Fernando Álvarez Balbuena

Fiestas de Navidad

CORRIENTE ALTERNA

LA CRÍTICA, 29 DICIEMBRE 2018

Fernando Álvarez Balbuena | Miércoles 02 de enero de 2019
Desde hace ya varios años, venimos observando que la iluminación municipal navideña, en toda España, prescinde de los símbolos cristianos...

..., no se sabe bien si por el “laicismo del Estado” o por una voluntaria preterición del verdadero sentido de la Navidad.

Yo quisiera hacer una breve reflexión ante este hecho constatable, porque el desnaturalizar estas fiestas, así como la supresión de crucifijos en centros oficiales, escuelas, hospitales, etc. son conductas reveladoras, a mi juicio, de una beligerancia contra el cristianismo que veo absolutamente improcedente.

En primer lugar, en términos puramente históricos, Europa y su extensión americana no pueden explicarse, ni menos comprenderse, sin la influencia cristiana. Y descendiendo ya a cuestiones políticas es evidente que los cristianos nada tienen que aprender del marxismo, del socialismo, ni siquiera del llamado Estado del Bienestar.

Estas teorías pretenden la igualdad, la solidaridad, y todas sus demás exigencias, más o menos justas, a través de la ley positiva y, por lo tanto, de forma inexorablemente obligatoria. Cristo, sin embargo predica su teoría, dentro de la más absoluta libertad personal, mediante la caridad, el amor al prójimo y la justicia. Su mandamiento principal es: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” y también con otra frase enalteciendo lo justo: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura”. Con ello queda bastante claro que de la política de Cristo no se deduce ninguna mala enseñanza.

La política laica se basa en la ley positiva y, por tanto, en la coacción y en la que el sociólogo Max Weber llama “la violencia legítima”, para hacer cumplir las leyes. La de Cristo se basa en el amor al prójimo y en la enseñanza de los mandamientos a los niños, para que se impregnen de los buenos sentimientos, socorran al necesitado y sean justos y benéficos.

Así pues debe de quedar bien claro de que nuestra religión no enseña nada malo (ninguna religión lo hace) y creo que el Estado debería de aprovechar la educación religiosa en beneficio de la sociedad.

Pero ahora lo políticamente correcto es decir “Felices Fiestas” en vez de “Felices Pascuas”, procurar el alejamiento del pueblo de las enseñanzas cristianas y sustituirlas por ese conglomerado de principios (a veces contradictorios) de “Educación para la ciudadanía”, cosa que los cristianos conocen desde hace dos mil años. Que los cumplan o no, depende en gran parte de las enseñanzas recibidas desde niños y, por ello, creo que la obligación del Estado es protegerlas en vez de olvidarlas.

O, lo que es peor: perseguirlas

Fernando Álvarez Balbuena