Íñigo Castellano

Leopoldo O´Donnell: el hombre que intentó modernizar a España sin romperla

Retrato ecuestre de Leopoldo O'Donnell. Museo del Ejército. (https://ejercito.defensa.gob.es/museo/).

LA ESPAÑA INCONTESTABLE

LA CRÍTICA, 14 FEBRERO 2026

Íñigo Castellano Barón | Sábado 14 de febrero de 2026

España entró en el siglo XIX como se entra en una tormenta: sin paraguas y con demasiadas heridas abiertas. La Guerra de la Independencia abrió la herida, las guerras carlistas la mantuvieron abierta y los pronunciamientos la infectaron de intermitencia. Entre 1808 y 1874 la nación osciló entre constituciones y espadas, entre entusiasmo y decepción. En ese terreno inestable creció y actuó Leopoldo O'Donnell, militar y estadista, que quiso algo menos brillante y más difícil que una revolución: estabilidad. (...)



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La Guerra de la Independencia no fue solo una lucha contra Napoleón; fue el comienzo de una discusión interminable sobre qué era España y cómo debía gobernarse. A la Constitución de Cádiz le siguió la restauración absolutista; a la restauración, la rebelión; a la rebelión, la guerra civil. El país parecía condenado a oscilar entre el entusiasmo y la ruptura.

En ese paisaje politicamente fluctuante, creció Leopoldo O'Donnell. Nacido en 1809, hijo de una estirpe militar de origen irlandés, Linaje Real de Tyrconnell, (Irlanda) integrada desde hacía generaciones en la tradición española, aprendió pronto que la política en España no era una teoría sino una fricción. Participó en la Primera Guerra Carlista y conoció de primera mano la fractura de legitimidades. O’Donnell aprendió pronto que la política española no era una disputa académica, sino un problema de supervivencia. Aquella experiencia marcó su pensamiento: la guerra civil no es solo un episodio, es el resultado de un sistema incapaz de integrar. Si el Estado convierte la alternancia en exclusión, la exclusión se convierte en alzamiento. Una nación no puede sobrevivir si convierte cada discrepancia en una guerra. Su concepto de España no era retórico ni sentimental. No concebía la nación como una abstracción romántica ni como un simple territorio administrado. Para O’Donnell, España era una comunidad histórica que debía ser gobernada con autoridad y prudencia. No creía en la improvisación permanente. Tampoco en la dictadura como solución eterna. Defendía una idea de Estado fuerte, capaz de mantener el orden, pero sometido a la ley y abierto a la reforma. En las Cortes defendió una idea que repetía con insistencia: «El orden no es enemigo de la libertad; es su garantía». No era una frase retórica. En su pensamiento, la autoridad debía asegurar el marco donde la libertad pudiera ejercerse sin degenerar en anarquía. El liberalismo para él, no era demagogia, sino gobierno responsable; la monarquía, no era capricho, sino institución secular regulada por ley. En uno de sus discursos parlamentarios sostuvo que «los pueblos no se gobiernan con pasiones, sino con instituciones». La frase sintetiza su pensamiento. La política no debía ser campo de exterminio doctrinal, sino espacio de continuidad. La nación necesitaba tiempo para consolidar reformas, no sobresaltos permanentes. La continuidad era en su visión, una virtud cívica. Su pensamiento político giraba en torno a una tensión central: estabilidad y reforma. «La reforma sin orden es revolución; el orden sin reforma es inmovilidad», afirmó en una intervención parlamentaria. En esa síntesis se encuentra la clave de su proyecto. No pretendía petrificar España, sino evitar que cada cambio implicara ruptura traumática. El Estado debía evolucionar sin autodestruirse.

Cuando en 1854 estalló la Vicalvarada, no actuó como un conspirador movido por ambición personal. La crisis del sistema isabelino era evidente: los moderados monopolizaban el poder; los progresistas conspiraban; la Corona oscilaba entre camarillas; la administración se desgastaba. O’Donnell entendió que la exclusión sistemática era un error estructural. Si media España quedaba fuera del sistema, esa media España intentaría derribarlo. De esa reflexión nació la Unión Liberal. No fue una etiqueta electoral, sino una tentativa de síntesis. O’Donnell creía que la política no debía ser un combate de exterminio entre facciones, sino un espacio de integración. Moderación y progreso podían convivir si se subordinaban a un objetivo superior: no se trataba de diluir principios sino de ordenar prioridades. estabilidad del Estado. La Vicalvarada de 1854 no fue un gesto impulsivo sino la constatación de que el sistema isabelino se había vuelto excluyente. Moderados y progresistas no alternaban: se expulsaban. O’Donnell comprendió que sustituir una hegemonía por otra perpetuaría el ciclo. El remedio debía ser estructural: integrar para estabilizar.

Su España no necesitaba una revolución cada década; necesitaba tiempo. Tiempo para que las reformas maduraran, para que las infraestructuras se consolidaran, para que la administración adquiriera profesionalidad. El progreso sin estabilidad era humo. La estabilidad sin reforma, estancamiento. Su proyecto aspiraba a equilibrar ambas. Entre 1856 y 1863, con interrupciones, presidió el Gobierno en uno de los periodos relativamente más estables del reinado de Isabel II. No fue una edad de oro pero sí una etapa de consolisación suficiente para que ciertas políticas echaran raíces.

La expansión ferroviaria fue uno de sus símbolos más visibles. Los raíles cosieron la geografía española, redujeron distancias, conectaron economías regionales. El ferrocarril no era solo tecnología; era integración nacional. Cada kilómetro tendido afirmaba que España podía modernizarse sin destruir su tejido histórico. La Hacienda, debilitada por décadas de improvisación, exigía disciplina. O’Donnell impulsó reformas para fortalecer el crédito público y racionalizar el gasto. Comprendía que sin solvencia financiera no hay soberanía efectiva. Gobernar era también cuadrar cuentas, no solo pronunciar proclamas. La Hacienda, crónicamente débil, exigía disciplina. O’Donnell comprendía que un Estado sin crédito es un Estado sin autoridad. Impulsó reformas destinadas a racionalizar gastos y fortalecer ingresos. No eliminó todos los males financieros, pero introdujo una cultura de responsabilidad que contrastaba con la improvisación anterior. Su concepción de la autoridad se apoyaba en la legalidad. Para él, el liberalismo no significaba anarquía parlamentaria ni demagogia. Significaba gobierno responsable, respeto a las leyes, equilibrio entre poderes. Esa visión lo situaba en un punto incómodo: demasiado firme para los radicales, demasiado reformista para los inmovilistas.

La campaña de África de 1859–1860 puso a prueba su liderazgo. La guerra contra el sultanato marroquí respondió a tensiones fronterizas en Ceuta y a la necesidad de afirmar presencia exterior. La victoria en Tetuán y la entrada triunfal en la ciudad devolvieron a España un sentimiento de orgullo colectivo. O’Donnell, elevado a duque de Tetuán, no interpretó aquella victoria como licencia para el aventurerismo. Lejos de entregarse al triunfalismo, comprendió que la gloria militar debía reforzar el orden político, no sustituirlo. Comprendió que solo es útil si refuerza la cohesión interna. El entorno europeo era convulso. Italia avanzaba hacia la unificación; Alemania comenzaba a articularse bajo Prusia; Francia alternaba imperios y repúblicas; el Reino Unido consolidaba su hegemonía industrial. España no podía competir en recursos, pero tampoco resignarse a la irrelevancia. O’Donnell concebía la política exterior como extensión de la dignidad nacional. No buscaba imperios imposibles, sino respeto.

Su proyecto sin embargo, tenía límites. La Unión Liberal dependía en exceso de su figura. El sistema isabelino arrastraba problemas estructurales: clientelismo, corrupción, desgaste moral de la Corona. La estabilidad lograda era frágil, sostenida más por el equilibrio personal de O’Donnell que por una reforma profunda de las instituciones. Murió en 1867. La Revolución de 1868, que expulsó a Isabel II demostró que las tensiones latentes seguían activas. El Sexenio Democrático abrió un nuevo ciclo de experimentación política: monarquía extranjera, república efímera, restauración posterior. España continuó buscando el equilibrio que O’Donnell había intentado construir. La Unión Liberal intentó precisamente eso: ofrecer alternancia sin exclusión. Integrar sectores moderados y progresistas bajo un objetivo común: la continuidad institucional. Durante algunos años lo consiguió. La administración ganó previsibilidad, las infraestructuras avanzaron, el crédito respiró. No eran gestas espectaculares pero sí avances estructurales.

Su legado no fue una constitución duradera ni una escuela doctrinal. Fue una actitud. Gobernar el tiempo. Evitar la ruptura innecesaria. Integrar adversarios sin anularlos. Entender que la política es gestión de tensiones, no imposición absoluta. En un siglo dominado por pronunciamientos y manifiestos, su apuesta por la estabilidad fue una forma de audacia. No prometió redenciones. No ofreció paraísos. Ofreció gobierno. Quizá esa sea su mayor aportación al pensamiento político español: la idea de que la nación no se salva con gestos extremos sino con equilibrio sostenido. España para él, no era un campo de batalla ideológico, sino una comunidad que debía ser administrada con firmeza y prudencia. Las consecuencias de su labor fueron ambivalentes. A corto plazo, proporcionó continuidad y modernización parcial. A medio plazo, demostró que la estabilidad era posible en un sistema acostumbrado a la ruptura. A largo plazo, anticipó la necesidad de un modelo político capaz de integrar y alternar sin destruirse, principio que más tarde cristalizaría en la Restauración.

En tiempos de exaltación, esa moderación puede parecer tibieza. Pero sostener un país fracturado exige más coraje que incendiarlo. Leopoldo O’Donnell entendió que la verdadera épica no siempre está en la ruptura, sino en la construcción paciente. Y durante algunos años, en medio del siglo más inestable de nuestra historia contemporánea, logró que España respirara sin ahogarse. aunque breve fue el período, fue una forma de victoria. Su legado es el de un modernizador que creyó en la «dictadura de la libertad»: un ejecutivo fuerte que protegiera las leyes pero que no dudara en usar la fuerza para evitar el caos. Aunque su proyecto de centro se desvaneció con él, las bases administrativas y económicas que sentó durante el «Gobierno Largo» permitieron a España asomarse a la modernidad industrial. O'Donnell fue en definitiva, el militar que intentó convertir el sable en un instrumento de consenso, un esfuerzo épico que terminó en el silencio de Biarritz pero cuyas huellas perduran en los leones que custodian la soberanía nacional en las Cortes de España. Y en la España del XIX, eso fue una forma épica a recordar especialmente en estos tiempos.

Iñigo Castellano y Barón

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