Manuel Pastor Martínez

Persona y Sistema: Franco y el Franquismo

CRÍTICA DE LIBROS

Manuel Pastor Martínez | Domingo 04 de octubre de 2015
Estas notas constituyen una reflexión personal y autobiográficamente “patriótica” –ya que, como sostenía E. M. Rilke, la verdadera patria del hombre es su infancia, y la mía transcurrió en la España de Franco– a propósito de las obras de Stanley G. Payne y Jesús Palacios, Franco. Una biografía personal y política, Espasa, Madrid, 2014, 813 páginas; y de Carlos Pulpillo Leiva, Orígenes del Franquismo. La construcción de la Nueva España (1936-1941), CSED, Astorga, 2014, 814 páginas.

Pretende ser una “crítica de la crítica”, que en este caso no es, como decía irónicamente Marx, solo la de los ratones. Para las personas de mi generación, nacidas en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial e inicios de la Guerra Fría, cuando la Guerra Civil española era ya un recuerdo lejano -o así nos lo parecía- de nuestros padres y abuelos, Franco y el Franquismo (persona y sistema) fueron los referentes absolutos, nos gustaran o no, de nuestra verdadera patria. No se elige nuestro origen, sino –y no siempre es posible– nuestro destino. Ahora bien, como reza un dictum popular políticamente incorrecto, quien antes de los treinta años no es socialista no tiene corazón, pero quien después lo sigue siendo no tiene cerebro.

En mi caso particular, con el uso de razón en mi tierna juventud y hasta los treinta fui fiel al dictum. Mi cultura política determinó mi anti-franquismo, pero en la madurez mi gradual distanciamiento del socialismo me permitió seguir siendo crítico del franquismo desde otra perspectiva, liberal-conservadora, paradójicamente similar a la crítica del propio socialismo: la del anti-estatismo desde la sociedad civil. En otras palabras, asumí una valoración crítica pero más positiva o equilibrada del legado histórico de Franco y del Franquismo, en la que ambos se me antojaron como un mal menor, históricamente temporal, desde la experiencia trágica de la Guerra Civil: el autoritarismo franquista (nacionalista-católico) frente al totalitarismo social-comunista (internacionalista-ateo), que permitiría una transición relativamente ejemplar, larga pero sin traumas, a la democracia liberal.

Persona y sistema. Stanley G. Payne es en mi opinión el más importante y prolífico historiador hispanista que ha investigado, además, a Franco y al Franquismo. Sobre la persona –siempre contextualizada por el sistema- destacan, aparte de la presente biografía escrita con Jesús Palacios, otras que publicó en solitario en fechas ya lejanas, como Franco´s Spain (1967) y Franco, el perfil de la historia (1992). Sobre el sistema, entre otros trabajos, hay que destacar su magnífico libro El Régimen de Franco (1987), y concerniente a la naturaleza interna y externa del mismo, respectivamente, Franco y José Antonio. El extraño caso del fascismo español (1998), el más reciente, Franco y Hitler (2008), y los capítulos pertinentes al dictador en su magistral España. Una historia única (2008). Se echa en falta una monografía, para la que el profesor Payne estaría especialmente indicado y cualificado, sobre las relaciones entre la España franquista y los Estados Unidos (asunto ya explorado por eminentes historiadores norteamericanos de pasadas generaciones –H. Feis, W. Beaulac, A. P. Whitaker, S. F. Bemis, C. Hayes- y posteriormente por algunos discípulos del propio profesor Payne, como P. Willson y J. Coverdale).

Jesús Palacios, periodista e historiador “freelance”, tiene un acreditado curriculum como especialista en el Franquismo (aparte de sus investigaciones, hoy todavía no superadas, sobre el 23-F), concretamente, los gruesos volúmenes Los papeles secretos de Franco (1996), La España totalitaria (1999), Las cartas de Franco (2005), y Franco y Juan Carlos (2005).

Ambos, Payne y Palacios, asimismo habían abordado la empresa de una nueva aproximación, con fuentes originales e inéditas, a la persona de Franco –a través del testimonio de su hija Carmen Franco- en el libro conjunto Franco, mi padre (2008).

En la última obra de Payne y Palacios, aunque subtitulada “Una biografía personal y política”, se trata de una eficaz y exhaustiva síntesis sobre la persona (Franco) y el sistema (el Franquismo). La de Pulpillo, como justamente reza el título, trata exclusivamente sobre el sistema franquista en su etapa fundacional, analizada desde los textos de un boletín oficial de propaganda, El Noticiero de España (1936-1941), un total de 208 números con periodicidad semanal, 2.319 artículos de importantes colaboradores literarios, algunos –y esto es destacable- con sólida formación historiográfica o jurídico-política, y mayoritariamente de origen católico-conservador: entre muchos otros, Alfonso García Valdecasas, Antonio Ballesteros y Beretta, Camilo Barcia Trelles, Eugenio D´Ors, Eduardo Marquina, Eugenio Montes, Justo Pérez de Urbell, Gerardo Diego, Isidoro Martín, Jesús Pabón, José María Pemán, Julio Camba, Luis María de Lojendio, Manuel Aznar, Manuel Ballesteros Gaibrois, Manuel de Falla, Manuel García Morente, Manuel Machado, Manuel Torres, Melchor Fernández Almagro, Pío Baroja, Ramón Serrano Súñer, Wenceslao Fernández Flórez, etc.

La obra de Payne y Palacios tiene, entre otros muchos méritos, el de ofrecernos sin caer en la hagiografía, un retrato personal de Francisco Franco. Probablemente por vez primera debido a historiadores rigurosos, que evitan siempre la apología o descalificación gratuitas del personaje histórico y nos hacen una descripción muy plausible de la persona, utilizando convenientemente los testimonios de la hija del dictador, Carmen Franco.

En los años que siguen a su consolidación y su cénit (la década de los cincuenta), y especialmente en los últimos de su vida, Franco siempre recordará los inicios de su carrera militar en Marruecos con nostalgia, comentando que fue el tiempo “cuando yo era persona” (Payne-Palacios, página 447). Su propia hija reconocerá que la Guerra Civil y los años de posguerra le transformaron, que dejó de ser persona y se convirtió en personaje, al tiempo que se construía y se consolidaba el sistema.

Curiosamente recuerdo mi infancia y adolescencia (los cincuenta y los sesenta) como una época relativamente feliz, en ningún caso con la imagen de un Franco como ogro dictador “totalitario” que luego me encontré en la Universidad Complutense de Madrid. Franco siguió siendo, para mí, una especie de abuelo autoritario o dictador paternalista, y tengo que reconocer que –aunque me integré en la oposición moderada contra el sistema franquista- los recuerdos de mis compañeros más o menos pertenecientes al “franquismo sociológico” (de las derechas franquistas –no los falangistas, a los que tenía alergia- y las derechas monárquicas juanistas o juancarlistas) son mucho más positivos que los más siniestros, antiliberales y antidemocráticos, que conservo de los de izquierdas (socialistas, comunistas y extrema izquierda, incluyendo los terroristas). Aunque mi familia era de la clase trabajadora, nunca me sentí discriminado (al contrario, obtuve pruebas de su amistad sincera) por parte de mis compañeros y compañeras de la alta burguesía e incluso de la aristocracia, cuyas familias estaban obviamente vinculadas al sistema. Puede que sea una experiencia singular y subjetiva, pero creo que es significativo de la cultura abierta y liberal que se había generado en la sociedad civil española bajo el desarrollismo franquista.

Muy recientemente la nueva directora de la Real Academia de la Historia, Carmen Iglesias, ha anunciado un “gran descubrimiento científico” sobre el Franquismo: que “no hay duda que fue una dictadura” (El País, Madrid, 8 de abril de 2015, página 33). Con tal anuncio ha tratado de poner fin a la absurda polémica desatada en 2011, especialmente en la prensa progre liderada por El País, a propósito de un artículo sobre Franco del historiador Luis Suárez para el Diccionario biográfico español de la RAH. He abordado la cuestión en un largo ensayo (“Autoritarismo y Totalitarismo en la tradición del pensamiento católico”, en el Libro Homenaje al profesor Ramón Cotarelo, Akal, Madrid, 2015, pendiente de publicación), y en otro más corto (“El pensamiento liberal de Miguel de Unamuno frente al autoritarismo”, en kosmos-polis 2014, y con ligeras modificaciones en la revista Astorica, 33, Astorga, 2014, páginas 151-171), pero no puedo reprimirme de invitar a la directora de la RAH a que también reconozca la adhesión al Franquismo – después de su militancia fascista en Falange Española, y antes de su final conversión a la democracia liberal- de su admirado maestro don José Antonio Maravall, algo que no nos contó en su sentido artículo homenajeándole con motivo del centenario de su nacimiento (El Mundo, Madrid, 13 de junio de 2011).

La polémica sobre la naturaleza del régimen de Franco (Autoritarismo o Totalitarismo), a mi juicio, ha quedado definitivamente zanjada por la magistral descripción y definición que nos ofrecen Payne y Palacios: “Nunca lo arriesgó todo a una sola jugada o a una posición fija, aunque esto no oculta el hecho de que sus principios básicos jamás se vieron comprometidos: autoritarismo, monarquismo, tradicionalismo religioso y cultural, una política económica desarrollista y nacional, el bienestar social y la unidad nacional. Friedrich Nietzsche apuntó que todo lo que tiene una historia no puede definirse. La definición o simple descripción del régimen de Franco se complica enormemente por sus dos metamorfosis, que dividen el régimen en tres períodos:

  • La fase pseudofascista y potencialmente imperialista de 1936-1945.
  • El período del nacionalcatolicismo corporativo entre 1945-1959.
  • El período llamado de desarrollismo tecnocrático, poo a poco evolucionando hacia un autoritarismo burocrático de 1959-1975.
  • Durante los primeros seis años, Franco declaró que su régimen era “totalitario”, pero ese lenguaje se abandonó a partir de 1942, y un año después comenzó un ambiguo e intermitente proceso desfascistización. En 1956, un crítico tan duro como Herbert Mathews no lo definió como fascista, sino como “fascistoide”. Y en la década de los sesenta, aunque pareciera excesivo, los analistas utilizaron términos como “régimen autoritario”, “corporativismo”, “autoritarismo conservador” e incluso “pluralismo unitario limitado”. En los últimos año de Franco, varios especialistas en política latinoamericana escribieron que el corporativismo era el sistema político-económico “natural” del mundo hispano-luso (…) En una formulación ya clásica, Juan Linz o definió en 1964 como un “régimen autoritario” institucionalizado, no fascista.” (Payne-Palacios, páginas 636-637).

    La obra de Pulpillo, por tanto, se centra en la primera fase del Franquismo, la “pseudofascista y potencialmente imperialista” según Payne-Palacios, y concretamente en la sub-fase retórica y equívocamente denominada “totalitaria” (1936-1941), aunque el autor nos proporciona suficientes elementos para explicar, incluso en aquellos años duros de la Guerra Civil y de los inicios de la Guerra Mundial, la evolución posterior e irreversible del Franquismo hacia un “nacionalcatolicismo” de un tipo autoritario conservador (que algunos han denominado “fascismo clerical”), más moderado que los radicales, seculares y en última instancia anticatólicos modelos italiano o alemán. Como el autor subraya en las conclusiones: “Para el nacionalismo de la Nueva España eran sinónimos los conceptos de español y católico. Estado e Iglesia funcionan pronto como un maridaje beneficioso para ambos” (Pulpillo, página 787). No deja de sorprendernos muy positivamente el trabajo riguroso, sistemático y bien estructurado, en definitiva ejemplar, de este joven investigador e historiador perteneciente a una novísima generación universitaria española.

    Al contrario del inexplicable título de una obra de Enrique Moradiellos (Francisco Franco. Crónica de un caudillo casi olvidado, Biblioteca Nueva, Madrid 2002), parece que la literatura sobre Franco y el Franquismo sigue siendo un torrente caudaloso e ininterrumpido. Una muestra: solo en la última década, por ejemplo, precediendo a las obras recientes de Payne-Palacios y de Pulpillo, merecen recordarse las de A. Blanco Escolá (2005), J. Díaz Nieva y E. Uribe (2005), C. Molinero (2005), J. L. Rodríguez Jiménez (2005), L. Suárez Fernández (2005), J. Tusell (2005), J. L. García Delgado (2006), J. Tusell (2006), R. Abella (2006), J. Gracia (2006), J. Vivanco (2006), R. Carr, S. G. Payne y otros (2007), E. Moradiellos (2007), L. Palacios Bañuelos (2007), A. C. Moreno (2008), S. G. Payne (2008), S. G. Payne y J. Palacios (2008), P. Preston (2008), M. A. López Zapico (2008), J. M. Cuenca Toribio (2008), D. González Madrid (2008), A. Reig Tapia (2008), M. Álvaro (2009), J. Cuesta Bustillo (2009), M. Ros Aguado (2009), E. Sáenz-Francés (2009), Z. Box (2010), M. C. Ferraris (2010), G. Morales (2010), J. Prada (2010); últimamente R. Cancio (2011), J. R. López Bausela (2011), P. Preston (2011), y en especial Luis Suárez Fernández, Franco. Los años decisivos, 1931-1945 (Ariel, Barcelona, 2011), Luis Palacios Bañuelos, El franquismo ordinario (Akrón-CSED, Astorga, 2011), Laura Zenobi, La construcción del mito de Franco (Cátedra, Madrid, 2011), Sara Núñez de Prado Clavell, Las armas ideológicas de Franco (Salisbury, Madrid, 2013), Luis Palacios Bañuelos, Franco-Mao 1973 (SCED, Astorga, 2013), M. A. Ruiz-Carnicer, Falange. La cultura política del fascismo en la España de Franco, 1936-1975 (Fernando el Católico, Zaragoza, 2013), Ferrán Gallego, El Evangelio Fascista. La formación de la cultura política del franquismo (Península-Crítica, Barcelona, 2014), Joan M. Thomàs, El Gran Golpe. El caso Hedilla o cómo Franco se quedó con Falange (Debate, Barcelona, 2014), y el más reciente de Pío Moa, Los mitos del franquismo (Esfera de los Libros, Madrid, 2015).

    La persona Franco, como dictador (1936-1975), y el sistema Franquista, legalmente (1936-1976), prácticamente son coincidentes, prolongándose el último un año más hasta la Ley de Reforma Política (1976) del gobierno de Adolfo Suárez, con que se inicia la modélica Transición española. Otra cuestión es la Consolidación democrática que, a mi juicio, sigue pendiente entre otras razones por una muy profunda, que los politólogos, sociólogos y antropólogos deben investigar a fondo: la persistencia de una cultura política heredada del Franquismo. La autocracia ha sido suplantada por la partitocracia y, como consecuencia, la corrupción generalizada, con una palpable carencia o deficiencia del “imperio de la ley” y la inexistencia de una “separación de poderes”, han anegado el sistema democrático (iniciado pero no consolidado) del posfranquismo.

    Estas reflexiones se proponen complementar, desde una perspectiva politológica, las críticas historiográficas que acertadamente ya se han hecho a ambas obras, especialmente exhaustivas, siempre positivas y elogiosas en el caso del libro de Payne y Palacios, por parte de autores como W. Laqueur, O. Ruiz Manjón, G. Elorriaga, R. García Cárcel, S. Mallo, J. Ors, T. De Micheli, etc.

    Ambas obras, de Payne-Palacios y de Pulpillo, abundan en la demostración empírica de un caso histórico singular que pudiera tipificarse comparativamente como autoritarismo, si no fascista, “fascistoide” (según H. Matthews en 1956) o “fascismo genérico”, si no “paradigmático”, según las tipologías desarrolladas por autores como Jonah Goldberg (Liberal Fascism, New York, 2007), David Horowitz (Islamo-Fascism and the War against the Jews, Los Angeles, 2014), Walter Laqueur (Putinism. Rusia and Its Future with the West, New York, 2015), o Joaquín Martínez de la Rosa (“Dirty Little Secret: ¿el fascismo-leninismo?”, kosmos-polis, 2015). Es un tema de interés histórico y político-comparado: el fascismo genérico, y las múltiples formas de dictaduras o autoritarismos con rasgos “fascistoides” (en un espectro amplio en el que caben desde el blando “Fascismo liberal” de J. Goldberg, o “Fascismo progresista” según yo mismo he traducido y empleado, hasta el duro “Islamo- Fascismo” de D. Horowitz y el “Fascismo-Leninismo” que ha postulado J. Martínez de la Rosa como hipótesis de trabajo). Si estos enfoques y análisis pudieran parecer un tanto paradójicos o excesivamente excéntricos, ofrezco al lector dos curiosas citas de autoridad sobre la comparación del sistema Franquista con otras dictaduras muy distantes histórica, geográfica y culturalmente:

    “(Franco) Inició un riguroso programa de autarquía económica para después entregarse a un capitalismo más liberal, inventando el modelo chino avant la lettre.” (S. G. Payne y J. Palacios, Franco… 2014, página 649).

    “Comparisons with the clerical fascists regimes in Europe during the 1930s, with Francisco Franco´s Spain or with some of the dictatorships in the developing countries after the WWII seen closer to the mark.” (W. Laqueur, Putinism… 2015, página 3).