Siempre me ha gustado mucho viajar. Pero hoy, a mis 68 abriles, pienso que probablemente ya no viajaré nunca más, al menos a lugares que requieran largas y penitenciarias horas de avión. No me cabe duda de que mi avanzada edad tiene que ver con esta pereza que me invade cada vez que pienso en aeropuertos, colas, aduanas, retrasos y hoteles, pero creo que también me inmovilizan los grandes cambios que ha producido en las últimas décadas el turismo de masas. (...)
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Desde Ulises hasta los inquietantes personajes de Joseph Conrad, el viaje ha sido siempre un ámbito vital y estético muy atractivo tanto para la literatura y el cine como para el ser humano en general. Viajar nutre nuestra cultura, relativiza o afirma nuestros valores y amplía nuestras perspectivas del mundo. Viajar es una vía de conocimiento que nos eleva por encima del provincianismo. Pero de forma exponencial, el viajero de antaño se ha convertido en el implacable turista masificado que hoy discurre en procesión permanente por muchos lugares del mundo.
El viaje tiene el gran atractivo de podernos sacar de la rutina, es decir, de la conciencia y de la lucidez. La conciencia (sobre todo “la mala conciencia”) tiene un componente moral. Como el alcohol y las drogas, el viaje nos aleja de la férrea contención que nos imponen las responsabilidades diarias al proponernos un mundo nuevo, incluso un acercamiento a una forma acaso desconocida de libertad. Yo, que he tenido la suerte de viajar bastante y de vivir ahora jubilado en Cadaqués, percibo todas esas promesas como falaces espejismos que ya no me interesan en absoluto.
Según me informa en pocos segundos el siempre solícito Chat GPT, los datos más recientes de la ONU indican que en 2025 hubo alrededor de 1.520 millones de turistas internacionales (no se cuentan los nacionales) que se movieron por el mundo. Los centros de ciudades como París, Roma o Barcelona se están convirtiendo en parques temáticos. Desaparecen las pescaderías, las carnicerías y los comercios de siempre para ser sustituidos por las tiendas de souvenirs. En la mayoría de los puestos del emblemático mercado de la Boquería en Las Ramblas de Barcelona se venden cucuruchos de paella o de tibios calamares refritos. Grandes mareas humanas se agolpan en determinados espacios considerados perfectos para hacerse egocéntricas selfies con amplia sonrisa que colgarán en las redes. Los viajes del “todo incluido” arrasan en el turismo actual. Es la democratización del viaje, otro triunfo de la clase media, cuanto más lejos, mejor. El viaje como objeto de consumo. Las fotos en Facebook certifican la posesión de ese objeto que eleva el estatus social e incrementa una supuesta felicidad envidiable. Todo esto conduce a la inquietante y veloz expansión de lo artificial, de esa progresiva tendencia globalizadora abocada a crear grandes parques temáticos, centros comerciales, cruceros o resorts cada día más parecidos a Las Vegas e incluso a Disneylandia. Lo auténtico está siendo reemplazado por el simulacro: el cartón piedra, los sabores neutros y los colores pastel se imponen sobre las tradiciones y las culturas milenarias.
Los cruceros y los resorts de la pulsera de plástico ofrecen fiestas cada noche, coloridos shows, ruidosos animadores con micrófono en mano en las piscinas y muchos restaurantes supuestamente “diferentes”. Las pulseras de plástico del “todo incluido” nos marcan con el estigma de la pertenencia a un grupo al tiempo que nos permiten comer y beber sin límite productos de dudosa procedencia. Este fenómeno imparable crea una gran paradoja: por una parte queremos pasar una semana en la exótica Tailandia, pero por otra queremos sentirnos como en casa. El turismo nace como huida de la rutina pero termina produciendo una rutina global estandarizada. La solución más comercial y segura que se ha inventado es encerrarnos en un resort y solo salir de allí con grandes autocares. El viajero de antaño caminaba por senderos y se perdía por calles sin mirar el reloj; el turista moderno se mueve en autocares y en grupos tutelados por guías de la organización que llevan un silbato y enarbolan una bandera para que nadie se pierda…. Recuerdo que en un resort en México cerca de Cancún, al tercer día de comer haciendo cola con la bandeja, pregunté a un recepcionista si podría tomar un taxi para ir a un restaurante mexicano auténtico donde comer una buena cochinita Pibil, un guacamole recién hecho, unas enchiladas o unos estupendos tacos. Su respuesta me disuadió: “Señor, ¿para qué se va usted a jugar la vida cuando aquí en el resort tiene quince restaurantes de todas las nacionalidades?”.
En su visionario libro Aprendiendo de Las Vegas, Robert Venturi ya señalaba en 1972 lo que me parece la génesis del nuevo turismo masificado. Es un libro que ha sido muy leído por arquitectos, urbanistas y sociólogos ya que Las Vegas se pone como ejemplo pionero del diseño absoluto de una ciudad artificial pensada para el comercio. Allí cada hotel tiene centros comerciales, parques de atracciones, restaurantes, casinos y espectáculos. Venturi comenta la aparición de los grandes neones y “del edificio anuncio”. La publicidad luminosa se fusiona con la arquitectura, la réplica y el artificio. En esos hoteles nos encontramos con falleras reproducciones de lugares que dan nombre al hotel: una pirámide egipcia, el Gran Canal de Venecia, la ciudad de Nueva York, la Torre Eiffel, etc. Como los resorts del todo incluido, lo que se pretende allí es que el cliente no se aleje del hotel, que consuma y pierda mucho dinero en los inmensos casinos abiertos las 24 horas del día. No tengo claro que Venturi estuviera a favor o en contra de este mundo artificial cuando nos dice en su libro: “los arquitectos deben aprender de Las Vegas, es decir, del paisaje comercial, vulgar, luminoso y lleno de signos”. Mientras que la arquitectura moderna de Le Corbusier o Mies van der Rohe buscaba pureza, funcionalidad y abstracción, Venturi nos dice: “La realidad urbana contemporánea no es pura; es contradictoria, caótica y simbólica. La arquitectura debe aceptar esa complejidad, no negarla”. Veo claros paralelismos entre este libro de Venturi y la obra de Andy Warhol cuando pintaba sopas Campbell o reiteraba imágenes de Marilyn. Ambos se toman muy en serio la estética popular y la de la publicidad. La ciudad misma de Las Vegas puede ser vista como un simbólico “oasis” en el desierto real de Nevada. Para Venturi Las Vegas no es una excepción, sino un modelo del mundo contemporáneo, ya que vivimos en una sociedad del espectáculo donde lo importante no es lo que es, sino lo que significa y se muestra en las fachadas de neón (el edificio anuncio del propio hotel, el reclamo seductor). Pero lo que nos ofrecen los resorts, los cruceros, los parques temáticos y los grandes centros comerciales no es precisamente un oasis. Allí todo parece estar envuelto por una misma atmósfera de tibieza programada, de seguridad asfixiantemente paranoica, de horarios estrictos y de prisas. “El autobús se va, el barco ya zarpa, hay que comer en quince minutos o nos quedamos sin ver la Acrópolis”.
El turista es atraído por el brillo de unas fotos que vio en la red, por unos precios, pero casi sin darse cuenta queda atrapado en un espacio artificial que no le permite conocer el país que ha ido a visitar. Da lo mismo ir a Oriente que a Occidente: donde impere la pulsera de plástico estamos condenados a vivir una misma adulteración, una misma masificación de autobuses y de tiempos programados. Se generaliza la desnaturalización de todas las gastronomías, que aparecen cada día pomposamente presentadas en “internacionales” e insípidos bufets. A esta tendencia hay que añadir lo que los sociólogos han bautizado con el término “mcdonalización gastronómica global”, es decir, el fenómeno que sustituye las cocinas locales por las diversas formas de fast food. La industria del turismo está descubriendo nuevos platos. Créame, yo los he visto y probado. Existen gazpachos de sospechoso color negro parduzco con sabor a jarabe en un crucero en el Caribe, guacamoles en polvo sin aguacate ni cilantro en un resort de Egipto y sopas de Wonton liofilizado que nos proporcionan experiencias gustativas increíbles... Además, el turista mezcla en el mismo plato de su bandeja del “bufet libre” combinaciones insólitas: espaguetis con paellas recalentadas van al mismo plato con carnes y pescados insípidos. Hay que llenar el plato, aunque luego se deje la mitad y se termine echando desde la popa a los desconcertados tiburones. La pulsera de plástico paga todo generosamente sin reparar en las cantidades.
No existe ningún vínculo emocional (salvo en Facebook o Instagram) que usted pueda llevarse de allí. Mientras unos se despiden con emocionados abrazos de los pegajosos equipos de animación que han estado trabajando toda la semana, llegan del aeropuerto nuevas caras de refresco. El turista es vigilado y castigado (algunas pulseras de plástico contienen un chip localizador con abundante información personal) desde un panóptico foucaultiano que dificulta enormemente la privacidad o el mero silencio. Y siempre llegan las prisas. A veces uno piensa en hacer huelga y esperar en el autobús sin salir, aunque por llegar tarde la catarata se quede sin luz y sin agua. Pero el grupo de la pulserita de plástico tira fuerte de todos sus miembros, los cuenta sin pudor señalando a cada recluso con el índice. Uno piensa entonces que solo les faltaría ir encadenados cantando viejas canciones de góspel… En China existe un parque temático sobre Dalí y Cadaqués. Es una ciudad que también se llama Cadaqués, con una capacidad para 30.000 mil habitantes. En sus cuatrocientos cuarenta mil metros cuadrados hay un gran centro comercial, un parque temático del surrealismo, hoteles y una escuela. Dispone de inmensos aparcamientos para coches y autocares, taquillas donde comprar las entradas, numerosos restaurantes de comida rápida, atracciones con relojes blandos, animadores disfrazados de Dalí o de torero. ¡Qué horror! A veces le entran a uno deseos de convertirse en un monje cartujo.
Un nuevo tipo de turismo está subiendo como la espuma. Se trata del “turismo oscuro” que organiza peregrinaciones masivas a lugares donde se produjeron hechos terribles. Campos de concentración como los de Mauthausen o Auschwitz se están convirtiendo en parques temáticos que visitan cada día miles de familias. Todos se hacen fotos para difundir en las redes, sonrientes, abrazados, todos quieren dar testimonio de su siniestra aventura. Áreas en donde se produjeron genocidios como el de Ruanda o catástrofes como la de Chernóbil cotizan al alza. Se trata de una macabra atracción que tiene un componente emocional muy perverso y frívolo, sobre todo para los niños. En algunos de estos lugares se organizan fiestas de Halloween que las tribus de la pulsera de plástico ya han comenzado a conquistar. Camareros y animadores aparecen con trajes en donde hay dibujados esqueletos, y se venden máscaras con calaveras; es la gran fiesta del sufrimiento ajeno y del morbo, la ceremonia masiva de la banalización del mal.
El viaje clásico implicaba encontrarse con lo distinto: otra lengua, otra comida, otra forma de percibir el tiempo. Hoy, muchos dispositivos turísticos hacen justo lo contrario al neutralizar la diferencia. El resort reproduce el mismo buffet en cualquier latitud. El crucero convierte el mar —que era lo desconocido— en decorado seguro. El destino deja de ser un lugar nuevo y se convierte en producto replicable. Espacios sin memoria, sin identidad, sin conflicto. Cómodos y extrañamente vacíos. El capitalismo ha descubierto algo brillante y triste a la vez: no vende viajes, sino sensaciones predecibles. Relax garantizado, diversión programada, aventura casi infantil. Todo calibrado para que nada esencial cambie. Porque un cambio real no sería tan rentable. Ahí aparece una paradoja delicada: cuanto más viajamos físicamente, menos viajamos existencialmente. El turista no es un impostor. Es un creyente. Cree en el cartel, en la foto, en la experiencia prevista que se autentificará en Facebook.
¿Se imagina usted lo beneficioso que sería para nuestro planeta azul que todas esas masas de turistas dejaran de viajar? Todos esos aviones dejarían de contaminar la atmósfera. El ascenso de las temperaturas es alarmante incluso en los países nórdicos. Con estas tendencias, el Báltico llegará a tener la temperatura del Mediterráneo y éste se convertirá, en verano, en un mar abrasivo que dejará sus hoteles y sus restaurantes vacíos. Ya casi nadie cabal discute el calentamiento global. En el verano pasado se llegaron a alcanzar temperaturas que no se habían conocido nunca. Es una evidente amenaza para la cadena trófica de todos los mares. Los países africanos y las zonas áridas del planeta se convertirán en sartenes donde la vida no será posible. Los sistemas fluviales y el abastecimiento de agua están en alto riesgo, millones de personas morirán de sed y de calor y quién sabe si incluso por causa de enfermedades nuevas. Las máquinas de aire acondicionado requerirán mucha más energía para evitar la asfixia generalizada, con el consiguiente incremento de la polución global y de las olas migratorias de individuos que querrán salvar sus vidas.
A veces fantaseo con una catástrofe que me lleva al género de la ciencia ficción o al de la comedia (lúcida): con el deshielo de los glaciares, ciudades de la costa como Barcelona, Nápoles o Nueva York verán sus calles convertidas en canales en donde las embarcaciones sustituirán a los coches. Una Venecia completamente sumergida y solo visitable con submarinos turísticos no se puede descartar a largo plazo. Reconducir la industria de las tribus de la pulsera de plástico hacia opciones sedentarias sería un primer paso. Se impone desmitificar y desprestigiar el viaje turístico de masas, así como fomentar la cultura de la inmovilidad. Los pronósticos científicos auguran que en torno al 2100 (si las emisiones siguen altas) muchas partes del planeta podrían sufrir periodos recurrentes incompatibles con la vida al aire libre. Llegará un día en el que quedarse en casa leyendo, escuchando música o viendo películas será, además de la forma más inteligente de pasar las vacaciones, la única manera de sobrevivir. ¡Pero vaya usted a saber!
Carlos Cañeque es profesor de Teoría Política, escritor (premio Nadal 1997), músico y director de cine.
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