España se corona campeona del mundo en Nueva York tras derribar el burdo muro del cancherismo argentino, un arbitraje escandalosamente hostil y la intolerancia de los radicales en casa.
La justicia poética existe, y a veces se viste de corto. La Selección Española de Fútbol se proclamó campeona del mundo tras derrotar a Argentina por 1-0 en el MetLife Stadium de Nueva York. Lo que debió ser una fiesta limpia del deporte rey se recordará, sin embargo, como una de las páginas más oscuras y tensas de la historia de los mundiales. España no solo tuvo que vencer al combinado de Lionel Scaloni; tuvo que derrotar a un sistema dispuesto a regalar un guion de oro a la Albiceleste y a una permisividad arbitral que rozó la negligencia.
UNA ENCERRONA CONSENTIDA DESDE LOS DESPACHOS
El fútbol moderno lleva tiempo bordeando un precipicio peligroso: el de anteponer el relato comercial y el marketing de las superestrellas a la estricta justicia deportiva. Con una campaña global diseñada para orquestar la despedida idílica de Lionel Messi, la FIFA pareció disponer un escenario donde el rival de la Albiceleste debía competir cuesta arriba.
Desde el pitido inicial del esloveno Slavko Vincic, quedó claro que Argentina jugaba con una red de seguridad. El favoritismo institucional se tradujo sobre el césped en una patente de corso para el juego subterráneo. Los futbolistas argentinos, conscientes de su inferioridad técnica ante la pizarra de Luis de la Fuente, sustituyeron el balón por la táctica del acoso, el juego bronco y la provocación constante. Tagliafico y Mac Allister se emplearon a fondo mediante agarrones e impactos desmedidos sobre los jóvenes talentos españoles ante el silencio cómplice del silbato de Vincic.
El colmo del despropósito llegó en la prórroga, cuando el estamento arbitral activó un celo reglamentario casi quirúrgico para anular consecutivamente dos goles legítimos a España. La invalidación del tanto de Nico Williams por un presunto y accidental pisotón previo de Merino a Otamendi —quien ya se lanzaba al suelo de forma teatral— desató la indignación de analistas internacionales. La consigna flotaba en el ambiente: España no tenía permitido ganar por la vía rápida.
LA GRANDEZA TECNICA FRENTE AL FANGO
Pero el fútbol de posesión y clase de esta generación demostró ser incombustible. En el minuto 106, Ferran Torres rompió el maleficio y anotó el único tanto que la soberbia arbitral no pudo invalidar. Ni el empuje físico de una Argentina desquiciada, ni la tardía expulsión de Enzo Fernández, pudieron frenar la superioridad moral de un equipo español que se negó a caer en las provocaciones.
El desenlace de este campeonato deja una lección magistral para los burócratas del deporte. Las portadas de la prensa internacional han sido unánimes en sus editoriales. Periódicos de la talla de la BBC británica o el Suddeutsche Zeitung alemán coinciden en el mismo diagnóstico: Gano el futbol. El planeta entero celebra que la madurez colectiva de un grupo de jóvenes haya prevalecido por encima del cínico arquetipo del marrullero y de los intereses comerciales de Zúrich.
EL BOCHORNO DE LOS MALOS PERDEDORES
El epílogo de la final fue el fiel reflejo de lo vivido durante los 120 minutos. Nada más decretarse el final del encuentro, la frustración argentina se transformó en una agresión colectiva y barriobajera. Mientras el capitán español, Rodri Hernández, se arrodillaba a llorar de emoción en el círculo central, el defensor Nahuel Molina le propinó un cobarde manotazo por la espalda.
Fue la mecha que encendió una tangana descomunal. Leandro Paredes y Thiago Almada corrieron en tromba hacia el banquillo español para agredir e insultar a Gavi, quien terminó derribado de forma violenta. Tuvo que ser el propio seleccionador argentino, Lionel Scaloni, quien saltara al campo a contener físicamente a sus propios futbolistas para evitar una sanción internacional histórica. España, en un admirable ejercicio de templanza y señorío, se retiró de la refriega comandada por Luis de la Fuente para centrarse en lo único que importaba: alzar la Copa del Mundo.
LA INTOLERANCIA RESIDUAL EN CASA
Lamentablemente, el sectarismo y la hostilidad hacia el triunfo español no solo se vivieron a miles de kilómetros de distancia. Mientras millones de ciudadanos celebraban legítimamente en las calles, una minoría violenta e intolerante empañó la fiesta en el plano doméstico. En la localidad navarra de Berriozar, una veintena de encapuchados asaltó un bar, armados con barras metálicas para agredir a unos clientes militares por el mero hecho de estar visionando el partido.
Una preocupante muestra de radicalismo que se replicó en varios puntos del País Vasco: desde los intentos de sabotaje a pedradas contra la pantalla gigante instalada en Bilbao, pasando por agresiones físicas e intimidaciones en Vitoria a jóvenes que portaban la equipación nacional, hasta la quema de banderas en Éibar.
El rotundo éxito de un bloque coral donde los propios futbolistas vascos han sido capitales —con la impronta imborrable de figuras como Nico Williams, Unai Simón o Mikel Oyarzabal— resulta el mejor antídoto frente a aquellos desalmados que, incapaces de digerir la realidad, prefieren responder con el fango de la frustración política al brillo inapelable del talento deportivo. España levanta la Copa del Mundo habiendo salvado, de paso, la credibilidad de este deporte.