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Lecciones de una Revolución (la americana) no tan conservadora

Esta pintura de John Trumbull hace referencia al 28 de junio de 1776, cuando se presentó el Primer borrador de la Declaración de la Independencia
Esta pintura de John Trumbull hace referencia al 28 de junio de 1776, cuando se presentó el Primer borrador de la Declaración de la Independencia
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La democracia no debe darse por sentada, es más, la nuestra se encuentra amenazada exterior e interiormente, y no sólo por la complacencia...

Cuando se habla de la Revolución Americana generalmente es para tildarla de conservadora frente a su hermana Francesa, mucho más radical en sus supuestos y consecuencias, como si la radicalidad supusiese prueba alguna de marchamo revolucionario. La realidad es que de la Revolución Americana surgió el sistema democrático que aún hoy rige la vida política de los estadounidenses, mientras que de la Revolución Francesa apenas queda el falseamiento de su recuerdo, pues, afortunadamente, la República Francesa actual apenas tiene algo que ver con la inestabilidad de la Asamblea parisina.

En cualquier caso, los revolucionarios de todos los pelajes sueñan con emular a Robespierre mientras ignoran a los Padres Fundadores. Es normal, Robespierre fue una cruel nulidad que alcanzó el poder en medio de la violencia, y por ella murió sin dejar tras de sí más que un reguero de sangre. Por su parte, los Padres Fundadores se enfrentaron entre sí a través de las ideas y la renuncia al poder, algo insólito en cualquier otra Revolución, de ahí el menosprecio e incomprensión con los que se les juzga, los revolucionarios norteamericanos no encajan con el perfil de mártir veleidoso.

Pero precisamente por ese carácter anómalo de los revolucionarios norteamericanos su Revolución triunfó donde el resto fracasaron, pues de su alzamiento surgió un sistema político estable y eficaz, causa primordial del ascenso de Estados Unidos a primera potencia mundial. Una de las principales razones de tal feliz desenlace se debió a su visión antropológica, a pesar de ser hijos de la Ilustración, la mayoría de los Padres Fundadores no se hicieron demasiadas ilusiones respecto a sus congéneres. Creían en el progreso humano sí, sobre todo gracias a la ciencia, pero no cayeron en el optimismo ciego, y menos aún en cuestiones políticas, pues ¿de verdad eran los norteamericanos de finales del siglo XVIII más dignos del autogobierno que cualquier otro pueblo en la historia de la humanidad?

Tal fue la pregunta clave tras la Independencia, cuando la Revolución se jugó de verdad su futuro. La respuesta fue pronto aclarada tras los excesos del periodo de los Artículos de la Confederación, cuando las Asambleas estatales fueron incapaces de sostener una democracia sin poner en peligro la supervivencia nacional. Los Padres Fundadores, al menos una amplia mayoría, aceptaron la evidencia y obraron en consecuencia. La evidencia, que el pueblo estadounidense no era más virtuoso que otros pueblos y, por tanto, no estaba más preparado que el resto para el autogobierno. La consecuencia, una reforma política se hacía necesaria para instaurar la democracia en una sociedad corrompida por el vicio. De ahí la Constitución de 1787, con su entramado de checks and balances y su división de poderes, donde ningún poder es más que otro y donde cada uno responde a un tipo distinto de representatividad.

Con la Constitución de 1787, que para muchos supuso la abdicación de los principios y valores revolucionarios, los estadounidenses tomaron conciencia de su propia imperfección, el sueño de un pueblo virtuoso que por su sola voluntad de ser libre lograría serlo dio paso a un sistema político que debía garantizar esa misma libertad amenazada, precisamente, por la falta de virtud en la sociedad estadounidense. Del idealismo revolucionario se pasó al realismo de la Consolidación del gobierno federal, y la Revolución americana se ganó su fama de conservadora.

El diseño institucional de la Constitución estadounidense debía ser el encargado de suplir esa falta de virtud para crear la condiciones necesarias para la defensa de la libertad popular, es decir, a partir de entonces los acuerdos políticos y las reglas que los propiciaban se convertían en la salvaguarda de la libertad, cuya supervivencia dependía de mucho más que de su mero ejercicio y disfrute. Asumiendo su propia debilidad, los estadounidenses, tan alejados de la arrogancia francesa, pudieron superar sus contradicciones internas, e incluso utilizarlas para su propio beneficio.

De ese modo los Padres Fundadores legaron un ejemplo al mundo de cómo salvar a la libertad de sus propios excesos, al mismo tiempo que se tomaba conciencia de las limitaciones del género humano sin condenarlo por ello. En Estados Unidos no hubo guillotinas, desde el primer momento el traspaso de poder de una fuerza política a otra se hizo de forma pacífica, legitimando al contrario y no estigmatizándolo (aunque para su desgracia ello no se aplicase a indígenas y negros, cuya injusta exclusión pagaron bien cara las futuras generaciones de estadounidenses). Por consiguiente, si fue una revolución conservadora, a pesar de su radicalismo, quizá resida en ello la clave de su éxito.

Por tanto, ¿qué lecciones podemos sacar hoy los españoles de la Revolución Americana? La primera es la humildad, llevamos décadas demostrando que no estamos lo suficientemente preparados para la democracia, que nuestro sistema falla porque su base, nosotros, somos demasiado imperfectos, porque preferimos el atajo que conduce al beneficio rápido que el camino largo que lleva a la ganancia a largo plazo, todo porque anteponemos nuestros intereses, por muy mezquinos que sean, al bien común. Como sociedad dejamos mucho que desear, y nuestros políticos, como reflejo de la misma, son la mejor prueba. Por tanto, lo primero que tenemos que asumir es nuestra falta de preparación democrática, sólo así nuestro proyecto nacional tendrá posibilidades de supervivencia.

Pero nuestras deficiencias no pueden hacernos renunciar al sueño democrático, sino que debemos aspirar a ser mejores, y para ello podemos sacar una segunda lección de la Revolución Americana. Si nosotros mismos somos incapaces de vivir democráticamente, tendremos que recurrir al orden institucional para obligarnos a ello. En teoría para eso tenemos una constitución, pero la actual está más que claro que no ha servido para ello, haciéndose obligatoria una reforma de la misma. En primer lugar se ha de exigir a los partidos políticos que sean democráticos, pues como principal instrumento democrático no pueden seguir funcionando como organizaciones opacas y autoritarias, sin primarias y en ausencia de control alguno que acaban convirtiéndose en auténticas mafias dedicadas al saqueo de lo público. En segundo lugar, se ha de encarar una reorganización administrativa que elimine las duplicidades, en especial con la supresión de las Diputaciones Provinciales y demás entes como Consejos Comarcales, cuyos presupuestos sólo sirven para inflar una administración estéril y crear pequeños reinos de taifas al albur del cacique local de turno. Y en tercer lugar, por citar sólo unas pocas reformas, convertir al Senado en la verdadera cámara de representación Autonómica de nuestro sistema, pues en la actualidad sólo sirve para retirar a los viejos elefantes y proteger a los corruptos, lo que priva a nuestro ordenamiento de la posibilidad de apaciguar las diversas demandas soberanistas que hoy amenazan la existencia misma de la nación española.

La democracia no debe darse por sentada, es más, la nuestra se encuentra amenazada exterior e interiormente, y no sólo por la complacencia. Al desafío terrorista se suman ahora fuerzas domésticas comprometidas con el cambio del sistema, personas y personajes oscuros a la sombra de Caín. Sólo la fortaleza de nuestras instituciones podrá resistir los embates de corruptos y rupturistas, pues tras los ladrones han llegado los relativistas para los que un terrorista condenado es un preso político y la libertad un lujo a controlar.

Si el conservadurismo de la Revolución Americana consistió en ser realista, a los españoles nos toca ser conservadores, es decir, realistas. Como los revolucionarios de 1787, que lucharon por conservar sus libertades ante la decadencia de su sociedad, ahora nosotros debemos encarar las distintas dimensiones de la crisis que nos asola para recuperar nuestras libertades, pero sin llevarnos a engaño ni dejarnos conducir por falsos profetas. La culpa de cuanto nos acontece es sólo nuestra, no hay salida sencilla ni solución sin sacrificio, todos debemos ceder para que todos podamos ganar. Primero debemos aceptar nuestras limitaciones, luego dotarnos de los mecanismos institucionales que puedan superarlas, tal y como los americanos al otro lado del Atlántico hicieron a finales del siglo XVIII, solo así nos ahorraremos los sinsabores de más enfrentamientos fratricidas, solo así podremos abdicar de nuestro empeño autodestructivo. Los españoles del siglo XXI tenemos una oportunidad, no la malgastemos como nuestros antepasados. Ya es hora de rehacer la historia de nuestro país.
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