Manuel Pastor Martínez

Fatiga de Fascismo

Ilustración creada con IA

LA CRÍTICA 1 AGOSTO 2026

Manuel Pastor Martínez | Sábado 01 de agosto de 2026

Es agotador. No hay día que uno no lea o escuche en los medios de comunicación alguna mención al Fascismo (o a Hitler, al Nazismo y al Franquismo, que para el caso es lo mismo), y asimismo denuncias a presuntos fascistas, nazis, o franquistas en las derechas. (...)



El amable lector puede acusarme de cierta responsabilidad o culpabilidad, ya que soy autor de casi medio centenar de artículos sobre los diversos fascismos (y antifascismos) solo entre los publicados en La Crítica. A los que debo añadir algunos más en otros medios (en revistas digitales -Kosmos-Polis, Libertad Digital-, y en varias revistas de papel).

En mi defensa tengo decir que, aunque la mayoría de ellos tienen una intención divulgadora, la base siempre ha sido académica por mi condición de profesor universitario (ya jubilado), con mi tesis doctoral sobre el fascismo (1976), y mis dos libritos: Los orígenes del fascismo en España (1975) y Ensayo sobre la Dictadura. Bonapartismo y Fascismo (1977).

Pero la gran pandemia de escritos y referencias sobre el fascismo que sufrimos hoy, como decía, en los medios de comunicación -especialmente en las tertulias televisivas- están politizados en el peor de los sentidos. El término se ha convertido sencillamente en un insulto o descalificación en el, por otra parte, necesario debate y análisis político.

No en vano he citado y repetido la acertada opinión, atribuída al demócrata populista estadounidense Huey Long en los años 1930s, que el fascismo del futuro (especialmente en EEUU) aparecería con el disfraz de antifascismo, describiendo exactamente lo que ha acontecido con el fenómeno internacional elusivo conocido como “Antifa” (el Secretario de Estado Marco Rubio acaba de denunciar su presencia en más de 60 países), que ya en los años 1960s y 1970s motivaría a intelectuales serios de izquierdas como Juergen Habermas o Leonardo Sciascia a calificar tal fenómeno “Fascismo rojo”. Es decir, de izquierdas.

Lo que hasta hace poco era un burdo y banal cliché de periodistas y políticos marginales (tipo tertulia “Al Rojo Vivo” junto a otras de la cadena Sexta, de TVE, y de Cadena Red, o las declaraciones y los exabruptos en miembros de grupos radicales como Sumar o Podemos), se ha convertido ya en algo común, corriente y consentido incluso por gobiernos nacionales de izquierdas. Un simple ejemplo: en una misma semana del reciente mes de julio hemos visto a una ministra del gobierno socialista en España, Diana Morant, afirmar que Feijóo y el PP se parecen a Hitler, y pocos días después el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, acusaba a Trump y a los EEUU de nazis.

En un artículo en este mismo medio propuse en 2025 conceder el título de “idiota político” a toda personalidad política que use en vano la palabra “fascista”, “facha”, “nazi” o algo similar. Pero compruebo que no es suficiente. Quizás en un futuro se invente una vacuna contra tal desorden mental. Ya nos previno Leonardo Sciascia que el nuevo fascista que nos podemos encontrar hoy es el que se dedica a llamar fascista a quien no es fascista.

Al respecto es imposible olvidar la profundidad en la reflexión de nuestro último gran pensador político ibérico: “Trump es un fascista viable en los EEUU. No hace el saludo romano ni luce esvásticas, pero ha sido apoyado explícitamente por fascistas inviables”. (Pablo Iglesias Turrión, declaraciones al diario Público, diciembre de 2016).

Es significativo que la irrupción de Donald Trump en la vida política con su victoria en las elecciones presidenciales de 2016 provocará una auténtica explosión de literatura-basura anarco-comunista sobre el fascismo, principalmente en los EEUU: S. Sunshine et al. (2016), G. Hawley (2016, 2017), A. Reid Ross (2017), M. Bray (2017), D. Hammerquist & J. Sakai (2017), A. Nagle (2017), Gord Hill (2018), etc.

Y paralelamente una ignorancia intencionada del concepto y paradigma “Totalitarismo”. Es extraño que en una obra como la de Shane Burley (Fascism Today. What It Is and How To End It, AK Press, Chico, CA, Edinburgh, Baltimore, 2017) en sus 304 páginas -incluyendo el Index- no aparezca siquiera el vocablo. La intención es clara: evitar cualquier comparación o simetría (como sugirió Trotsky en 1936 en referencia al Stalinismo) del comunismo con el fascismo o el nazismo.

Dos grandes maestros en la historiografía de los fascismos, Ernst Nolte y Stanley G. Payne, nos han indicado los nombres y las fechas exactas de los inventores del neologismo “Totalitario/Totalitarismo”: Respectivamente, el periodista alemán Alfons Paquet, refiriéndose a Lenin y al Comunismo en Rusia (en 1918), y el liberal Italiano Giovanni Amendola, refiriéndose a Mussolini y al Fascismo en Italia (en 1923).

Lorenzo Luzuriaga, (Valdepeñas, 1889- Buenos Aires, 1959), pedagogo y traductor, militante del PSOE, tradujo la obra de Paquet de 1919 con la referencia al “Totalitarismo revolucionario de Lenin”, obra que incorporaba escritos suyos de 1918 (Cartas desde Moscú, donde aparece por primera vez la frase y la expresión “Totalitarismo”). La obra de Paquet publicada en español, traducida del alemán por Luzuriaga, se titula En la Rusia Comunista. Cartas desde Moscú (Calpe, Madrid, 1921). Desde tal fecha, por tanto, gracias a Alfons Paquet el lector español puede, y es legítimo intelectualmente, asociar el concepto de “Totalitarismo” al sistema comunista soviético de Lenin.

Tal asociación debería paliar los excesos producidos por la “fatiga de fascismo”, pero quizá es un problema que requiere una explicación y otro artículo.