Jesús Argumosa Pila

Afganistán y el fantasma de la decadencia

(www.bbc.com / Getty Images)

LA CRÍTICA, 8 SEPTIEMBRE 2021

Jesús Argumosa Pila | Miércoles 08 de septiembre de 2021
(...) Aunque es verdad que los países que obtienen mayor beneficio estratégico del naufragio occidental en Afganistán son los principales rivales de Estados Unidos, China y Rusia, a los que se añade Irán y Pakistán, también es cierto que este acontecimiento en sí mismo no tiene el suficiente calado geoestratégico como para afirmar que se está produciendo un declive de Occidente que supondría un cambio geopolítico radical en el orden mundial. (...)

En gran parte de los medios de comunicación occidentales se ha mencionado el profundo cambio que se ha producido en la geopolítica mundial a raíz del fracaso de Occidente en Afganistán, bajo el liderazgo estadounidense. También se ha llegado a decir que este desastre supone el declive o el desplome de Occidente. Independientemente de las causas que han producido esta retirada del país asiático o cual puede ser el futuro de Afganistán a corto y medio plazo, en este momento quiero apuntar unas reflexiones sobre el nuevo escenario geopolítico que nos espera en los próximos años.

A principios del siglo pasado el geógrafo y geopolítico británico, Harold Mackinder, en su ensayo The Geographical Pivot of History, de 1904, decía que en la región Área Pivote o Heartland (Tierra Corazón), correspondiente a Asia Central y Europa Oriental, el poder terrestre tendría una mayor ventaja frente al poder marítimo por su inaccesibilidad por mar, el aprovechamiento de los rápidos medios de comunicación terrestres, especialmente los ferrocarriles, y por la explotación de los grandes recursos de la zona.

Unos años después, en 1919, fruto de unas reflexiones más depuradas, resumió su teoría en esta frase, muy repetida a lo largo del siglo XX, “quien gobierne en Europa del Este dominará la Tierra Corazón; quien gobierne la Tierra Corazón dominará la Isla Mundial (que comprende los territorios de Asia, Europa y África); quien gobierne la Isla Mundial controlará el mundo”. Esta teoría sirvió de base, inicialmente, a la política exterior británica y, posteriormente, estuvo vigente durante toda la época de la bipolaridad, coincidiendo con la guerra fría, entre Estados Unidos y la Unión Soviética, en la segunda parte del pasado siglo.

Por las mismas fechas, el historiador y filósofo alemán, Oswald Spengler, en su obra La decadencia de Occidente, publicada en dos volúmenes en 1918 y 1922, respectivamente, señalaba, en función de su morfología de la historia, que la decadencia era algo inevitable de las culturas, en su caso, aplicado a Occidente. ¿Podemos hoy hablar de la decadencia de Occidente por su retirada o fracaso en Afganistán? Hay que tener en cuenta que en Spengler apenas hay mención a América, el hemisferio occidental no entraba en su horizonte. Pero en estos momentos esto es impensable.

Decía Julián Marías, en su artículo en ABC “La sombra de la decadencia”, en 1987, que Europa y América han creado en más de 2500 años un repertorio de ideas, métodos, conocimientos,… todo lo que hace posible una vida civilizada, estimulante, generosa y creadora que no cesa de proyectar y hacerse cada día más intensa y atractiva. Occidente no se ha estancado en ninguna de sus formas, aprendiendo siempre de sus errores y superando continuamente diferentes dificultades, sin dejar de mirar hacia adelante.

En el periodo entre guerras del siglo pasado, el general alemán Karl Haushofer introdujo la teoría geopolítica que incluía la doctrina del espacio vital o lebensraum –preconizada por el geógrafo también alemán Friedrich Ratzel– en el partido nazi que fue utilizada como base ideológica por Hitler para llevar a cabo su plan de expansión territorial con objeto de apoderarse del Este de Europa.

Hoy en día, la doctrina geopolítica del espacio vital la están llevando a cabo tanto China como Rusia. China está actuando agresivamente en el Mar de China Meridional apropiándose ilegalmente de islas y atolones de dicho mar al mismo tiempo que despliega instalaciones y medios militares en contra de los derechos de los países ribereños. En cuanto a Rusia, se ha anexionado Crimea vulnerando la Carta de Naciones Unidas al mismo tiempo que está apoyando política y militarmente a los rebeldes separatistas de Ucrania Oriental. Esta actitud agresiva de ambos poderes terrestres viola el derecho internacional y constituye una muestra evidente de lo que podemos esperar en caso de que logren el liderazgo global. Estados Unidos nunca ha pretendido anexionarse Afganistán.

Se ha hablado también de que el fracaso de Occidente en Afganistán apunta al inicio de su decadencia o declive. Ante esta posible perspectiva no es un tema menor recordar la importante lección que supuso la salida de Saigón en el año 1975. A corto plazo, la confianza en Estados Unidos fue puesta en duda y sus adversarios se frotaron las manos. Sin embargo, a los quince (15 años) de la derrota en una guerra que se celebró para contener la marea comunista, Estados Unidos ganó la guerra fría y emergió como una potencia sin ningún rival.

A finales del siglo pasado, Zbigniew Brzezinski, en su obra El tablero del ajedrez mundial, señalaba que el objetivo más importante de Estados Unidos era impedir que ningún poder pudiera dominar el continente asiático, especialmente la Tierra Corazón de Mackinder. No cabe duda de que la estancia de 20 años de EEUU en Afganistán facilitaba el cumplimiento de este objetivo y ahora se vuelve a la situación existente a comienzos de este siglo. Si hace 20 años este posible poder podía ser Rusia, ahora parece claro que es China.

De las intervenciones occidentales fracasadas más relevantes de los últimos 50 años, desde la salida de Saigón, en 1975, a la salida definitiva de Kabul el pasado 30 de agosto, pasando por la guerra libanesa (1975-1990), el conflicto de Libia de 2014, el error político-estratégico de USA en la guerra de Irak o la pasividad de Barack Obama en la guerra de Siria cuando Bachar al-Assad bombardeó a su propio pueblo, sin duda, los que más impacto han originado en el tablero geopolítico internacional o en la perspectiva de la decadencia de Occidente han sido las guerras de Vietnam y de Afganistán.

Aunque es verdad que los países que obtienen mayor beneficio estratégico del naufragio occidental en Afganistán son los principales rivales de Estados Unidos, China y Rusia, a los que se añade Irán y Pakistán, también es cierto que este acontecimiento en sí mismo no tiene el suficiente calado geoestratégico como para afirmar que se está produciendo un declive de Occidente que supondría un cambio geopolítico radical en el orden mundial.

No hay que olvidar que, con independencia de que el dominio del ciberespacio y de las tecnologías emergentes será un factor clave en el liderazgo mundial de la primera mitad de este siglo, es preciso resaltar que, en 2019, el PIB de Occidente (EEUU más la UE) era de unos 37 billones de $ frente a 16 billones de $ de China más Rusia, es decir, claramente más del doble a favor de Occidente. Asimismo, el gasto de defensa de Occidente, en 2020, fue de 958.000 millones de $, en tanto que el de los dos países rivales fue de 253.000 millones de $, cuatro (4) veces menos. Una sustancial ventaja de Occidente en ambos indicadores.

En definitiva, el fracaso en Afganistán no va a ocasionar un cataclismo en el sistema geopolítico internacional en el que estamos viviendo ni tampoco va a producir la decadencia de Occidente en tanto en cuanto los dos principales rivales de Occidente, China y Rusia, no disponen de voluntad, de estructura político-estatal, de capacidad de establecer alianzas o de la posibilidad real de asumir el liderazgo mundial. La decadencia de Occidente sigue siendo un fantasma.

GD (R) Jesús R. Argumosa Pila

Santander, 7 de septiembre de 2021