SOLO LIBROS

Los niños también leen: Un cuento de Marga Santos Rincón

Lunes 16 de noviembre de 2015
Marga Santos Rincón es pintora, escultora y escritora y es este un cuento para niños con historias de mayores, como debe ser...

Hace muchos años, María vivía en un barrio del arrabal de una gran ciudad. Era menuda, de poco peso, su pelo negro caía sobre la frente en un gran mechón que tapaba sus lindos ojos color miel.

Era una niña feliz y siempre caminaba dando pequeños saltos, como demostrando su alegría natural. Por este detalle la gente de su barrio la llamaba cariñosamente Pulga.

Pulga siempre estaba contenta a pesar de ser de una familia muy pobre. Había días en los que apenas había un pedazo de pan que llevarse a la boca.

Eran cuatro de familia. Paco, su padre, un pintor de brocha gorda, a quien hubiese gustado ser artista pintor, con cierta cultura adquirida a base de leer todos los libros que caían en sus manos, de los periódicos que recogía en las papeleras de la calle y de ver los museos en el centro de aquella gran ciudad, a los que algún domingo visitaba acompañado de Pulga, aprovechando que ese día era gratis.

Su madre, María, a quien todo el mundo llamaba Mari, una mujer alta y atractiva que planchaba ropa por las casas, a quien le gustaba oír en la radio los seriales rosas y poco creíbles, pero que a ella le ayudaban a llevar su difícil vida. Atendía la casa cuando podía, muchas veces ayudada por Pulga, que era lista como una ardilla y rápida como una bala.

Paquito, su hermano, un chico nervioso e inestable, cuatro años mayor que ella, a quien solo le gustaba andar de golfo en la calle, hacía la vida imposible a Pulga y a su padre. Como era el ojito derecho de su madre, el niñato siempre se salía con la suya. Todas las broncas que se sucedían en aquella casa eran promovidas por el “niño” como le llamaba su madre.

Todo lo que tenían de trabajadores sus padres, lo tenía el “niño” de vago. Tenía envidia de Pulga hasta el término de pegarle cuando todavía era bebé, o de empujarle cuando bajaba las escaleras de la casa donde vivían. Un día le dio tal empujón a la pobre Pulga que al caer al suelo se le rompieron los incisivos de leche. Afortunadamente eran de leche. Esto nunca se debe hacer: los hermanos están para ayudarse, aunque alguna vez se peleen por alguna tontería.

Pero Pulga era feliz, no podía con ella la estupidez del “niño”, ni su envidia de “príncipe destronado”. Procuraba no acercarse a él pues sabía que si lo hacía siempre saldría perdiendo ella. Su madre, siempre cegada por la labia y arrumacos de su “niño”, que la convencían para que no le castigase.

Incluso un domingo, en que su madre sirvió la comida antes de que se sentaran. El “niño” se sentó el primero en la mesa, la madre salió a por algo olvidado en la vieja cocina de leña y su padre estaba lavándose las manos en el aguamanil del dormitorio. Pulga se acercaba al comedor cuando pudo ver al “niño” cómo le quitaba la comida de su plato.

Pulga, no dijo nada, sólo pensó: “¿Cómo es posible que haga eso? Mamá siempre les pone más a papá y a él”.

Efectivamente, su madre, una mujer machista donde las haya, trataba mejor a su “niño” que a Pulga o a su propio marido.

No contento con esto, el “niño”, un día, cuando se sentaban los padres en la mesa del comedor, dijo: —Pulga me ha quitado comida del plato.

La madre, sin decir nada, soltó una torta a Pulga que le volteó la cabeza.

El padre se puso de pie y dijo: —Pero María, ¿no te das cuenta de que está mintiendo? La niña tiene la boca limpia; mira la boca a este, la tiene manchada de la salsa de los callos.

La madre se puso roja de vergüenza, se le saltó una lágrima, acarició la cara de Pulga y dijo: —Anda hija, perdónale. Seguramente tu hermano tendría hambre.

—¡Como todos aquí! —exclamó el padre—. Yo también paso hambre, y tú, y la niña, pero ninguno de nosotros hacemos eso.

—Pero es que él nació azul porque casi se asfixia al nacer. ¡Menuda paliza le dieron para que llorara!

—Sí, y así quedó. Que no hay quien le aguante la mala leche que tiene. Que yo no te vea hacer eso otra vez —reprendió el padre al “niño” — y pide perdón a tu hermana.

—No pienso pedirle perdón a esa pulga greñuda. No es mi hermana, es tu hija. Además, ha sido madre la que le ha pegado.

El padre se puso de pie: —Sal inmediatamente de aquí, antes de que te suelte el tortazo que antes se ha llevado tu hermana injustamente.

El “niño” se levantó, a la vez que volcaba el plato sobre la mesa, manchando todo lo que había en ella, mientras chillaba mirando a Pulga: —¡Dáselo a esa!

El padre se levantó muy enojado, la madre se puso en medio y el “niño” salió corriendo subiendo a saltos por la carcomida escalera de madera.

El padre se volvió a su mujer y le dijo: —Mira lo que estás criando, un animal. No va al colegio y le van a expulsar, se pasa el día golfeando en la calle.

—Yo no puedo más, trabajo mucho en las casas y también llego cansada.

—Pero mira a la niña, nada que ver con él. Es trabajadora, buena estudiante y además te ayuda en la casa. Nadie tiene que decir nada de ella. Y es bastante más pequeña.

—Es que no sé qué tengo que hacer con él.

—Le has mimado mucho y siempre ha hecho lo que le ha dado la gana. Al menos, en vez de tragarte tantos seriales, vigílale por las tardes. Yo no paro en casa buscando trabajo.

—Hago lo que puedo.

—Pues no es suficiente. Mira lo que te digo: este chico es envidioso y lo que es peor, egoísta. Además tiene ira. Terminará mal si sigue así. Será una mala persona. No si yo puedo impedirlo, aunque tenga que matarle. Ya se está riendo de nosotros y es un crío.

A Pulga le tocaba hacer las camas desde bien pequeña, incluso la del vago del “niño”, y algunos recados como comprar el carbón para la vieja cocina que calentaba toda la casa.

Los domingos siempre acompañaba a su padre en los paseos por los alrededores del barrio.

Visitaban museos, se sentían en otro mundo cuando veía aquellas Vírgenes tan hermosas con El Niño Jesús entre sus brazos. También le gustaban mucho las obras de los pintores impresionistas, con aquellas pinturas donde se veían pequeñas pinceladas una al lado de la otra. Lo que más le llamaba la atención era la pintura más moderna, llamada de vanguardia por su colorido y rareza, y que su padre le explicaba: “Pulguita, esta pintura no es para entender, es para sentirla y puede gustar o no, pero es así”.

Dibujaba junto a su padre los domingos que no trabajaba. Gustaba de pintar figuras femeninas con los vestidos decorados con grandes flores. Su padre le decía: “A ver si algún día llegas a ser lo que yo no he podido: una gran artista, sigue así”. Le acariciaba la cara con ternura y le corregía lo que Pulga dibujaba.

Algunos sábados de verano se acercaban dando un paseo hacia la sala de fiestas situada entre su barrio y el bosque cercano. Pulga y su madre admiraban la elegancia de las señoras ataviadas con lindos vestidos de fiesta y joyas que relucían como el sol.

—Algún día, me gustaría llevar vestidos como esos —comentó Pulga.

—Si trabajas duro y tienes un poco de suerte lo conseguirás —contestó su madre con una sonrisa.

Su vida feliz duró justo hasta que su padre murió, cuando ella tenía diez años. El mundo se le cayó encima, era su padre y su único amigo, quien la defendía de los maltratos y bromas pesadas de aquel molesto hermano.

Su madre, forzada por la miseria y soledad que no supo soportar, se casó con Juan. Un hombre borracho que, a su vez, tenía un hijo varón: Juanjo. A partir de ese momento, Pulga se vio descuidada del todo por su madre, quien se dedicaba por completo a su nuevo marido, siguiendo los equivocados consejos que este le daba.

Pulga seguía aguantando los desprecios de Paquito el “niño” y su maltrato; a estos vinieron añadidos los insultos del hermanastro y del padrastro casi a diario. Nunca Pulga dijo nada a su madre esperando que ella se diera cuenta.

Un día Pulga ayudaba a su madre fregando el suelo de rodillas, como se hacía en aquellos tiempos, cuando su padrastro le dio tal patada en el culo que le hizo meter la cabeza en el cubo de agua. Su hermano Paquito el “niño”, lejos de defenderla le dio otra patada, que la hizo caer todo lo larga que era y todavía con la cabeza dentro del cubo.

Al levantarse mojada hasta los huesos observó que el “niño”, Juan y Juanjo se estaban partiendo de risa y se burlaban de ella. Algo que jamás debería haber ocurrido. Eso no se le debe hacer a una persona nunca y menos a la familia.

A partir de ese momento Pulga empezó a encogerse. Su espalda se fue encorvando. Solo se estiraba durante la noche, en el camastro, con grandes dolores. Su piel se llenó de manchas oscuras. Ya no daba esos saltitos trasmitiendo su alegría por lo que era famosa en aquel pobre barrio.

Pasaron tres años terribles. Siguió sin ponerse derecha desde el día nefasto del cubo de agua.

El día que Pulga cumplió quince años escuchó una conversación entre el padrastro y su hijo, a quien llamaba el “chaval”. Decían que, como regalo de cumpleaños, irían a su habitación mientras su madre dormía, para darle una paliza que nunca podría olvidar, en lo que su hermano el “niño estaba de acuerdo y exclamó: “Eso, ¡vamos a dar a esa pulga su merecido!”.

Por el tono de voz y lo bajito que hablaban Pulga se dio cuenta de que aquello no podía ser bueno ¡Cómo era posible que su propio hermano fuese así con ella! Su padre tenía razón: era malo.

Esa misma noche, Pulga puso cubos llenos de agua en el pasillo que iba hacia su habitación para que, al tropezar con ellos, poder oír cuando se encaminasen hacia ella. También puso una silla atrancando la puerta. Al oír el ruido Pulga salió por la ventana y, encaramándose a un canalón por donde caían las aguas de lluvia, se deslizó por él, pero a un metro y medio del suelo se le soltaron las manos, cayó de pie y se dañó un tobillo. Cojeando salió corriendo todo lo que el dolor le permitía.

Su madre salió al oír ruido, subió y preguntó alarmada: —¿Qué ocurre? ¿Qué ruido es este? ¿Por qué está el suelo encharcado?

—No ha sido nada, mujer —contestó Juan— es que como era el cumpleaños de Pulga queríamos gastarle una broma, pero ella se ha adelantado y nos la ha gastado a nosotros.

—Pues no son horas de bromas, son las doce de la noche. Voy a regañar a Pulga por poner todo encharcado.

—No Mari —continuó Juan— déjalo, ya limpiamos nosotros todo esto. Entre los tres no es nada.

—Claro madre —intervino Paquito el “niño” —. La pobre estará dormida, déjala.

—¡Ay hijo mío! ¡Qué bueno eres! Me voy a acostar; mañana me tengo que levantar a las cinco de la mañana. Buenas noches.

La pobre mujer se fue toda engañada sin darse cuenta de las malas intenciones de aquellas tres bestias.

Entretanto Pulga, a pesar del dolor del tobillo, salió del barrio aprovechando la oscuridad y se dirigió al bosque para allí esconderse. Al pasar delante de la sala de fiestas, aquella a donde iba a ver a las señoras elegantemente vestidas con sus largos trajes de seda, bellos sombreros y joyas. Pulga volvió a pensar que, tal vez algún día, llegaría a vestir y ser tan bonita como ellas. Al volver a la realidad siguió corriendo hasta que logró llegar y esconderse en el bosque cercano.

Al llegar al bosque cayó rendida. Oía los ruidos de las ramas al chocar entre ellas y el ulular de algún búho, el sonido de las cigarras, el croar de las ranas y el aullar de los perros —que ella creyó que eran lobos y se atemorizó—. No podía seguir, el tobillo se le había hinchado. Se sentó debajo de un árbol y se puso a llorar denconsolada. ¿Qué iba a ser de ella?

Una bella luna llena enorme, se veía en el horizonte casi a ras de suelo iluminando el lugar. Comenzó a frotarse el tobillo, pero aún le dolía más. Escuchó un ruido y al levantar la cabeza vio una enorme cucaracha que se recortaba delante de la luna y que llevaba puesto un sombrero.

—¡Ah! —gritó llena de pánico.

—No temas —le dijo la cucaracha acercándose—. Solo quiero ayudarte.

La cucaracha era un hombre, llevaba un frac y el sombrero resultó ser una chistera negra, como aquellas que alguna vez había visto llevar a los señores en la sala de fiestas o en bodas elegantes.

—Tranquila niña, no llores —le dijo con voz suave—. Veo que tienes un tobillo hinchado, déjame que te ayude.

Y antes de que Pulga contestase, rompió los faldones de su camisa en tiras y vendó el tobillo a la niña.

Cuando Pulga dejó de llorar observó que el hombre de la chistera negra tenía los ojos enrojecidos, por dentro y por fuera. Sin duda, como ella, había estado muchas horas llorando.

Pulga le contó lo acontecido al hombre y este, a su vez, le contó a Pulga que su futura esposa le había abandonado cuando estaba al pie del altar, por otro. ¿Por qué no se lo había dicho antes?

El hombre era sastre y él mismo se había confeccionado el frac que llevaba puesto.

El hombre decidió que no quería volver a la ciudad; que se iría a un país lejano y allí empezaría una nueva vida y trataría de olvidar lo que le había sucedido.

Pulga dijo que le acompañaría, a lo que el hombre se negó rotundamente. No podía hacerse cargo de una niña. Había muchos peligros para cruzar el mar en aquellos viejos barcos.

El hombre se despidió. Pulga no dijo nada pero le siguió, comiendo lo que encontraba en el bosque hasta llegar a un puerto donde había un viejo barco que zarpaba para América.

Pulga subió al barco detrás del hombre de la chistera. Alguien gritó: ¡Eh, chico! ¿A dónde vas?

Como caminaba encogida con los pelos encima de la cara, pantalones y su extrema delgadez, la habían tomado por un muchacho.

Un marinero con cara de pocos amigos la sujetó del brazo para evitar que subiera por la escalerilla del barco.

¡Déjelo! Es mi ayudante —intervino el hombre de la chistera—. Va conmigo, pagaremos lo que nos falte para su billete con nuestro trabajo.

Pulga estaba muy sorprendida. El hombre de la chistera se había dado cuenta de que ella le seguía todo el tiempo. Lo sabía. Por eso dejaba comida en el bosque, para que ella comiese. Fue ese el momento en que Pulga se dio cuenta de que la gente es buena y empezó a quererle.

La travesía fue difícil, tenía que trabajar como grumete y de vez en cuando recibía alguna patada de aquella ruda tripulación.

Solamente había un hombre de aquellos que se ponía por en medio cuando algún burro de ellos le iba a largar un porrazo: Fidel.

“¡Dejad en paz al chaval! ¿No véis que está muy delgado? Es bastante obediente, no la toméis con él”. Chillaba el corpulento Fidel y nadie se atrevía a tocar a Pulga.

—¡A ver si se estira! ¡Vaya chepa que tiene! Voy a tocársela para que me dé suerte. Ja, ja, ja, ja. Tiene la piel muy fina, parece una mujercita. Ja, ja, ja, ja.

Pulga salía corriendo, no le importaba que la golpeasen pero no dejaba que la tocasen.

Un día el hombre de la chistera negra le había recomendado: “Sigue encorvada que nunca descubran que eres una chica. Nunca nos hemos preguntado nuestros nombres. El mío es Francisco, pero todo el mundo me llama Pancho”.

—Mi nombre es María, pero todo el mundo me llama Pulga.

Te llamaré Pulguilla cuando estemos solos, es más cariñoso.

—Gracias, así me llamaba mi padre —y se le saltaron las lágrimas al recordarlo.

Tras muchos contratiempos llegaron a América, la capital de aquel país era muy parecida a la que había abandonado. Tras trabajar en todo lo que les salía, Pancho, por fin, encontró trabajo de sastre, y Pulga para chica de los recados.

Un día Pancho le dijo: “Pulguilla, ¿por qué no te recoges el pelo? Darías mejor impresión a los clientes al llevar los encargos. Eres una chica, no un chico. Ya no tienes que fingir”.

Pulga se recogió el pelo negro y dejó ver los ojos color miel. Pancho, al verle los ojos, le dijo: “Pero criatura… ¿Por qué andas siempre escondiéndolos? Son preciosos y tienes una cara muy bonita”.

Y el milagro se hizo, Pulga empezó a estirarse poco a poco, día a día, y se encontró frente al espejo como una esbelta y bonita chica, como había soñado ser tantas veces.

Todo el mundo estaba asombrado con el cambio, hasta el mismo Pancho y el corpulento Fidel que se había quedado con ellos en aquella ciudad.

Una tarde, —no había tenido que llevar ningún encargo— para distraerse Pulga dibujaba. Pancho lo vio y se quedó admirado del trabajo bonito que había dibujado Pulga. Esta le dijo que tenía más guardados, de los que pintaba los domingos, y se los enseñó. Pancho admirado de la creatividad de Pulga enseñó los dibujos al dueño del negocio, quien tuvo la idea de coser para señoras los vestidos que Pulguilla crease.

Y el negocio fue bien, tan bien que las señoras más ricas y elegantes de la ciudad encargaban la ropa allí. Subió tanto el negocio que el dueño, hombre viejo y sin hijos, propuso a Pancho y Pulga ser socios. Estos también llamaron a Fidel, que había demostrado ser un buen hombre, como encargado del almacén.

Habían pasado tres años desde la huida, una noche de luna llena cuando iban dando un paseo, Pancho le pidió a Pulga que se casase con él. Ella aceptó inmediatamente, le quería desde aquel día en el barco cuando la llamó Pulguilla.

Se casaron y eran felices, pero Pulga no podía olvidar a su madre y una noche tuvo un sueño. Su madre estaba enferma y abandonada por el borracho de su marido. Inmediatamente, de modo secreto, empezó a mandar dinero a su madre.

Por algunos contactos supieron que la enfermedad se estaba curando con el dinero que le enviaba, y que había recaído porque el “niño” había abandonado la casa con el dinero que quedaba para las medicinas. Así que la pobre mujer estaba completamente abandonada.

Pulga y Pancho decidieron tomar un barco de pasajeros para volver a ver a su madre. No podían esperar más. Llegaron al pobre barrio de donde había salido hacía tanto tiempo. La casa estaba casi en ruinas. Al tocar la puerta abrió una mujer vieja, enferma y encorvada: era su madre, no quedaba nada de aquella mujer bella, alta y atractiva de años atrás.

—¡Madre, madre, que soy yo!

La pobre mujer no la reconocía, la miraba como si fuese un marciano.

—¡Que soy yo! María, Pulga, tu hija. ¿No me reconoces?

—¡Hija mía, hija mía! Creí que habías muerto. ¡Qué alegría! Gracias Dios mío, gracias.

Durante los siguientes días visitaron a los mejores médicos. Afortunadamente, habían llegado a tiempo. Aparte de la enfermedad, la mujer había tenido una pena inmensa y el pesar de que no volvería a ver a su hija y que había mimado a su hijo Paquito siendo injusta con Pulga. Estuvo dos días llorando cuando se enteró de lo que le querían hacer a Pulga en su cumpleaños Juan, Juanjo y el “niño”.

Cuando los médicos encontraron a la enferma mucho mejor, dieron permiso a Pulga para llevársela a América. Subieron a un barco y durante la travesía Pulga supo que iba a tener su primer bebé. Se sintió bella como nunca —no por los vestidos que lucía diseñados por ella misma— sino porque de ahora en adelante todos serían felices.

FIN