De acuerdo, querida, tú ganas. Tu morbosa insistencia en que comparta contigo experiencias ya olvidadas (...)
...
finalmente me obliga a excitar las neuronas que controlen el recuerdo –digo yo que alguna habrá–, sin estar muy convencido, eso sí, de que puedan aportarte algo más que un puñado de sonrisas o de asombros, eludiendo las tristezas, si es que puedo, y sin saber muy bien de qué te servirían, a ti, tan formada e inteligente, tan hermosa, tan llena de esos gentiles atributos a los que muchos optan en vano y que sin embargo a ti te han sido dados, puede que por tus genes, puede que por ese dedito mágico que anda por ahí jugando con nosotros, que a saber por qué lo hace si a fin de cuentas nuestro paso por aquí es breve y vaya ganas de complicarnos la existencia. Claro que, bien visto, si todos fuésemos tan hermosos como tú la hermosura dejaría de existir por innecesaria y poco provechosa. Mala cosa para ti y para mí; yo no podría disfrutar de tu presencia ni tú buscar el morbo ¡en mi existencia!
Mal empezamos, “querido”, cuando tú lo haces utilizando un lenguaje, más que caduco, rancio y obsoleto y con mi agradecimiento te digo también que deseo saciar mis apetitos, si bien por el momento –uf, he dicho por el momento– distan estos mucho del que, obviamente, no busco en ti más allá de querer vivir tus experiencias que me ayuden a entender, a anticiparme a lo que pudiera reservarme el porvenir, que todavía tengo, eso sí, sin cerrarme a nada que, ya sabes, tú mejor que yo, que las certezas sin su dosis de incertidumbre no son buenas –mira, eso es una cosa tuya–. Creo. Me escucho y no me reconozco. Esta no soy yo.
No sé… Mi lenguaje es el que tengo pero me esforzaré, para no espantarte tan temprano, a acomodarlo a nuestro tiempo si eso ayuda, porque decidido de una vez a compartirme contigo sería triste no poder hacerlo. En este punto, y sea el que sea el trabajo que me cueste, velaré las admiraciones y otras cosas que por tu naturaleza me provocas, fingiendo que al menos tú eres un ente y no la más hermosa de las mujeres en este momento. Pero antes, necesito saber qué te ha traido hasta aquí, qué camino has recorrido para llegar a mi encuentro, al de un viejo cuya única virtud ha sido esa, llegar a viejo, si es que alguna virtud alberga la cualidad de viejo más allá de haber recorrido el tiempo, con mayor o menor esfuerzo. Y suerte, por supuesto, que muchos no llegan no por querer sino porque no han podido, o no los han dejado, que en eso los hombres son muy puñeteros y a veces muy poco amigos de sus prójimos.
¡Ves! Es lo que tenéis los viejos, sin ofender, pero lo has dicho tú primero. En cuanto abrís la boca soltáis un discursito como si los jóvenes fuéramos idiotas o algo por el estilo. Te contaré. Este es un reto. Sin mucha esperanza de conseguirlo, mi objetivo contigo no es que me cuentes tu vida que sí, será muy interesante, pero que a mí me queda muy lejos. Mi objetivo es comprender precisamente esa distancia, hablando contigo, a pesar de nuestras diferencias. Vosotros sois la prehistoria teniendo en cuenta la velocidad a que avanza todo y nosotros somos otra cosa. A la inversa, pretender que nos comprendáis es ridículo. Aun así, como ya te he dicho, quisiera anticiparme a lo que pueda venir desde la visión del que ya ha vivido, si es que eso tiene algún sentido. Visto lo que estoy viendo. Quizá no haya sido la mejor idea, pero de todas formas me gustaría intentarlo. Por ejemplo la muerte, la proximidad de la muerte, algo que a vosotros parece que no os quita el sueño. Me gustaría no tener que esperar a ser yo también vieja para despejar esa incógnita que, por si no lo sabes, a nosotros nos aterra y por eso esquivamos el asunto. Y a vosotros. A los viejos. Porque lleváis la muerte puesta.
¡Joder! Bien empiezas… ¿Y no te parece más atractivo, más edificante, empezar por otra cosa? Porque además, no tienes razón. Todos llevamos a la muerte encima. Vosotros también. Y por eso os aterra. ¡La muerte, la muerte! ¡Vaya cosa! La muerte es como el nombre, que te lo ponen cuando naces y es lo único seguro. El miedo a la muerte, el terror a morir es otra historia y depende de muchos factores. Y sí, uno de estos es la edad, que con ella se amortiguan los temores por la fuerza de la costumbre. Pero no es el más importante. Cada uno de nosotros tiene en su interior resortes, tan dispares en unos y otros, que hacen de la muerte cuestión de apacible a insoportable según en quién. El espíritu manda, querida mía. O amiga mía, que ya no sé como dirigirme a ti.
Sí, sí, pero aquí quería llegar yo. ¿Qué pasa cuando la muerte se asoma antes de tiempo? Esa es la cuestión. Nada de filosofía ni zarandajas. ¿Qué pasa si de repente te dicen que tienes una enfermedad incurable? Ya sabes un cáncer o algo así. ¿Te vas por la patilla directamente? ¿Te pones a dar saltos de alegría? Supongo que esto último no, claro. ¿Y qué pasa con los demás? Tu familia, tus amigos… Sé sincero y no me digas que no, el acojone debe ser total si te toca la china… Porque otra cosa es que te des una piña con la moto o con el coche y te quedes seco. No tiene nada que ver. Te has muerto y ya está: ni te has enterado. Pero eso de morirte a plazos…
Ya veo por dónde vienes. Muy astuta. Y no me parece mal, de momento. Porque si esperas profundas disquisiciones sobre el sentido de la vida o de la muerte estás errando desde ya. Ni te las voy a dar ni me interesa hacerlo, que ya muchos y muy sesudamente se han dedicado a ello y de sus lucubraciones están las estanterías llenas. ¡Uy! Perdona. La nube llena…
Me tengo que ir.
¿Tan pronto?
Ya te digo.
Juan M. Martínez Valdueza
Conozca a Juan M. Martínez Valdueza