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El último dictador soviético

Mijaíl Gorbachov y Fidel Castro
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Mijaíl Gorbachov y Fidel Castro

4 ENERO 2018

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Mijail Gorbachev fue el último dictador de la Unión Soviética. Un siniestro linaje que comenzó hace cien años con Lenin y que tuvo también como ilustres predecesores a Stalin, Krushchev, Brezhnev, Andropov y Chernenko, con sus respectivas cortes de carniceros políticos...

Lenin ejerció la dictadura como jefe del gobierno y líder natural del Politburó de un Partido Comunista totalitario superpuesto al Estado. Desde Stalin hasta Gorbachev el puesto clave del poder soviético será el del Secretario General de dicho partido. Max Eastman describió la situación, continuando la crítica trotskista al “sustitucionismo”: la Dictadura del Proletariado había sido sustituida por la Dictadura del Secretariado.

Por casualidad, en mi modesta y políticamente discreta vida me crucé tres veces con Gorbachev. La primera en 1981, acompañando a Fernando Morán –que un año más tarde sería ministro de Asuntos Exteriores del gobierno de Felipe González- en una visita a Moscú, donde nos recibió una comisión del Comité Central del PCUS presidida por Boris Ponomarev y varios miembros de la Nomenklatura, entre los cuales destacaba uno más joven que los demás, inolvidable por tener una gran mancha natural muy llamativa en el lado derecho de su calvicie frontal. Otra vez fue en 1990, en Madrid, con motivo de la concesión del doble Doctorado Honoris Causa en Ciencia Política al líder soviético por la Universidad Complutense y la Universidad Autónoma (el de la Complutense fue votado por mayoría en mi Departamento de Ciencia Política, a iniciativa del profesor Ramón Cotarelo, siendo yo el director, no muy conforme y feliz con la idea).

Una tercera ocasión más casual había sido en Washington DC, durante su visita oficial en 1987, encontrándome curioseando a las puertas de la embajada soviética entre un público entusiasta en la calle vitoreando al entonces muy popular “Gorbi” (en España se le vitoreará también “¡Gorbi!” y “¡Torero!”). El embajador ruso en la capital estadounidense en aquel momento era precisamente mi amigo Yuri Dubinin, al que había conocido durante la Transición española como embajador en Madrid; más tarde le había recibido y acompañado en Santander junto a su esposa y sus tres hijas, durante los veranos de 1980 y 1981 en la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo (donde yo trabajaba); el embajador Dubinin también organizó la invitación y nos acompañó en la visita con Morán a Moscú, antes mencionada.

En este recién pasado año 2017 en que se ha conmemorado el centenario del golpe de Estado bolchevique en Rusia y el inicio de la dictadura soviética con Lenin, se publicó también la probablemente definitiva biografía -según los especialistas- del último de los dictadores de aquél régimen criminal. Se trata de la obra del profesor emérito de Ciencia Política en Amherst College, William Taubman, Gorbachev. His Life and Times (W.W. Norton & Company, New York-London, 2017, 852 páginas). De Taubman se publicó también en 2003 una biografía muy valorada académicamente sobre Nikita Krushchev.

Como señala el autor, Krushchev y Gorbachev son los únicos dictadores soviéticos que no murieron en el cargo. Krushchev fue depuesto por un golpe “palaciego” en Octubre de 1964, y Gorbachev sobrevivirá a otro intento similar fallido en Agosto de 1991, que le permitió continuar en el poder hasta finales del mismo año. Recuerdo las imágenes en vivo (en una cadena de la televisión estadounidense) de su regreso a Moscú desde su breve detención en Crimea, llegando medio aturdido o conmocionado en un vuelo nocturno, y sus primeras palabras, un tanto patéticas, invocando el retorno al “socialismo auténtico de Lenin” frente a los corruptos golpistas.

Inicialmente promovido en la burocracia dirigente soviética por Andropov y Gromiko, la dictadura de Gorbachev (desde 1985 hasta 1991) ciertamente fue mucho más “blanda” que las de sus predecesores. Sus principales consejeros y colaboradores (Mlynar, Primakov, Shevardnadze, Yakolev, Chernyaev, Shakhnazarov, … a éste último, introductor de la moderna Ciencia Política en la URSS, le invité a dar una conferencia en la Facultad de Políticas algunos años antes del ascenso de Gorbachev a la Secretaría General) eran comunistas de una nueva generación, más abierta al mundo y en gran medida sintonizando con el “eurocomunismo” occidental desde la Primavera de Praga.

Gorbachev intentó, sin éxito, transformar y “humanizar” el comunismo con ciertas reformas (perestroika, glasnost, etc.), y en un plano intelectual básico fue incapaz de conciliar al leninismo con la democracia (Taubman cita un escrito de Gorbachev en 2006: “I trusted him –Lenin- then and I still do”). Pero en el intento, el sistema soviético colapsó por “implosión”, y la dictadura totalitaria dio paso a una dictadura autoritaria o “dictablanda”, cuyos continuadores y beneficiarios han sido Boris Yeltsin y Vladimir Putin.

A sus 87 años, y viudo desde 1999, vive retirado en una mansión burguesa de las afueras de Moscú. Durante las últimas décadas, ocupado con su Fundación Gorbachev, ha recorrido el mundo recibiendo honores y como conferenciante, tras fracasar en sus intentos de volver a la política y de fundar un nuevo partido de corte social-demócrata.

La obra de Taubman, cuidadosamente investigada e interesantísima, que sin duda merece una recensión académica meditada y rigurosa (este artículo no pretende serlo), no deja de ser –a mi juicio- ligeramente hagiográfica, típica de un profesor liberal americano. El balance final de Gorbachev como político bienintencionado y “héroe trágico” requiere muchos más matices, aunque el biógrafo tiene razón en que a pesar de sus fallos merece, más que admiración, nuestra comprensión. Al fin y al cabo, el hundimiento de la Unión Soviética no era el objetivo de la perestroika. A sus poderes dictatoriales no renunció voluntariamente, sino que fue algo impuesto por las circunstancias (y cuando tuvo que hacer el traslado del poder a Yeltsin, ante la sorpresa del nuevo presidente y sus acompañantes –todos ligeramente “iluminados” por el vodka-, se encerró en un cuarto a llorar).

Durante su mandato Gorbachev continuó la invasión y ocupación de Afganistán con miles de muertos. Nunca reveló ciertos secretos de Estado de la era estalinista, como algunos aspectos inconfesables en los protocolos del pacto Hitler-Stalin de 1939, ni de la masacre en 1940 de veintidós mil polacos en los bosques de Katyn, aunque él era perfectamente consciente de que la versión oficial era una gran mentira. Y no deja de ser revelador que en sus últimos años, aunque ha criticado retóricamente las tentaciones autocráticas de la nueva Rusia post-comunista, en la práctica ha avalado todas las políticas de Putin respecto al Este de Europa (incluida la anexión de Crimea) y Occidente, en la típica tradición paranoica rusa.

Pese a las exageradas alabanzas que recibió en sus primeros años como dictador soviético de políticos liberales y conservadores occidentales, siempre me pareció un personaje intelectualmente mediocre -producto de una burocracia osificada e inánime- desconfiado y acomplejado respecto a la vida y las costumbres en nuestras democracias. Como anécdota significativa, recuerdo que durante la investidura del doctorado por la UCM, que tuvo lugar en el palacio de El Pardo en Octubre de 1990 (con asistencia multitudinaria y entusiasta en autobuses de progres, socialistas y comunistas, como si se tratara de la visita de una especie de Profeta del futuro político de la humanidad), Gorbachev hizo verdaderamente el ridículo al negarse a vestir la toga y tolerando solo unos segundos que el Rector Villapalos le pusiera el birrete en su cabeza. Fue un gesto de paleto acomplejado, con un temor infantil a parecer ridículo con los ropajes académicos de una venerable institución cultural en nuestra civilización occidental.

Manuel Pastor Martínez

Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid

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