Gonzalo Castellano

Bajo el amparo del Pilar: el Milagro de Calanda

"El Milagro de Calanda", de la monja cisterciense Isabel Guerra. Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar en Zaragoza, España.

LA ESPAÑA INCONTESTABLE

LA CRÍTICA, 8 ABRIL 2026

Gonzalo Castellano Benlloch | Miércoles 08 de abril de 2026

Año del Señor de 1637, Castellón.

Era una tarde del mes de julio. El calor apretaba y Miguel Pellicer, acompañado del tradicional cantar de las cigarras, propias de los meses de calor en esa zona, se dirigía camino de vuelta a casa de su tío. Iba subido a una de las dos mulas que tiraban del carro que había cargado hasta arriba de trigo. (...)



...

Iba Miguel ensimismado en sus propios pensamientos cuando el carro debió de golpear con algún bache en el camino, lo que hizo que Miguel descabalgara y cayera al suelo, con tan mala fortuna que el carro, con todo su peso, le pasara por encima de su pierna derecha, produciéndole una fractura de la tibia.

Al enterarse su tío del desdichado accidente, llevó corriendo a Miguel hasta Valencia, donde sería ingresado en el Hospital Real el día 3 de agosto, circunstancia de la que consta su registro en un libro que aún se conserva.

Al cabo de cinco días, y sin mejora aparente, solicitó acudir a Zaragoza para ser atendido en el Hospital General de Nuestra Señora de Gracia, uno de los centros hospitalarios más reputados de la España del momento. Se sabe que llega a Zaragoza a principios de octubre de 1637 y realiza una parada previa en El Pilar para rogar por su recuperación.

Tras ser reconocido por los médicos, se procedió a la amputación —que también consta en los registros— de su pierna a la altura concreta de cuatro dedos por debajo de la rodilla. La intervención fue realizada por cirujanos experimentados del hospital, algunos de los cuales declararían más tarde como testigos del caso. La pierna sería enterrada en el propio camposanto del hospital, en un hoyo cavado a “un palmo de hondo”, en un lugar cuya localización era conocida.

En la primavera del año siguiente, Miguel, con su prótesis de madera y su muleta, abandonaría el hospital, condenado a ejercer la mendicidad debido a su minusvalía. Los siguientes dos años los pasaría pidiendo limosna a las puertas del Templo del Pilar, circunstancia que aprovecharía para escuchar misa diaria. Se ungiría también el muñón con los aceites de las lámparas a fin de aliviar el intenso dolor que soportaba.

Un buen día decidió que era hora de volver a casa en Calanda (Teruel), de donde era oriundo y donde residían sus padres —había abandonado el hogar familiar para trabajar con su tío—. Llegaría a finales del mes de marzo de 1640, pocos días antes de Semana Santa.

Su madre le preparó un camastro improvisado en su propia habitación, ya que la de Miguel estaba siendo utilizada por un soldado que se alojaba allí. Esa misma noche, a una hora comprendida entre las 22:30 y las 23:00, accedieron sus padres a la habitación para ver cómo estaba su hijo. Les sorprendió un delicado aroma al que no estaban acostumbrados y, al aproximarse, fue su padre quien, al descubrir la sábana, comprobó que ambas piernas asomaban. La pierna que había sido amputada y que ahora aparecía reflejaba también las cicatrices de su infancia: era su pierna, no había duda.

Lo único que pudo articular Miguel es que, habiéndose acostado antes de lo habitual por cansancio, había soñado precisamente con que se estaba aplicando aceite de una lámpara del Santuario del Pilar en el muñón.

En los días siguientes, la pierna no solo permaneció, sino que fue recobrando progresivamente su fuerza y movilidad, hasta permitirle caminar con normalidad.

Cinco días más tarde, el día 2 de abril de 1640, Lunes Santo, Miguel Andreu, notario de Mazaleón, levantó en Calanda acta notarial de tan impresionante hecho, documento que se conserva en el Archivo del Ayuntamiento de Zaragoza. Declararon en dicho proceso Miguel Pellicer y 24 testigos más: cinco facultativos y sanitarios —entre ellos el propio cirujano que le amputó la pierna—, cinco personas entre familiares y vecinos que habían visto la amputación, cuatro autoridades locales, cuatro autoridades eclesiásticas y seis personas diversas que también habían conocido a Miguel.

Además, se constató que en el lugar donde había sido enterrada la pierna amputada no se hallaron restos de la misma.

Solo un año después, en 1641, tras el correspondiente proceso canónico, la archidiócesis de Zaragoza dictó sentencia reconociendo el carácter milagroso del suceso.

Tanto Miguel como sus padres volverían a Zaragoza para dar las gracias a la Santísima Virgen por su intercesión. La noticia llegaría a oídos del Conde-Duque de Olivares, que a su vez lo puso en conocimiento de Felipe IV. A consecuencia de ello, viajaría Miguel a palacio, donde conocería al monarca. Este besaría la pierna restituida en señal de devoción.

Miguel volvería más tarde a Calanda y, a partir de entonces, la única referencia que tenemos es la que recoge el libro de difuntos de la parroquia de Velilla de Ebro (Zaragoza) el 12 de septiembre de 1647, que dice:

“A doce de septiembre murió Miguel Pellicer, dijo que era de Calanda, y lo trajeron aquí desde Alforque más muerto que vivo; y el que lo trajo dijo que el Vicario de Alforque lo había confesado; con todo eso lo volví a confesar y dijo algo. Y le administré el Sacramento de la Unción y se enterró en el cementerio.”

El milagro de Calanda es, sin duda, uno de los milagros mejor documentados de la historia de la cristiandad, del que consta: acta notarial, testigos múltiples, documentación médica previa —incluida la amputación—, reconocimiento público inmediato y validación eclesiástica.

Nos conforta también recordar el especial vínculo que la Santísima Virgen María ha mostrado con España, siendo que, según la tradición, su primera aparición tuvo lugar en Zaragoza, en el Pilar, donde se presentó al apóstol Santiago cuando aún vivía en este mundo. Desde entonces, esa presencia maternal ha acompañado de forma singular la historia espiritual de nuestra tierra.

Gonzalo Castellano Benlloch

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