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¿DIFUNDES NOTICIAS FALSAS?

¿DIFUNDES NOTICIAS FALSAS?

LA CRITICA 31 DE ENERO DE 2019

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Me duele que los profesionales de dos profesiones, decisivas para el bienestar de la sociedad y del ciudadano, estén bastante desprestigiados: los políticos y los periodistas.

Los políticos cuentan con unos recursos materiales y de poder inmensos, por lo que el bien que pueden hacer a los ciudadanos es difícil de superar por cualquiera de los otros profesionales. Más aún, tanto a nivel nacional como internacional pueden cumplir la misión insustituible de mantener la paz.

Los periodistas, el periodismo, es el humanismo del siglo XXl. Deben informar sobre todo: política, economía, salud, deportes, religión, cultura, arte, moda, ciencia, descubrimientos, gastronomía y un larguísimo etcétera, con criterio y con la mayor objetividad posible de los hechos que a todos nos importan y conciernen. Es cierto que sus dispares opiniones cuentan y cuentan mucho, pero sólo cuentan como opiniones, puesto que los periódicos de papel, los hablados, los audiovisuales y los digitales contribuyen –igualmente que en el caso de los políticos, de manera difícil de superar por otro colectivo- a formar la opinión pública, tan importante como determinante en una sociedad democrática.

La mayor parte de las “mentiras” de los políticos, se deben a exigencias de partido, si bien, en algunos casos es en beneficio personal. Ello, con otros hechos rechazables, de todos conocidas, hace que sean objeto fácil de las fake news, de las noticias falsas. Fake news que no sólo intentan desprestigiar o incluso ridiculizar a un político concreto, sino que pueden constituir un elemento que contribuya a falsear los resultados de unas elecciones generales (recuérdese, por ejemplo, los ríos de tinta que han corrido con motivo de la elección de Trump a la Presidencia de los Estados Unidos y la posible manipulación en las redes sociales por Rusia).

En el caso de los periodistas, es, quizá, todavía más injusto, por cuanto apenas existe el periódico que no dé noticia de un hecho relevante, si bien, como en el caso de los políticos, pueden “manipular” la redacción del titular de la noticia o situarla en un lugar tan poco relevante que altere la importancia de la misma, unido a que, a veces, no se contrasta debidamente la noticia en cuestión. En este sentido, un caso especialmente triste es el del prestigioso semanario de Hamburgo, Der Spiegel, que ha publicado que el periodista repetidamente galardonado Claas Relotius “manipuló sus historias en considerable medida’. En tiempos de fake news, en que la prensa escrita se esfuerza en subrayar su seriedad –en contraposición a las noticias que se difunden en las redes sociales–, Relotius ha hecho un flaco servicio al periodismo.” (http://www.aceprensa.com/articles/las-fake-news-del-spiegel/).

Quizá por este hecho y otros parecidos, he oído y leído a varios periodistas que la culpa de la existencia masiva de las fake news era culpa de ellos. Difiero. Las fake news, se difunden, sobre todo, por las redes sociales y su alcance supera la información periodística propiamente dicha.

Una de las personas que mejor conoce este tema, Andrus Andsip, vicepresidente de la Comisión para el Área Digital de la Comisión Europea, ha descrito a las fake news como una de las armas de la guerra híbrida en la que se han embarcado varias potencias extranjeras. Y señala a Rusia como uno de los principales agresores. “Existen pruebas significativas que apuntan a Rusia como una de las principales fuentes de desinformación en Europa… La desinformación forma parte de la doctrina militar de Rusia y su estrategia es debilitar y dividir Occidente… La desinformación procedente de la Federación rusa supone la mayor amenaza para la UE… Es sistemática, bien dotada de recursos y de una magnitud diferente a la de otros países". Desgraciadamente, otros países están reproduciendo los mismos procedimientos de difusión de fake news que se atribuyen a Rusia, a pesar del elevado coste económico que ello supone.

La decisiva influencia de las fake news, se está determinando a través de distintas investigaciones que demuestran que la difusión de estas noticias falsas, a través de las redes sociales, se debe más que a máquinas que las replican y transmiten, a la falta de responsabilidad de los propios usuarios que las reciben.

Así mismo, parece que las fake news se difunden casi un 60 por ciento más que las verdaderas y además, de cada diez noticias que recibimos en las redes sociales siete son falsas total o parcialmente, y hay que tener en cuenta que en determinados segmentos poblacionales las redes sociales están sustituyendo la información del auténtico periodismo.

Por ello, la Comisión Europea ha decidido afrontar esta cuestión y ya “no se conforma con las grandilocuentes declaraciones de los magnates digitales como Zuckerberg sobre su lucha contra las campañas de desinformación. Desde el 1 de enero, y al menos hasta que se celebren las elecciones al Parlamento Europeo en mayo de 2019, las grandes plataformas de Internet deberán informar mensualmente a Bruselas sobre el resultado de su combate contra las fake news y, en particular, sobre las cuentas falsas clausuradas, el rastreo de bots (mensajes propagados de manera automática sin interacción humana) o cómo colaboran con verificadores externos de datos y contenidos. Entre las compañías obligadas a reportar figuran Facebook, Google, YouTube y Twitter, que el pasado mes de octubre suscribieron con la UE un código de conducta voluntario en el que se comprometieron a redoblar los esfuerzos contra las fake news.” (https://elpais.com/internacional/2018/12/05/actualidad/1544020888_112000.html).

Se trata de un fenómeno preocupante. Los algoritmos debidamente insertos en las redes sociales frenarán en gran medida, las fake news, pero igualmente importante es la educación del usuario. Es preciso hacer una llamada constante a la responsabilidad de los que recibimos todos los días noticias procedentes de esas redes sociales, a ponderar la decisión de reenviarlas a nuestros familiares, amigos o conocidos, puesto que junto con cooperar a la desorientación de la opinión pública, también, quizá, a desacreditar el buen nombre del afectado por la falsa noticia. Así mismo. resulta de justicia llevar a cabo una campaña –en el caso de los periodistas, quizá, por la Asociación de la Prensa, que funciona bien- que ponga de manifiesto, junto a errores, y comportamientos rechazables, sus aciertos y las dificultados a los que se enfrentan estas dos profesiones.

Francisco Ansón

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