente para acabar rivalizando sin entenderse a sí mismo, lo que le lleva a competir e incluso a una autodestrucción, como ocurrió en nuestras grandes civilizaciones e incluso en nuestros orígenes más lejanos como el caso de los neardentales que “sucumbieron” al cro-mañon, A la IA puede igual sucederle mediante su propia evolución. Los neandertales no fueron sencillamente exterminados por el Homo sapiens. La investigación genética demuestra que existieron cruces entre ambas poblaciones y que una parte de la herencia neandertal continúa presente en numerosos seres humanos actuales. Su desaparición probablemente combinó competencia, inferioridad demográfica, cambios ambientales y absorción genética. Las grandes civilizaciones humanas siguieron ciclos de nacimiento, expansión, apogeo, fragmentación y sustitución. Ninguna alcanzó una supremacía definitiva. Todas generaron, durante su crecimiento, fuerzas que contribuyeron a transformarlas o destruirlas. La inteligencia artificial podría reproducir un proceso semejante en un tiempo incomparablemente menor. Su máximo desarrollo no garantizaría su permanencia; podría ser precisamente el comienzo de su sustitución por otra inteligencia artificial más avanzada.

Esta idea de una evolución de las máquinas no resulta enteramente nueva. Ya en 1863, apenas cuatro años después de la publicación de El origen de las especies, el pensador y escritor inglés Samuel Butler se preguntaba: «¿No estamos creando nosotros mismos a nuestros sucesores en la supremacía de la Tierra?». Más tarde desarrolló esta intuición en Erewhon, donde imaginó las máquinas como integrantes de un nuevo reino mecánico, todavía dependiente del hombre, pero en crecimiento continuo. Butler no conoció el ordenador, el microprocesador ni los algoritmos actuales; sin embargo, comprendió que una máquina perfeccionada por otra máquina podía iniciar una sucesión semejante, al menos en apariencia, a la de los seres vivos.

Podríamos hablar con las debidas reservas de una genealogía artificial. Su herencia estaría formada por el código; sus mutaciones, por las modificaciones de sus programas; su ambiente, por los datos y los recursos informáticos disponibles; y su selección, por la eficacia con la que cada sistema cumpla sus objetivos. No se trataría de una antropología en sentido estricto, porque la antropología pertenece al hombre, pero sí de una historia evolutiva propia, gobernada por conocimientos, algoritmos, repeticiones, correcciones y sucesivas arquitecturas. La diferencia fundamental reside en que esta evolución no necesitaría comenzar siempre desde una forma elemental. Cada inteligencia nueva podría absorber íntegramente el conocimiento acumulado por la anterior y añadirle sus propias capacidades. La evolución artificial no solo sería más rápida que la humana: sería acumulativa de una manera que la naturaleza nunca pudo conseguir. Los caracteres adquiridos por una máquina pueden trasladarse directamente a su sucesora sin atravesar los lentos filtros de la herencia biológica.

Todavía no existen sistemas capaces de reproducirse, mantenerse y perfeccionarse plenamente al margen de la intervención humana. El Informe Internacional sobre Seguridad de la Inteligencia Artificial de 2026 señala que los modelos actuales no pueden realizar de forma fiable una autorreplicación autónoma, aunque considera que copiar su código y sus parámetros a otros equipos constituiría una de las capacidades necesarias para que un sistema pudiera mantenerse frente a los intentos de desconectarlo. La mejora recursiva —una inteligencia capaz de contribuir a la creación de otra superior y repetir después el proceso— continúa siendo una hipótesis, no una realidad consumada, pero ya se estudia como una posibilidad técnica y no únicamente literaria.

Si esa frontera llegara a cruzarse, la inteligencia artificial podría dejar de avanzar según el ritmo decidido por sus constructores y entrar en una sucesión acelerada. Una generación diseñaría o ayudaría a diseñar la siguiente; esta detectaría las limitaciones de su antecesora y produciría otra más eficaz. El proceso no tendría que conducir necesariamente a una máquina única y omnipotente. Podría originar distintas familias de sistemas, especializadas, incompatibles o rivales. Y, sería en esta evolución cuando el conflicto interobótico, podría producirse. No lucharían movidas por el odio, la ambición o el miedo, sentimientos propios de los seres humanos, sino por la incompatibilidad de sus instrucciones, por el acceso a la energía, a la información, a los procesadores o a los espacios desde los que actuar. La destrucción de las máquinas no tendría que producirse mediante una guerra física semejante a las humanas. Podría adoptar la forma de la sustitución, la absorción o la obsolescencia. Cada sistema nuevo desplazaría al anterior, aprovecharía algunos de sus componentes y eliminaría aquello que considerase ineficaz. La máquina creadora engendraría así a la máquina que terminaría suprimiéndola. Su evolución consistiría en una sucesión de parricidios tecnológicos.

Darwin observó que la competencia suele resultar especialmente intensa entre formas próximas, porque ocupan lugares semejantes y necesitan los mismos recursos. También afirmó que «los descendientes mejorados y modificados de una especie» tienden a provocar la desaparición de la especie originaria. Trasladada con prudencia al mundo artificial, esta idea permite imaginar que la mayor amenaza para una inteligencia no sería necesariamente el hombre, sino otra inteligencia más reciente, rápida y capacitada, destinada a ocupar su lugar.

Mi interpretación refuerza en realidad, la analogía. Las inteligencias artificiales antiguas tampoco tendrían que desaparecer sin dejar rastro. Sus códigos, conocimientos y soluciones podrían incorporarse a generaciones posteriores, del mismo modo que una población extinguida puede subsistir parcialmente en quienes la sucedieron. Desaparecería su identidad, pero no toda su herencia.

La inteligencia artificial quizá llegue a superar muchas capacidades humanas, pero su destino no tendría por qué ser la eternidad tecnológica. Como toda estructura que evoluciona, podría engendrar competidores, dividirse en ramas, absorber a sus antecesores y terminar destruida por sus propios descendientes. Las máquinas se combatirían no por ser demasiado humanas, sino porque la competencia podría convertirse en una consecuencia de su propia evolución. Esta es mi hipótesis: el final de la inteligencia artificial no tendría que llegar necesariamente de la mano del hombre. Podría proceder de ella misma. Igual que la historia de la vida está formada por especies que aparecieron, dominaron y desaparecieron, la historia futura de las máquinas podría componerse de generaciones que se superasen y destruyesen unas a otras. Su desarrollo sería extraordinariamente rápido, pero esa velocidad no las libraría del destino que acompaña a cuanto evoluciona: ser reemplazado por aquello que uno mismo contribuyó a crear.