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El cielo dibuja un “anillo de fuego”: el 17 de febrero llega un eclipse solar anular único en 2026

(Ilustración: La Crítica / IA)

LA CRÍTICA, 16 FEBRERO 2026

Redacción | Lunes 16 de febrero de 2026

Este martes 17 de febrero de 2026 el planeta asistirá a uno de los fenómenos astronómicos más fascinantes del calendario: un eclipse solar anular, conocido popularmente como “anillo de fuego”. Aunque no será visible desde España, el evento ofrece una oportunidad excepcional para comprender mejor la mecánica celeste y redescubrir la capacidad del cielo para asombrarnos. (...)



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El firmamento nunca deja de sorprender. A lo largo del año se suceden lluvias de meteoros, conjunciones planetarias, superlunas y eclipses, pero pocos fenómenos despiertan tanta expectación como un eclipse solar. Este 17 de febrero tendrá lugar un eclipse solar anular, una variante especialmente llamativa en la que el Sol no llega a quedar completamente oculto, sino que se transforma en un brillante círculo de fuego suspendido en la oscuridad. Y es precisamente esa imagen —un aro incandescente en el cielo— la que convierte este fenómeno en uno de los más fotogénicos y simbólicos de la astronomía moderna.

Será el primer eclipse solar de 2026 y marcará el inicio de una serie de eventos astronómicos destacados a lo largo del año. Aunque su franja de visibilidad total atravesará regiones muy remotas del hemisferio sur, su relevancia científica y divulgativa trasciende fronteras.

¿Por qué se produce un eclipse anular?

Un eclipse solar ocurre cuando la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol, proyectando su sombra sobre nuestro planeta. Sin embargo, no todos los eclipses solares son iguales. Existen eclipses totales, parciales e híbridos. El anular ocupa un lugar particular dentro de esta clasificación. La clave está en la órbita lunar. La Luna no describe un círculo perfecto alrededor de la Tierra, sino una elipse. Esto significa que hay momentos en los que se encuentra más cerca (perigeo) y otros en los que está más lejos (apogeo). Cuando un eclipse coincide con el apogeo lunar, el satélite natural se percibe ligeramente más pequeño desde la superficie terrestre. En consecuencia, no logra cubrir completamente el disco solar. El resultado es espectacular: la parte central del Sol queda ocultada, pero un borde luminoso permanece visible, formando el célebre “anillo de fuego”. A diferencia del eclipse total, en el que durante unos minutos el cielo puede oscurecerse casi como si fuera de noche, en el anular nunca desaparece por completo la luz solar. Esto implica también que las condiciones ambientales cambian menos bruscamente, aunque la experiencia visual continúa siendo sobrecogedora.

Dónde podrá verse

El eclipse anular del 17 de febrero de 2026 tendrá su franja de anularidad principalmente sobre la Antártida y el océano Austral. Esto significa que la visión completa del “anillo” estará limitada a zonas escasamente pobladas. Sin embargo, diversas regiones del hemisferio sur —como el extremo sur de Sudamérica (Chile y Argentina) y algunas áreas del sur de África— podrán observar el fenómeno de forma parcial. En Europa, incluida España, no será visible. El eclipse se desarrollará cuando el Sol esté por debajo del horizonte en la mayor parte del continente europeo. Aun así, el evento podrá seguirse a través de retransmisiones en directo ofrecidas por observatorios astronómicos y agencias espaciales.

Horario aproximado del fenómeno

Según los cálculos astronómicos, el eclipse comenzará en torno a las 09:56 UTC, alcanzará su punto máximo alrededor de las 12:12 UTC y concluirá aproximadamente a las 14:27 UTC. Como ocurre con todos los eclipses, la duración exacta y la magnitud dependerán de la ubicación geográfica del observador. En la franja central de anularidad, el efecto del “anillo” podrá prolongarse varios minutos, ofreciendo un margen considerable para la observación y la fotografía científica.

Los eclipses han fascinado a la humanidad desde tiempos remotos. Civilizaciones antiguas los interpretaron como señales divinas, presagios de cambio o advertencias celestiales. En la China imperial, por ejemplo, los astrónomos tenían la responsabilidad de predecir eclipses; fallar en el cálculo podía acarrear graves consecuencias. En Mesoamérica, mayas y aztecas desarrollaron complejos calendarios astronómicos capaces de anticipar estos fenómenos con notable precisión. En la Grecia clásica, filósofos como Tales de Mileto adquirieron prestigio al prever eclipses solares. Hoy, lejos de supersticiones, los eclipses son celebrados como oportunidades educativas y científicas. Permiten estudiar la atmósfera solar, perfeccionar modelos orbitales y fomentar el interés por la ciencia en la población general.

Ciencia detrás del asombro

Más allá de su belleza, los eclipses aportan información valiosa. Aunque los eclipses totales son especialmente útiles para observar la corona solar, los anulares también permiten estudiar variaciones en la radiación y en la interacción entre la luz solar y la atmósfera terrestre. La precisión con la que se pueden predecir estos eventos demuestra el altísimo grado de conocimiento alcanzado en mecánica celeste. Los cálculos actuales permiten determinar la trayectoria exacta de la sombra lunar con décadas —e incluso siglos— de antelación. Además, cada eclipse sirve como banco de pruebas para instrumentos de observación, satélites y modelos matemáticos. En una época dominada por la inmediatez digital, fenómenos como este recuerdan la dimensión cósmica de nuestra existencia y la precisión con la que se rige el universo.

Mirar al cielo en tiempos convulsos

En un contexto global marcado por tensiones políticas, crisis climáticas e incertidumbres económicas, los eventos astronómicos ofrecen una perspectiva diferente. El eclipse anular del 17 de febrero no alterará el curso de la historia humana, pero sí puede modificar, aunque sea por unos minutos, la forma en que contemplamos nuestro lugar en el cosmos. El “anillo de fuego” es, en esencia, un recordatorio visual de que habitamos un sistema dinámico, perfectamente sincronizado, donde cada cuerpo celeste sigue leyes físicas inmutables. Desde la distancia antártica donde será plenamente visible hasta las pantallas desde las que millones lo seguirán en directo, el eclipse de febrero se convertirá en una experiencia compartida a escala planetaria.

El 17 de febrero, mientras la Luna trace silenciosamente su órbita y el Sol continúe irradiando energía desde 150 millones de kilómetros de distancia, la geometría celeste dibujará un anillo luminoso en el extremo sur del planeta. No será visible desde nuestras latitudes, pero su significado trasciende la experiencia directa. Porque cada eclipse, visible o no, es una lección de astronomía en tiempo real. Y también una invitación a recordar que, más allá del ruido cotidiano, seguimos girando alrededor de una estrella.

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