Críticas de Francisco Ansón

Dedicado a los amantes de los detectives con manías (sin excepciones)

LA CRÍTICA, 11 JULIO 2022

Francisco Ansón Oliart | Lunes 11 de julio de 2022

Creo recordar que fue en 2006 cuando leí la primera la primera novela, publicada en español, de Camilla Läckberg, La princesa de hielo, protagonizada por la escritora Erica Falck y su pareja el comisario Patrick Hedström. Me gustó y seguí leyendo los siguientes títulos, siempre protagonizados por Erika y Patrick, convenciéndome de que, con Camilla Läcberg, me encontraba ante una nueva y auténtica dama del crimen, y que a diferencia de Agatha Christie, la dama del crimen por excelencia, no hacía ninguna trampa para sorprender con un final impredecible. (...)



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Sin embargo, después de leer ocho o más de sus libros, el último, sin Erika y Patrick, casi me costó terminar de leerlo, por lo que prescindí de los dos o tres siguientes. Pero al ver la nueva novela, El Mentalista, escrita a cuatro manos, con Henrik Fexeus, un experto reconocido a nivel mundial por su capacidad para interpretar, “leer” el lenguaje gestual (cabe considerarlo, en el término poco preciso, como mentalista) y cuyas obras han sido traducidas a una treintena de idiomas, con ventas que superan con mucho el millón de ejemplares, lo compré en Kindle de Amazon.

La incorporación, como coautor, de Henrick, ha sido tan necesaria como prometedora en esta última novela, El Mentalista, por cuanto el primer asesinato (Camilla siempre inicia sus novelas con un asesinato), se produce dentro de una caja de las que utilizan los ilusionistas, los “magos, para aparentar, por ejemplo, que la persona introducida en esa caja resulta necesariamente atravesada por una serie de espadas. Pero aquí, es en un cuerpo real y la mujer asesinada aparece, tras una muerte torturante, dentro de la caja atravesada por espadas en sus partes más sensibles. Los siguientes asesinatos ocurren igualmente en aparatos de ilusionistas en los que aparentemente cortan por la mitad o trocean el cuerpo de su ayudante (normalmente una atractiva mujer) pero, como digo, en esta ocasión el despedazamiento del cuerpo se produce realmente en una muerte crudelísima.

La trama se narra mediante una analepsis, ya que esa narración rompe la secuencia cronológica del relato hasta la unión de las dos historias, que me ha parecido un verdadero acierto por su magistral relación con el final. Por lo demás, añadir que la novela se lee no sólo con interés sino, en bastantes ocasiones, con pasión, y si bien, algo muy propio de Camilla Läckberg, es el de sus finales impredecibles, el final de esta novela es inferior a las otras que he leído, tampoco tiene “ni trampa ni cartón”.

Los dos protagonistas padecen dos graves manías, que los autores no califican técnicamente, pero, ya adelanto, que las dos requieren tratamiento psiquiátrico.

La del protagonista masculino Vincent, un mentalista auténtico, no como los que aparecen en las películas o series, sino un profesional que si se equivoca, por ejemplo, en la interpretación de la información o en su caso de la comunicación gestual, arriesga perder la mano o que ésta quede inutilizada durante meses. He aquí un apunte de sus manías:

“No quería quitarse los zapatos de calle, ahora que los dos nudos le habían quedado perfectamente simétricos… Dejó escapar un suspiro, se agachó, deshizo los dos nudos perfectos y se quitó los zapatos… Después fue al recibidor, se puso los zapatos y se agachó para atarse otra vez los cordones. Como era de esperar, no le quedaron tan bien como antes, pero tendría que conformarse. Salió, y cuando ya había recorrido casi todo el trecho de nieve que cubría la hierba de delante de la casa, se detuvo y se inclinó de nuevo para atarse mejor los zapatos”. (Dado que he leído la novela en Kindle Amazon no puedo citar las páginas correspondientes a las citas textuales).

A ello hay que añadir la manía que tenía por los números pares, al punto, que: “terminó el pan con mantequilla, contando cada bocado y masticando deprisa sobre todo los trozos impares”; y que si debía bajar siete escalones pisaba dos veces en el último para que fueran ocho. Incluso, en un lugar cerrado, en un ascensor, tuvo lo que los autores califican de ataque de pánico. Sólo vio un punto de luz y las paredes que se estrechaban cada vez más sobre él. Es preciso añadir unas relaciones familiares bastante desastrosas, aunque no por su culpa, dado que demuestra un gran cariño y acierto para disculpar comportamientos difíciles de hacerlo. Su hija, en una reacción patológica, decide dejar de comer. Su mujer padece celopatía y su anterior mujer se manifiesta con rasgos psicopáticos.

Por su parte, Mina, su compañera en la investigación de los crímenes:

“Cerró el grifo, salió con cuidado de la bañera y se secó a conciencia con una toalla limpia. La había lavado a 90°, con detergente y lejía… Pero Mina sabía que la sensación de limpieza era pasajera… En cuanto pisara la calle, el mundo exterior la envolvería en su suciedad… Como siempre, las bragas eran nuevas. Ya había tirado las que llevaba antes. Ni siquiera intentaba lavarlas. No había lejía en el mundo capaz de quitarles la suciedad… Jamás podría sentirse limpia…”.

Pues bien, los autores dejan constancia de la reacción tanto de Vincent como de Mina en todas y cada una de las situaciones. Es cierto que ello ayuda a conocer mejor a los dos personajes, pero la constante repetición de estas reacciones, unido a que algunas de las subtramas tienen poco interés, ralentiza la narración. Por ello, resulta presumible que algún lector al finalizar la novela considere que le sobran muchas páginas. Sinceramente, creo que no es cierto.

Conviene resaltar que a pesar del enorme esfuerzo que deben hacer, casi continuamente, los dos protagonistas para superar sus dolencias, cumplen ejemplarmente con sus obligaciones, sin un fallo, hasta llegar en algún caso, como el de Mina, ya casi al final de la novela, a la heroicidad. Estas manías, que superan una y otra vez, contribuyen a humanizar los personajes y a encariñarse con ellos. Además, como ya he adelantado, sería un error que el lector se quedara con estas aparentes repeticiones, que resultan necesarias para la correcta caracterización de los protagonistas, ya que en todas ellas se añade algún nuevo matiz.

Ahora bien, los autores saben que sus personajes, si son auténticos, se rebelan, se resisten a decir o hacer cosas que a los autores les vendría muy bien. Pero saben, igualmente, que si les obligan a decir o hacer aquello que les conviene y les resulta más fácil, en lugar de buscar, con mayor esfuerzo, otro recurso literario, el personaje en cuestión pierde credibilidad y en consecuencia también la trama o argumento. Digo esto, porque, al parecer Camilla y Henrick van a publicar otras novelas con estos protagonistas –lo que sería un acierto, dado el cariño que ya se les ha cogido en esta primera novela–, quizá merecería la pena que mejoraran algún detalle de esa credibilidad en Vincent. Por ejemplo: “Vincent no se lo tomó a mal. A diferencia de la mayoría de las personas, él no tenía las habilidades sociales naturales”. Pero, lo cierto es, que, en algunas ocasiones, Vincent demuestra una habilidad en la interacción social (con dos frases defiende a la madrastra y convence a su hijo o el diálogo con el policía que le desprecia) o justificar por qué no aplica su capacidad hipnótica, al menos en otra situación. En el caso de Mina, junto con explicar cómo con la dolencia que tiene pudo ingresar en la policía sueca, evitar algún error o indiscreción impropio de una policía.

No obstante las observaciones anteriores, dado el interés, la originalidad y lo bien urdida de la trama, lo acertadamente que está descrito el ambiente en el que se desarrolla la acción, junto con otros aciertos ya señalados, cabe concluir que se trata de una buena novela negra.

Francisco Ansón