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Catalina de Erauso, la Monja Alférez

Catalina de Erauso (1585 o 1592). (Fuente: https://historia.nationalgeographic.com.es/).

MUJERES HISPANAS

LA CRÍTICA, 15 MAYO 2026

María J. Muñoz Leal | Viernes 15 de mayo de 2026

Catalina de Erauso fue bautizada en San Sebastián el 10 de febrero de 1592, aunque hay referencias que sitúan su nacimiento unos años antes, en 1585, una diferencia que desde el comienzo anuncia la dificultad de acercarse a un personaje rodeado de documentos, testimonios, versiones literarias y episodios que fueron tomando forma con el paso del tiempo. Entre esas capas, sin embargo, se distingue una figura fascinante: una joven vasca procedente de una familia acomodada destinada en principio a la vida religiosa, que abandonó el convento antes de profesar, adoptó una identidad masculina, cruzó el Atlántico y terminó sirviendo como soldado en distintos territorios americanos de la monarquía hispánica. (...)



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Su infancia transcurrió en una casa donde el linaje, la religión y el servicio militar formaban parte de un mismo mundo social. Su padre, Miguel de Erauso, pertenecía al ámbito castrense, mientras su madre, María Pérez de Galarraga, estaba integrada en una red familiar propia de la San Sebastián de finales del siglo XVI, una villa acostumbrada a mirar al mar y a convivir con las exigencias de la Corona, el comercio y la defensa. Desde niña, Catalina fue llevada al convento dominico de San Sebastián el Antiguo, una institución que para muchas familias cumplía funciones de educación, resguardo y orden familiar, además de ofrecer una vía religiosa para aquellas hijas cuyo destino quedaba decidido dentro de las costumbres domésticas de la época.

La salida del convento se produjo antes de la profesión de votos y ha llegado narrada de distintas formas, con versiones que hablan de una riña con otra religiosa, de una ocasión aprovechada en medio de la vida cotidiana o de una huida preparada con mayor cálculo. La escena exacta importa menos que el gesto que siguió a aquella ruptura, porque Catalina dejó el hábito, cortó su cabello, tomó ropa masculina y comenzó a moverse bajo nombres diferentes, entre ellos Francisco de Loyola, Alonso Díaz o Antonio de Erauso. Ese cambio abrió una vida llena de desplazamientos, empleos breves y riesgos constantes, en la que cada ciudad ofrecía una oportunidad y cada encuentro podía convertirse en un riesgo.

Durante sus primeros años fuera del convento recorrió distintos puntos de la Península, desde Vitoria y Valladolid hasta Bilbao, Estella, San Sebastián, Sevilla y Sanlúcar de Barrameda, lugares que aparecen en el itinerario transmitido por sus memorias y que muestran una existencia bastante alejada todavía de la imagen más conocida de la Monja Alférez. Trabajó como paje, sirvió en distintas casas, aprendió a ser prudente y se habituó a cambiar de lugar cuando el peligro comenzaba a acercarse. Esa etapa peninsular permite entender mejor su carácter, porque antes de convertirse en soldado tuvo que aprender a vivir de una apariencia, de un oficio provisional, de una distancia segura respecto a quienes podían reconocerla y de una capacidad notable para leer las circunstancias inmediatas.

Desde Sanlúcar embarcó hacia América, donde su vida entró en un espacio más amplio, más inestable y también más propicio para quienes sabían moverse entre oficios, rutas y autoridades. El primer punto citado en el Nuevo Mundo fue Araya, en la actual Venezuela, y después aparecen Cartagena de Indias, hoy Colombia, Nombre de Dios y Panamá, el puerto de Manta, en el actual Ecuador, y más adelante Paita, Saña, Trujillo y Lima, en Perú. Aquel recorrido, transmitido en parte por una autobiografía, debe leerse con cautela, aunque resulta útil para comprender el tipo de mundo por el que transitó Catalina, un entramado de puertos, caminos, casas comerciales, pleitos, criados, soldados, marineros, religiosos y funcionarios en el que la identidad podía depender tanto del nombre declarado como de la utilidad que una persona demostraba en cada situación.

La América de Catalina de Erauso estaba marcada por la circulación constante de hombres y mercancías, por la distancia entre los centros de poder y las zonas de frontera, y por una administración que necesitaba soldados, escribanos, arrieros, comerciantes y personas capaces de resolver problemas lejos de la mirada directa de la corte. En ese ambiente, Catalina alternó servicios domésticos, empleos mercantiles, huidas, enfrentamientos y nuevas incorporaciones a redes de protección o dependencia, siempre bajo identidad masculina y con una mezcla de audacia, violencia y cálculo que aparece una y otra vez en los relatos sobre su vida. La movilidad le permitió avanzar, aunque también multiplicó sus conflictos, porque su carácter pendenciero, su facilidad para verse envuelta en lances de armas y su necesidad de escapar de la justicia local acabaron formando parte del mismo expediente biográfico.

Su entrada en la vida militar se produjo en Perú, al alistarse en una compañía destinada a Chile, donde su nombre quedó ligado a la Guerra de Arauco, uno de los conflictos más persistentes y complejos de la América hispánica. El escenario chileno difería mucho de los puertos caribeños y de las ciudades comerciales del virreinato, porque en la frontera del Biobío la guerra requería una disciplina hecha de fuertes, patrullas, caballos, víveres, pasos de río, mensajeros y compañías que a su vez dependían de abastecimientos difíciles. Los oficiales hispanos aprendían sobre el terreno, a menudo después de errores costosos, y necesitaban combinar la obediencia militar con la negociación, la observación del paisaje y el trato con aliados indígenas cuya colaboración podía resultar decisiva para una campaña.

Del lado mapuche la resistencia también tenía sus propias tensiones, porque defender territorios, familias, cosechas y a su vez mantener formas de autoridad exigía esfuerzo prolongado, tensiones internas, pérdidas y una capacidad de reorganización que afectaba tanto a los guerreros como a las comunidades que quedaban detrás de cada avance o retirada. Las alianzas variaban según los lugares, los liderazgos y las circunstancias, y la guerra, lejos de ser una escena fija entre dos bloques simples, fue un proceso de adaptación mutua, aprendizaje forzado y desgaste compartido. Catalina se movió dentro de ese mundo tan complejo como un soldado más en apariencia, sometida a las urgencias comunes de la frontera y, al mismo tiempo, expuesta a un riesgo propio por la identidad que ocultaba.

En Chile según la tradición biográfica, sirvió en el sur, concretamente en Concepción, y participó en acciones vinculadas a Valdivia, Purén y Paicaví, lugares que formaban parte de una frontera donde la vida militar se confundía con la espera, la marcha, el sobresalto y la necesidad de responder con rapidez a noticias incompletas. Allí obtuvo el grado de alférez, título que acabaría unido a su apodo y que resume mejor que ningún otro la peculiaridad de su caso, porque la antigua novicia de San Sebastián aparecía ahora como oficial en una guerra americana.

Tras su salida de Chile, la vida la lleva por Tucumán, en la actual Argentina, y por Potosí, La Plata o Chuquisaca y La Paz, en la actual Bolivia, dentro de un recorrido en el que se mezclan caminos extremos, ciudades mineras, autoridades locales, cargas, ganado y circuitos económicos vinculados a la plata. El cruce desde Chile hacia Tucumán aparece descrito en las crónicas como una marcha de hambre, frío, pérdida de caballos y compañeros muertos, una imagen que rompe cualquier intento de convertir la aventura americana en una sucesión ordenada de episodios pintorescos. Muchos desplazamientos fueron más bien ejercicios de supervivencia, con jornadas difíciles, decisiones tomadas con información escasa y una exposición continua a enfermedades, accidentes, violencia y abandono.

El episodio decisivo llegó en Huamanga, en Perú, cuando Catalina, perseguida por nuevos problemas judiciales, buscó amparo ante el obispo Agustín de Carvajal y reveló su condición de mujer. La escena fue repetida con insistencia porque reunía ingredientes que fascinaban al siglo XVII: el soldado de vida turbulenta, la antigua novicia, el secreto de su identidad y su género, la autoridad eclesiástica y la posibilidad de transformar una biografía incómoda en un caso digno de ser inmortalizado. Después pasó por Lima donde residió durante un tiempo en un convento y emprendió el regreso a España, aunque algunas versiones incluyen también una escala por Santa Fe de Bogotá, en la actual Colombia, episodio que presenta problemas cronológicos y diferencias entre el itinerario documentado y el itinerario narrado.

En España, su caso llegó a la corte de Felipe IV, donde la noticia de una mujer que había servido como soldado en América despertó curiosidad, asombro y una voluntad evidente de encauzar institucionalmente una historia difícil de clasificar. Catalina fue recibida, obtuvo reconocimiento por sus servicios y conservó el nombre público de Monja Alférez, fórmula que condensaba en dos palabras la contradicción que más atraía a sus contemporáneos. Viajó también a Roma donde la tradición biográfica afirma que consiguió autorización para vestir como hombre, y su fama empezó a circular en relaciones impresas, comentarios, comedias y relatos que fueron convirtiendo su vida en un material narrativo de enorme eficacia.

Años después regresó a América, esta vez a Nueva España, territorio correspondiente al actual México, donde aparece vinculada al transporte de mercancías con recuas de mulas, especialmente en los caminos entre Veracruz, Orizaba y la Ciudad de México. Esa etapa final tiene menos atractivo que las campañas de Chile o la revelación ante el obispo, pero quizá permite ver una dimensión más concreta del personaje, ya habituado a tratar con animales de carga, clientes, rutas, posadas, pagos y distancias. La Monja Alférez, convertida en arriero o transportista, seguía viviendo de los caminos y de una identidad pública singular, en un mundo donde la fama podía abrir puertas, generar preguntas o convertirse en una carga difícil de gestionar.

La muerte de Catalina se sitúa hacia 1650 en Cotaxtla, México, lejos del convento de San Sebastián y también lejos de los escenarios militares que habían alimentado su leyenda. Para entonces, su vida ya pertenecía tanto a la historia como al relato, porque la persona real había quedado mezclada con papeles, testigos, editores, curiosos y lectores que encontraron en ella una figura difícil de olvidar. Los países actuales vinculados a su recorrido americano son Venezuela, Colombia, Panamá, Ecuador, Perú, Chile, Argentina, Bolivia y México, aunque cada uno de esos nombres debe entenderse como una traducción moderna de territorios que en el siglo XVII formaban parte de virreinatos, gobernaciones, audiencias, puertos y rutas de la monarquía hispánica.

Catalina de Erauso, la monja Alférez, entre San Sebastián, los puertos del Caribe, las ciudades peruanas, la frontera chilena, las alturas de Potosí y los caminos de Nueva España, dejó una huella difícil de resumir donde aún hoy es recordada por su vida singular y tenaz en una época donde la aventura era patrimonio solo de hombres.

Mariajo Muñoz Leal

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