HISTORIA Y CULTURA

Los españoles que triunfaron en la “fábrica de los sueños”

Gil Parrondo y Rico-Villademoros (1921-2016). Director artístico español ganador de dos Oscar por las películas "Patton" y "Nicolás y Alejandra". (Foto: https://www.20minutos.es/).

LA ESPAÑA INCONTESTABLE

LA CRÍTICA, 2 JULIO 2022

Hugo Vázquez Bravo | Sábado 02 de julio de 2022

Un pueblo capaz de gobernar los designios del mundo durante más de dos siglos no sólo debe ese mérito a la calidad de sus gobernantes, sino a la genialidad de muchos de sus naturales, que van aportando su granito de arena en cada faceta de la vida. Así son los españoles, sublimes en conocimiento y en el Arte, maestros en mil materias que han seguido asombrando al mundo, aun cuando nuestra capacidad de influir en él ha ido yendo progresivamente a menos. Con esa valía alcanzamos Hollywood. (...)



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La gran mayoría puede pensar que nuestra contribución se debe en exclusiva a los actores patrios que recalaron al otro lado del Atlántico, como los pioneros Fernando Rey y Sara Montiel y, tras ellos, Javier Bardem, Penélope Cruz, Eduardo Noriega, Jordi Mòlla y otros muchos más.

Todavía serán menos los que conocen la ascendencia hispana de otros muchos que han triunfado en la llamada “Meca del Cine”, como la diva Rita Hayworth, cuyo nombre de pila era Margarita Cansino; el popular Charlie Sheen, nieto de gallego emigrado al Estado de Ohio; el francés Jean Reno, a quien sus padres gaditanos pusieron el nombre de Juan Moreno; o la polifacética Noomi Rapace, cuyo padre era natural de Badajoz. Incluso otras celebridades como Hilary Swank, Raquel Welch o Eva Longoria portan en sus venas sangre de antepasados españoles, por citar tan sólo a algunos actores y actrices.

Todos ellos han tenido en común el fenómeno de la emigración, haber dejado en algún momento su tierra de manera temporal o para siempre, para alcanzar la gloria o vencer las estrecheces. Sin embargo, el milagro se produjo y hubo un tiempo en el que la propia industria del Cine fue la que acudió a España. Esto ocurrió en los años 60 de la pasada centuria, justo cuando era más necesario, cuando sus estrellas brillaban con más fuerza y los sueños que producían parecían más reales. Hollywood acudió a la piel de Toro, como dicen algunos, porque aquí el coste de las superproducciones era más asumible y dejaba mayores beneficios; aunque no es menos verdad y mucho más hermoso incidir en que hubo otros factores que sirvieron igualmente para fidelizar su presencia, como nuestro clima, la belleza y versatilidad de nuestra geografía que aportó tantos exteriores y la capacidad de contar con el apoyo de nuestros paisanos, que lograron ofrecerles todos los servicios que requirieron, también los de índole técnica. El listado de películas rodadas aquí es interminable, aclamadas series tan cercanas en el tiempo como Juego de Tronos han prolongado esta relación de amor tan estrecha entre el celuloide y nuestra tierra, como poco difundida en su conjunto. Pero de todas ellas, quizá sea justo destacar el emplazamiento del que según Tarantino se convirtió en el mejor final de todos los tiempos de una película: el cementerio de Sad Hill. El mítico enfrentamiento entre el Bueno, el Feo y el Malo que ponía fin a su historia tuvo lugar a tan sólo unos kilómetros de Santo Domingo de Silos. Dicho espacio ha sido felizmente recuperado con motivo del 50 aniversario de aquel film, con el apoyo directo ni más ni menos que del grupo Metallica, acostumbrado a iniciar sus conciertos con la pieza El éxtasis del oro, compuesta por Morricone para la ocasión.

No obstante, hay un par de historias de personajes vinculados con todo esto que merecen ser contadas por su particularidad e interés. La primera es la de un cántabro de nombre Ángel Ceferino Carrión Madrazo. Nacido en Santander, a los veinte años hubo de trasladarse a Barcelona en busca de fortuna, ya que la vivienda de su familia había ardido en el trágico incendio de 1941. De allí partió hacia Francia y del país vecino en calidad de polizón a los Estados Unidos. De Nueva York se trasladó a Los Ángeles, donde entró a trabajar en el Villa Capri, restaurante que pertenecía a Frank Sinatra y Joe DiMaggio. Por entonces ya se había nacionalizado en el país y había mudado su nombre por el de Jean Leon, mucho más sonoro a su modo de entender. Trabajando en él conoció a un grupo de jóvenes con quien compartía sus sueños y, curiosamente, aquéllos se fueron cumpliendo. Con uno de ellos, James Dean, logró abrir el restaurante La Scala. La muerte de su socio fue una conmoción, marcó a toda una generación y, sin embargo, a él le permitió asumir la titularidad íntegra del negocio. Ése pasó a ser su medio de vida, pero sus anhelos iban mucho más lejos, logrando alcanzarlos cuando en 1963 adquirió 150 hectáreas de terreno en el Alto Penedés. Allí abrió su bodega y tan sólo una década después comenzó a producir prestigiosos caldos. En 1981, otro integrante de aquel grupo de amigos, Ronald Reagan, también consiguió su meta al convertirse en presidente de los Estados Unidos y, como le había prometido, en la noche mágica de su investidura mandó servir el vino español de su marca para celebrarlo.

En cuanto a su restaurante, La Scala, pronto se convirtió en el preferido de las Estrellas. Cuando éstos querían ser vistos acudían a él embebidos de su boato, y cuando el esfuerzo de lucir era demasiada carga como para ser asumida, mucho más a diario, él les proporcionaba el novedoso servicio de hacerles llegar la comida hasta su domicilio. Suyo fue el menú que solicitó Marilyn Monroe en la noche que decidió poner fin a su vida, su última cena.

Mucho más trascendental que Jean Leon fue el asturiano Gil Parrondo, uno de los directores artísticos más valorados del séptimo arte y ganador de dos óscar y cuatro goyas. Nacido en Luarca, estudió Bellas Artes en la Real Academia de San Fernando. Entusiasta del cine, comenzó a trabajar en la realización de decorados en el año 1939. Su primer trabajo para un director extranjero lo realizo para la película Mr. Arkadin de Orson Welles y, desde entonces, coincidiendo con la producción en España de muchos de los proyectos, siguió colaborando con otros grandes como Stanley Kramer o Samuel Bronston. Orgullo y Pasión, 55 días en Pekín, Rey de reyes, El Cid, La caída del imperio romano, Espartaco, Lawrence de Arabia y Doctor Zhivago son algunas de las películas en que dejó su impronta. En España también siguió trabajando con los directores más prestigiosos, sobresaliendo la estrecha colaboración que mantuvo a lo largo de toda su filmografía con José Luis Garci.

Es una carrera tan dilatada y tantos los méritos, que bien podríamos dedicar a este personaje cientos de páginas; no obstante, recomiendo para entenderlo y disfrutar de su arte visualizar cualquiera de los documentales que le han dedicado. En las entrevistas que concedió explica sin reservas su metodología que, en lo esencial, radicó en saber jugar con los volúmenes, manejar la perspectiva mezclando la realidad y lo figurado hasta el punto de recrear con pura magia los ambientes que le requerían. Para tal fin se servía de todo recurso, de mucho ingenio y poco presupuesto. Pocos adivinan que, tras el movimiento de los ejércitos de la antigüedad en alguna de aquellas superproducciones, quizá sólo hubiese figuritas de plomo y el motor de una lavadora. También utilizaba maquetas o cristales donde practicaba sus dibujos que, superpuestos sobre un horizonte cuidadosamente elegido, completaban o corregían lo construido. De esta forma, la silueta de la ciudad de Sigüenza podía pasar a representar la de la Alhambra de Granada. Su máxima, que sólo la persistencia de lo real otorgaba la credibilidad necesaria al conjunto.

Estas pocas líneas sirven únicamente de recordatorio y homenaje, pero no hacen justicia ni a la trayectoria del anterior, ni a la densa relación que aún hoy existe entre España y el cine americano. Animo al lector a profundizar en esta Historia que, como otras que hemos venido contando en esta sección, engrandecen a nuestro pasado y a nuestro carácter como pueblo.

Hugo Vázquez Bravo