Félix Ballesteros Rivas

Confianza, ahorro y trabajo. Triángulo irregular

Foto: https://www.animalgourmet.com/

Agente provocador

LA CRÍTICA, 24 MAYO 2020

Félix Ballesteros Rivas | Domingo 24 de mayo de 2020

Si el sector de la hostelería ha perdido mil millones, por poner una cifra cualquiera, resulta que sus Clientes se han ahorrado esos mismos mil millones… ¿Verdad que en confinamiento se ahorra?

Las muertes y sufrimientos físicos no tienen vuelta de hoja: sólo podemos lamentarlos, interiorizarlos, tratar de superarlos en la medida de lo posible y seguir adelante. Lo del lado económico, sin embargo, es muy matizable: no está tan claro que todo sean pérdidas. (...)



... En estos tiempos de Pandemia, inmediatamente detrás de los justos lamentos por fallecimientos y dolores, justo detrás (y a veces delante), se pasa revista a las enormes pérdidas económicas provocadas por la Covid-19. Pero no toda esa cantidad de millones son pérdidas netas, no es dinero que se gaste, que desaparezca de la Sociedad, sino que es dinero que, en lugar de acabar en unos bolsillos, se ha quedado en otros. Ha sido por las malas, cierto, pero el caso es que la gente de a pie hemos tenido muchos menos gastos en estos días. Lo de ahorrar, por supuesto, parte de la premisa de que se hayan mantenido los ingresos, cosa utópica en demasiados casos. Claro que, ese dinero que se ha dejado de ingresar, otros se lo han ahorrado a su vez, etc.

En conjunto, ¿eso es bueno?

La respuesta es compleja, y cualquier simplificación acaba en desastre, porque hablamos de los Fundamentos de la Economía. Y un adelanto: a la postre la clave es si confiamos en nuestro futuro.

Dejadme empezar con un cuento muy antiguo, de cuando se empezó a entender la Economía como una Ciencia:

Érase una vez dos emprendedores muchachos que, ante la inminencia de un día de carreras de caballos en las afueras de la ciudad, se lanzan al negocio de comprar un barril de cerveza, llevarlo a la puerta del hipódromo, y venderla al público que llegase. Hacen cuentas, y llegan a la conclusión de que vendiéndola a dos peniques la jarra, es un buen negocio, y es un precio competitivo.

Cargan el barril en una carretilla, y emprenden el camino que, con ese peso, resulta ser muy largo. Uno de ellos, sudoroso, le da a su compañero el penique que le corresponde por la venta de cada jarra, y se bebe una. Unos pasos más allá, es el compañero el que le devuelve el penique y se bebe otra jarra. El camino es largo, el sol aprieta, y el penique va cambiando de bolsillo una y otra vez hasta que, al llegar a la puerta del hipódromo… no queda cerveza en el barril.

En otras palabras: si el dinero se mueve, da para mucho más que si se queda quieto.

Si lo que cobramos el primero de mes nos lo gastamos en dos semanas, pero ganamos otro tanto en ese plazo, y nos lo volvemos a gastar, etc… estamos multiplicando el movimiento económico, y ‘comprando’ (disfrutando) más cosas. Evidentemente, eso depende de que podamos ganar el doble de dinero, sin más que esforzarnos el doble, y, desgraciadamente, eso no es posible más que en el paraíso de los economistas ultraliberales.

Pero es ilustrativo de uno de los extremos de la idea.

En el otro extremo, si no gastamos nada, evidentemente ahorramos, pero los que dejan de ingresar nuestros gastos, el hostelero, el fabricante de coches, el del kiosco (si es que queda alguno), etc., no tendrán ingresos, no pagarán nada a su vez, etc., y, en algún momento, cerrando el círculo, quien le está pagando a ese primer ahorrador, se quedará sin ingresos, porque aquel hostelero, kiosquero, etc. no gastarán tampoco (al menos desde el punto de vista de la economía están muertos) y dejarán de pagarle al que pagaba al que a su vez pagaba… al que tanto ahorraba. Ese es un panorama de economía fría, congelada, muerta.

Por eso las Crisis económicas parten del miedo a una crisis, miedo que provoca que la gente ahorre en exceso… y provoca la Crisis.

Pero es que, si la solución empieza por que yo suelte mi dinero, tienen que darme la confianza de que, después de dar una vuelta por la economía de la Sociedad, ese dinero volverá a mi bolsillo; sin menguas, incluso con ganancia. Si no me lo dejan claro, no lo suelto.

El difícil y complejo trabajo de los dirigentes (no sólo gobiernos, también los grandes empresarios tienen una responsabilidad significativa en la dirección de la Sociedad) es generar esa confianza, conseguir una situación de movimiento, aunque sea con límites de velocidad. Y por eso el siempre presente mensaje de que ‘no hay crisis, todo va bien, la Vida es Bella’ del coro de los gobernantes y empresarios.

También de ahí la permanente tensión coral entre la cuerda de empresarios (me dejen moverme, que eso crea riqueza) y la de los los gobernantes (no te muevas tan deprisa, que dejas a mucha gente atrás)

O lo que decía hace poco Lluís Bassets: “Anarquistas en la opulencia, estatalistas en la miseria “. Cuando las cosas van bien, el Estado es un estorbo; cuando van mal, es la tabla de salvación.

Pero el Estado tampoco puede caer en la tentación de pensar que los ciudadanos, incluyendo los empresarios, cumplen órdenes. Ni siquiera cumplen los planes.

Para que una persona (incluso un empresario) haga algo, lo que sea, tiene que salir ganando; en el peor de los casos, la ganancia puede consistir en no ir a la cárcel, pero no ese no es un buen planteamiento para hacer negocios. De igual manera, no se puede exprimir en exceso el bolsillo de los ciudadanos, porque, lo mismo que los ciudadanos trabajadores que han emigrado a Alemania en tiempos de crisis (es duro, pero se considera un derecho de las personas), los ciudadanos empresarios no tienen gran inconveniente en invertir su patrimonio en otro sitio.

Los empleos no crecen en los árboles, sino en las empresas que, al igual que los árboles, necesitan un terreno firme donde echar raíces (en su caso, un entorno legal estable y fértil que les de confianza), para a continuación ser regados con regularidad, y no ser sobreexplotadas en exceso, pues si se secan, no sirven más que para leña.

Cuando el dinero no se mueve, no circula, cuando el agua no riega los árboles, hay que regarla de manera artificial: estímulos, subvenciones, préstamos…

Y aun así, por mucho que lo utilicemos, y por crítico que resulte en una crisis como la del Covid-19, en Europa prácticamente no se fabricaba, hasta hace unos días, un elemento tan aparentemente lucrativo como el paracetamol. Curioso y llamativo, ¿verdad?

Los gobiernos arengan a los empresarios con soflamas industrialistas, pero hasta que no resulte más beneficioso fabricar paracetamol en Europa (porque los costes laborales y sociales son altos y el precio de venta limitado, por ejemplo), la situación no cambiará. Y lo mismo los coches, sus baterías, los barcos, la ropa, la electrónica o cualquier producto químico. Además, a ningún votante le gusta tener una factoría química frente a su ventana, así es que una manera primaria de ganar unos votos es quitar la fábrica de allí; los trabajadores de la fábrica votarían en contra, pero como se tienen que ir a otro sitio… votan en otro sitio.

Y si un gobernante tiene la típica idea de que basta con poner en un papel un plan de industrialización para que los ciudadanos con dinero lo gasten en poner una fábrica de paracetamol, se encontrarán con que hace falta algo más que dar órdenes: también hay que regar y abonar el terreno para que echen raíces las empresas.

Una hija nuestra, poco más que un bebé entonces, cuando pasábamos una mala racha en la familia, se acercó a su madre y le dijo “mamá, no te preocupes, que yo te compraré un trabajo verde “. Creía ella, como algunos políticos, que los puestos de trabajo se manejan como los jamones en una carnicería, y que incluso se podía elegir uno de un color bonito. Pero resulta que es un poco más complicado. Ahora vive en Alemania.

Y no: yo no tengo la solución. Lo malo es que parece que la mayoría de los políticos que hemos votado tampoco la tienen, porque para eso tendrían que infundir Confianza.

Félix Ballesteros Rivas

24/05/2020

agente.provocador.000@gmail.com