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De héroes a villanos

Alta de un paciente de coronavirus en Ifema. (Foto: Telemadrid)

LA CRÍTICA, 25 ABRIL 2020

Paz Martínez Alonso | Sábado 25 de abril de 2020
Cuarenta y dos días de confinamiento. Continúan los aplausos, pero por el contrario hemos comenzado a renegar de nuestros vecinos, trabajadores de alto riesgo que regresan de sus trabajos con la única intención de contagiarnos este maldito virus. Todos ellos son héroes. ¿O no? ¿O simplemente cumplen con sus trabajo? Bueno si eso les seguimos dando las gracias, pero por aquí que no vengan. (...)

... Algunos de esos trabajadores, la grandísima mayoría agradecen de corazón el cotidiano reconocimiento de las ocho de la tarde. Otros, un par de ellos solamente, embriagados de popularidad, de osadía y de insolencia se creen ya con derecho a todo y vigilan a sus vecinos como sus vecinos los vigilan a ellos y les increpan si van o vienen con la compra de algún familiar, si sacan al perro o se asoman a las ventanas o a las puertas de sus casas a comprar el pan, maniobras con las que el ser humano común desprecia la heroicidad con la que están salvando el mundo. Y es que héroe o no, el miserable vuelve siempre a su miseria.

Durante los primeros días de confinamiento los pueblos a salvo del virus defendían sus fronteras para que ningún urbanita se les colora y les pusiera en peligro la cuarentena. Muchos de los que increpaban insultos a cualquiera que estuviera instalado en una segunda residencia, desde antes de ser decretado el estado de alarma alegando la necesaria salvaguarda de la salud del mundo rural, se desplazan ahora a hurtadillas los domingos a comer paella con los abuelos porque ya se les hace pesado vivir en la ciudad más cercana sin poder ir al pueblo. ¡Si solo está a dos pasos y no nos vamos a cruzar con nadie! Eso sí, vamos a vigilar muy bien que nadie más se salte el confinamiento porque no hay derecho.

Héroes convertidos en villanos al más puro estilo de los comics de Marvel. Y es que en época de crisis todas las miserias quedan al descubierto. La locura se apodera de nosotros y nadie tiene el rasero de lo que está bien y lo que está mal.

Vamos de un extremo a otro sin vacilación alguna empuñando cualquier idea con el brazo en alto como una verdad universal y lo que es más jugoso todavía, todos, absolutamente todos sabemos cómo salir de esta. ¡Si nos escucharan! Porque somos un país afortunado que dispone en cada casa de su biólogo, político, científico, policía y experto en todas las materias. Por lo tanto, tenemos todo el derecho de publicar tantos improperios como se nos ocurran en las redes sociales apelando a nuestra libertad de expresión y a nuestra escasa capacidad de reflexión.

Hace un mes salivábamos contra los que no nos obligaron a confinarnos a tiempo. Ahora ya cansados queremos manifestarnos para recuperar la libertad de la que se nos ha privado. Sospecho que, al ejército, a la policía, a la guardia civil tan justamente aplaudidos por su labor poco les queda de gloria cuando la algarada se haga con las calles. De funcionarios entregados a represores.

Hace un mes todos estábamos dispuestos a dejar la política de lado, a ser valientes y hermanarnos, luchar juntos y salir juntos de esta. Pero hemos sido incapaces, las redes sociales alimentan su propia guerra civil, de la que parece que no nos libraremos nunca. La mayoría de los ciudadanos se sienten como náufragos en medio de la incertidumbre mientras los políticos se baten en duelo y se miden las espadas para ver cuál la tiene más larga.

Y mientras las cifras de contagiados, de muertos, de curados y de asintomáticos anónimos bailan para arriba y para abajo, los pequeños autónomos, los artistas, los parados y los olvidados piensan en el hambre, temiendo que no tardará.

¿Y nosotros qué hacemos? ¿Qué aportamos? ¿Qué bando elegimos? El del héroe solidario que toca a cada timbre para asegurarse de que el resto del mundo está bien, el del que comparte, el del que observa a su vecino llegar y le sonríe y le saluda con un gesto amable a pesar de los temores y el del que trabaja sin descanso o se queda en casa a solas con su sensatez.

O, por el contrario, ¿elegimos ser villanos?, jueces arbitrarios, policías corruptos sin placa que imponen su ley y lo siembran todo de malevolencia, o déspotas injuriosos, esclavos de las pantallas donde volcamos toda nuestra bilis.

Cuando salgamos de esta puede que ya no seamos los mismos, pero está por ver que vayamos a ser mejores.

Paz Martínez