Juanmaría G. Campal

Acaso más que nunca

Detalle del paso 'Nuestro Padre Jesús Nazareno'. (Cofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno, León)

La Crítica, 15 Abril 2017

Juanmaría Campal | Sábado 15 de abril de 2017

In memorian Carlos Rueda

(...) Cómo no utilizar vuestro paso del Nazareno para sentir el peso de la cruz en que se convierte el simple vivir, resistir de cada día para muchos de nuestros semejantes, conciudadanos, convecinos...



Pasada la histórica efeméride del cuarto centenario de vuestra cofradía podría parecer que este 2012 fuese a ser un año más en la rememoración y representación que, de lo padecido por Jesús de Nazareth al principio de nuestra era común, lleváis a cabo dentro de la semana grande de León.

Cuando digo “más”, no pretendo decir, nadie lo debe así suponer, que venga yo a tener todas estas actividades de vuestra hermandad por cosa vacua, que piense que sencillamente se quedan éstas como una parte más de las que hicieron posible la leyenda que se proclama como aval a otros humanos y materiales intereses en el cartel oficial de la dicha semana al publicitarla como declarada de interés turístico internacional y garantizar así su originalidad, tradición popular, valor cultural y capacidad de atracción de visitantes de fuera de la región, entre otras cumplidas condiciones. Y aún menos, como nunca me cansaré de repetir, que “…Muchos de los que llevan el trono seguirían llevándolo si le quitaran la imagen del Señor y le colocaran un muñeco… que a ellos lo que les importa es el folclore y el figurar ante los demás, que el sentimiento ante lo que hay sobre el trono es lo de menos…” como mal, en mi opinión, juzgó y firmó –tendría un mal día- el periodista malagueño Miguel Ángel Jiménez, en su artículo Extraño ateismo publicado ya en su día en periodismocatolico.com.

Tengo y mantengo desde mi experiencia la certidumbre de cómo en algunos de vosotros, con quien me une amistad, esta semana es especialmente convertida en íntimo tiempo y espacio, por público que éste sea, dedicado a la reflexión acerca de la vida, pasión, y muerte de Jesús de Nazareth, persona central de la religión que profesáis y en la que alcanza la resurrección; y, así me llamo a suponerla en todos y cada uno de vosotros. No tengo, pues, vuestros actos y actitudes por una simple rememoración cuasi teatral, un traer a la memoria colectiva y desde la colectividad que es vuestra hermandad, la pasión de Jesús de Nazareth, sino, lo que personalmente considero más útil, importante y necesario, séase creyente o no en su divinidad: una íntima y profunda reflexión sobre su humano padecer, sobre el padecer del hombre, aun se le tenga por dios hecho hombre, pues, aun así, hombre sería.

No, nadie se atreva a juzgar que pienso, escribo y firmo ese “año más” como un “año más, sin más”. Cómo hacerlo así cuando en mi acostumbrada acera, espero poder contemplar este año, un año más, vuestro paso, el de vuestros pasos; sentir la interrogación que me abre cada papón descalzo, interrogación que jamás me responde su mirada y pasa a engrosar así mis propias cavilaciones; cómo, si espero escuchar vuestros sones, y percibir cómo me invadirán los roces, el de vuestras túnicas, el ritmar de las horquetas, el del rasear o paso arrastrado de vuestros braceros, los toques de llamador; cómo tener éste como un año más cuando mi mano sea requerida y estrechada por la enguantada diestra de algunos de vosotros, quienes por más que yo agudice el escudriño de vuestros ojos y miradas me habéis de quedar ignotos. Cómo, si aun así, sí os sabré humanos, hombres semejantes a mí: a veces gozosos, a veces afligidos, ora abatidos, ora esperanzados, ahora en la duda, ahora en la certidumbre, bien en la prosperidad, bien en la decadencia. Cómo.

No, erraría quien, por mi público laicismo, me juzgase, o nos juzgase a los laicistas, como privados de, o ajenos a, toda espiritualidad. Y también lo haría quien considerase mi espiritualidad, mi laicidad, la laicidad, como una creencia o una Iglesia contrapuesta a vuestra creencia o a vuestra Iglesia, a vuestra u otra religión, pues como concluiría Norberto Bobbio: ¡Para Iglesia, nos basta con una!

No, me acerco hoy a vosotros como siempre me he acercado, como lo he hecho de nuevo a, entre otras, vuestras sagradas escrituras, narraciones, mitos y rituales, sin pre-juicio alguno. Así he podido constatar que cuando ni uno, lector, ni las creencias, en sus textos, pone barreras, no se sitúan tan lejos unas de otras, que se quiebran entre ellas las interpretaciones únicas y absolutas, excluyentes, que todas pueden ser de todos, que todas son legado de todos, herencia para todos. Y que, como bien dice literalmente Mariano Corbí en su libro Hacia una espiritualidad laica. Sin creencias, sin religiones, sin dioses: “No se trata de sincretismo ni de relativismo. La verdad puede decirse de muchas maneras; el diamante tiene muchas caras. Podemos aprender y ser guiados en nuestro trabajo personal por las tradiciones sin que ello suponga sincretismo, como podemos aprender y ser guiados por los poetas de toda la humanidad en la propia búsqueda de la poesía sin que, por ello, seamos acusados de sincretistas. Todo dependerá de la madurez y coherencia con que se usen las tradiciones”. Por esto comparezco un año más aquí, aceptando y estrechando la mano tendida desde vuestra Cofradía que bien me sabe ajeno, porque muchos sino todos, como dice el lugar común, pueden ser los caminos que lleven a Roma, al principal mandamiento (Marcos 12,30 y 31) amarás al Señor tu Dios (Yo soy… la vida [Juan, 14,6]) con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.

No, no seréis simple representación cuasi teatral. No, me serviré de vosotros, de vuestros pasos. Cómo no propiciar ante vuestro paso de La oración del huerto, como ahora hago, mi reflexión acerca del humano padecer que tantas personas puedan estar sintiendo en estos injustos tiempos de tribulación; en cuántos prójimos, próximos o no, pueden estar entristecidos o sintiendo angustia, en cuántos tendrán su alma, su espíritu, triste hasta la muerte tal y como nos dejaron dicho Lucas y Mateo que sintió Jesús de Nazareth en Getsemaní. Cómo no cavilar sobre si ante tanta tragedia en los hombres y aun estando a distancia como de un tiro de piedra me extraño de ella, los esquivo a ellos, así como si durmiera por causa de mi propia tristeza.

Sí, os utilizaré. Pues, cómo no acordarse de Judas, de Pedro, ante vuestro Prendimiento. Cómo no preguntarse sobre la coherencia de uno mismo ante tanta ocasión de venta, traición o negación, ante tanta cotidiana oportunidad, grande o pequeña, de dejación del recto criterio, de decaimiento en el buen y bien hacer. Cómo ante el Ecce homo no tomar conciencia de las veces en que uno se decide Pilatos y se lava las manos ante la fragante injusticia que el hombre sufre, padece, testificando en su contra con el cómplice silencio, mi cómplice silencio, nuestro cómplice silencio. Cómo no cavilar ante el Expolio, cuando tantos soldados (de solidus, sueldo. Persona que mantiene algo, sirve a algo o a alguien, o es partidaria de algo o de alguien) toman vestidos o echan a suerte otros bienes sin costura, tangibles o intangibles, del semejante, y ya esto metafóricamente, sin más traer a colación adorados dioses o becerros de oro, algunos ya citados en el Éxodo.

Cómo no utilizar vuestro paso del Nazareno para sentir el peso de la cruz en que se convierte el simple vivir, resistir de cada día para muchos de nuestros semejantes, conciudadanos, convecinos. Cómo no preguntarse ante esa imagen, ante la propia metáfora empleada, si uno mismo es, está siendo, buen cirineo que ayude a sobrellevar pesos y amarguras.

Cómo no servirme de vosotros, de vuestros pasos una vez más, acaso más que nunca este año. Cómo no hacerlo cuando este año estaré acompañado, tendré, como tantos de vosotros, tan presente la ausencia, el vacío dejado por el amigo, por el hombre bueno, por el estimado hermano, Mayor en vuestro caso, que hoy sería hombre y cofrade cumplido y pleno y que ya anduvo y coronó su propia pasión. Cómo faltar hoy, en la idea común de que, como canta la canción, cuando la pena nos alcanza por un hermano perdido… hemos de tener más presente que nunca que la muerte no es el final, pues la vida, como la materia, no termina, se transforma. Cómo privarme este año, en su mejor memoria y homenaje, de esta comunión.

Juanmaría G. Campal

Artículo publicado en la Revista de la Cofradía del

Dulce Nombre de Jesús Nazareno de Léon, 2012