...Lo sucedido puede haber sido una crisis migratoria extraordinaria, una operación tolerada o el ensayo de una futura Marcha Verde. Precisamente porque todavía no conocemos toda la verdad, el Gobierno debe investigarla y contarla. Lo que no puede hacer es reconocer una invasión, evitar señalar a quienes pudieron facilitarla y pretender que unas cuantas boyas restituyan la autoridad perdida (...)
Pedro Sánchez reconoció que lo sucedido en Ceuta constituía una «violación de la integridad territorial de España». La expresión no admite interpretaciones benévolas. No habló de una simple presión migratoria, de un incidente fronterizo ni de una crisis humanitaria descontrolada. Admitió que nuestro territorio había sido vulnerado. Sin embargo, mientras pronunciaba palabras propias de una situación de extraordinaria gravedad, su Gobierno evitaba explicar por qué no actuó antes, quién permitió aquella movilización y qué responsabilidad correspondía a Marruecos. Es decir, el problema hay que situarlo en un antes, durante y un después, en todos esos estadios, el Gobierno ha fracasado: Los servicios de Inteligencia no advirtieron de una marcha prevista y calculada, por ignorancia, omisión o por otras razones inconfesables; no actuaron en el tiempo de la invasión con la celeridad que una situación de este calibre merece ante una ciudad secuestrada y amenazada por los invasores, y no prestan los recursos necesarios y servicios de seguridad tras las primeras veinticuatro horas de la crisis. Entretanto Sánchez rodeado de un sinfín de cuerpos de seguridad se va de vacaciones tras ser amonestado seriamente por Europa, mientras nuestros compatriotas ceutíes siguen parte de ellos, refugiados en sus casas, por temor a los miles de invasores que todavía no han regresado a su país, tan solo defendidos por escasos efectivos de seguridad.
Ese es el verdadero escándalo. ¿El Gobierno vio la invasión cuando ya se encontraba dentro de Ceuta? La reconoció después de que decenas de miles de personas hubieran atravesado la frontera, desbordado los servicios públicos y convertido una ciudad española en escenario de una operación sin precedentes. Según las cifras facilitadas por el propio Ejecutivo, cerca de 60.000 personas entraron en apenas veinticuatro horas. El Gobierno terminó admitiendo que no había previsto aquella concentración, pese al aumento previo de las entradas a nado y a las advertencias llegadas desde la ciudad autónoma desde tiempo atrás.
Un Estado no puede limitarse a describir solemnemente el ataque después de recibirlo. El Gobierno socialista-comunista ha renunciado a su primera obligación que consiste en anticiparlo, impedirlo y neutralizarlo. España dispone de servicios de inteligencia, vigilancia fronteriza, cooperación policial, representación diplomática y medios tecnológicos suficientes para detectar movimientos humanos mucho menores. Que una multitud semejante pudiera concentrarse y dirigirse hacia Ceuta sin una reacción preventiva revela una quiebra intolerable de la seguridad nacional. Sánchez responsabilizó principalmente a las mafias que trafican con seres humanos y agradeció la cooperación de Marruecos, y no contento con agradecer al reino del tirano su agresión, llamó a consultas al embajador de un país aliado como es Italia. Las mafias pueden difundir mensajes, engañar a personas desesperadas y aprovechar cualquier resquicio legal, pero carecen de capacidad para mover a decenas de miles de personas por territorio marroquí sin que las autoridades de aquel país detecten la operación. Tampoco pueden decidir cuándo la policía marroquí actúa, cuándo permanece al margen y cuándo ordena detener el flujo. Marruecos demostró posteriormente que podía frenar la salida y facilitar el regreso de la mayoría de quienes habían cruzado. Si podía hacerlo después, también pudo hacerlo antes.
El presidente español habló de ataque a la integridad territorial, pero evitó identificar al Estado desde cuyo suelo se produjo. De este modo, reconoció la invasión y al mismo tiempo, dejó políticamente sin autor el escenario que la hizo posible. Esa contradicción refleja toda la debilidad de la política exterior sanchista: firmeza verbal ante los españoles y extrema cautela cuando llega el momento de exigir responsabilidades a Rabat. No puede afirmarse sin pruebas concluyentes que Marruecos organizara directamente la operación. Pero tampoco puede descartarse que nos encontremos ante un ensayo de presión territorial, una demostración de fuerza o una prueba de resistencia destinada a medir la capacidad de reacción española y europea. La dimensión de la concentración, su rapidez y la pasividad inicial obligan a investigar esa posibilidad.
La comparación con la Marcha Verde de 1975 exige diferencias y matices. Ceuta y Melilla son ciudades españolas plenamente integradas en nuestro ordenamiento constitucional, mientras que el Sáhara Occidental tenía entonces una situación jurídica distinta. Pero el método de presión sí merece ser estudiado: la utilización de grandes masas civiles para desbordar una frontera, paralizar moralmente al adversario y crear una situación consumada que dificulte cualquier respuesta contundente. La hipótesis cobra mayor gravedad porque meses antes ya se habían publicado propuestas que alentaban abiertamente una nueva Marcha Verde sobre Ceuta y Melilla, incluso mediante la concentración de civiles y maquinaria ante sus fronteras. Aquellas ideas podían parecer extravagantes, pero después de lo sucedido ya no pueden ser tratadas como simples provocaciones intelectuales. Quienes atravesaron la frontera pueden ser víctimas de la pobreza, de las falsas promesas, del fanatismo o de las redes criminales. Reconocerlo no obliga a negar que una masa humana pueda ser instrumentalizada políticamente. Las guerras híbridas no siempre emplean soldados uniformados. También recurren a la desinformación, la inmigración dirigida, la presión económica, los hechos consumados y el temor de las democracias a defenderse para no parecer insolidarias.
Ceuta y Melilla conforman conjuntamente la frontera terrestre más meridional de Europa. No representan solamente el límite español con Marruecos, sino el punto en el que la soberanía europea alcanza el norte de África. Sus fronteras con Marruecos constituyen fronteras exteriores del espacio Schengen, aunque ambas ciudades se encuentren sometidas a un régimen especial de controles en sus comunicaciones con la Península. Por tanto, lo ocurrido no afecta únicamente a España. Cuando decenas de miles de personas penetran en Ceuta en pocas horas, se está poniendo a prueba la capacidad de la Unión Europea para proteger su frontera sur. Europa no puede refugiarse en declaraciones de solidaridad, reuniones urgentes y reproches cruzados entre gobiernos. Debe comprender que la defensa de Ceuta y Melilla forma parte de su propia seguridad, porque la vigilancia de las fronteras exteriores no constituye una cuestión exclusivamente bilateral entre Madrid y Rabat. ¿Porqué el Gobierno no aceptó la presencia de Frontex Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas? Cuyas funciones se establecen para los siguientes casos como: desplegar agentes europeos de fronteras y guardacostas; facilitar medios navales, aéreos y tecnológicos; realizar análisis de riesgos y movimientos migratorios; combatir las redes de inmigración clandestina, trata de personas y delincuencia transfronteriza; colaborar en operaciones de identificación y retorno de inmigrantes que no tengan derecho a permanecer en territorio europeo; coordinar actuaciones entre los distintos Estados. Frontex, no es una policía federal europea que sustituya a los Estados, pero sí representa el instrumento común de la Unión para reforzar sus fronteras exteriores. Ante una presión organizada sobre Ceuta, España podría reclamar su despliegue, porque en aquella frontera no solo comienza el territorio nacional: comienza también Europa.
Principio del formularioFinal del formularioTambién corresponde al Gobierno responder ante los españoles. Debe explicar qué información recibió, cuándo la recibió, por qué no reforzó antes el perímetro, qué conversaciones mantuvo con Marruecos y por qué continuó calificando a ese país como aliado sin exigir públicamente responsabilidades. ¿Qué le ata a Marruecos que no puede reaccionar con la legitimidad que tiene y se exige a un Gobierno? ¿Qué secretos guarda Marruecos que le permite chantajear a la nación española?
Instalar una línea de boyas después del asalto y desplegar unos pocos recursos cuando la ciudad ya estaba colapsada no constituye prevención, sino la burda y tardía escenificación de una autoridad que llegó detrás de los acontecimientos. Ceuta no puede ser defendida mediante discursos pronunciados después de la invasión. Tampoco puede depender de la buena voluntad circunstancial de Marruecos ni de los equilibrios personales de Pedro Sánchez con Mohamed VI. Ceuta y Melilla son España, y son Europa. Quien lo olvide, lo relativice o subordine su protección a una diplomacia de silencios estará poniendo en riesgo algo mucho mayor que una frontera: la credibilidad del Estado para defender su propio territorio.
Lo sucedido puede haber sido una crisis migratoria extraordinaria, una operación tolerada o el ensayo de una futura Marcha Verde. Precisamente porque todavía no conocemos toda la verdad, el Gobierno debe investigarla y contarla. Lo que no puede hacer es reconocer una invasión, evitar señalar a quienes pudieron facilitarla y pretender que unas cuantas boyas restituyan la autoridad perdida. Cuando un Estado admite que se ha vulnerado su integridad territorial, solo caben dos respuestas: actuar y exigir responsabilidades. Todo lo demás es retórica. Pero la conclusión más grave para la ciudadanía no es ya lo que ha sucedido, sino el sentimiento de impotencia, abandono y desinterés ante la institución que viene más obligada a defender nuestra seguridad personal y nuestra territorialidad frente a cualquier enemigo del Estado español. La frustración es tan grande, como el deseo de desalojar a un Gobierno enrocado en su posición y temeroso de estar a punto de ser imputado por corrupción; una frustración que ha pasado a convertirse en una esperanza que casi todos anhelamos ardientemente como tabla de salvación de nuestra propia supervivencia como nación. ¡Hay que echar al sanchismo social-comunista!
¡Viva España!